El dogma y el libre mercado

Si hubiera que resumir el nuevo libro de Paul Krugman en una frase, me quedo con esta —concisa, reveladora y que va en contra del consenso económico actual: “la política y la confusión intelectual —y no la realidad económica sobre el terreno—  han bloqueado” la salida de la crisis económica más importante desde la Gran Depresión.

Krugman es claro y contundente: la crisis era evitable; la ciencia económica contaba con el conocimiento y la experiencia necesarios para reaccionar con rapidez y decisión y evitar así los peores efectos del estallido. No se hizo. Principalmente por una combinación de ideología, testarudez política y, quizá lo peor, un orgullo intelectual que se resiste a toda costa a reconocer errores en los planteamientos predicados durante las últimas tres décadas.

Esta y otras muchas cosas las cuenta el economista de Princeton en End This Depression Now!, su último libro. Un llamamiento enérgico a corregir curso y tomar acciones efectivas que alejen a la economía mundial del abismo. Que ahorren sufrimiento a millones de personas que están pagando las consecuencias de una crisis surgida en la intersección de la especulación financiera y la falta de regulación económica —y no en el despilfarro estatal o el agotamiento del modelo productivo—.

Aunque muchos de sus argumentos no son nuevos —aunque sí propios, los desarrolla dos veces por semana en las páginas del New York Times— en el libro los sistematiza por primera vez y pone en contexto.

El balance es catastrófico. Tanto del daño a la economía real como el de las perspectivas de crecimiento futuras. Krugman se toma la molestia de hacer varios cálculos que pocos medios o analistas económicos han hecho. Estima, por ejemplo, la cifra acumulada que, según sus números, ha dejado de producir la economía. Según el Nobel, en 2012 la economía estadounidense funciona 7% por debajo de sus posibilidades. Esto es, deja de producir un billón de dólares al año en productos y servicios. A la fecha, tres billones que pudieron haberse producido y nunca se materializaron —de recursos reales, no de papel intercambiado en parqués bursátiles—. Una contracción que no solo deprime los salarios y el consumo actual, sino que daña el potencial de crecimiento de mediano y largo plazo —afectando sobre todo la perspectiva de la generación que recién ingresa en el mercado laboral—.

Analiza, también, otra estadística fundamental para entender el alcance y magnitud real de la crisis. El Labor Force Participation Rate, un baremo que valora de manera más amplia el paro —más amplia que la estadística normalmente utilizada para medir el desempleo—. Se ubica en el 63,6%. El porcentaje más bajo de los últimos 30 años y un mal presagio, nuevamente, para el crecimiento económico futuro.

Entre los varios leitmotivs del libro, me quedo con este. Con la insistencia de Krugman de que además de los efectos actuales de la crisis, las medidas de austeridad y recortes están, mucho más que saneando las cuentas, allanando el camino para una etapa prolongada de crecimiento ralentizado (fuerza laboral desestructurada, mayores desigualdades económicas, menos ingresos fiscales, menos infraestructuras…).

De manera muy resumida, el quid de la cuestión se ubica en la pugna entre las dos grandes escuelas de pensamiento macroeconómico: entre los llamados economistas de agua salada y los de agua dulce (los primeros, profesores en universidades de las costas; los segundos en la universidad de Chicago y otras más del interior). Krugman culpa a los segundos de buena parte de los males económicos recientes. “Los economistas de agua dulce”, asegura, “son esencialmente puristas del laissez-faire. Creen que cualquier análisis económico debe partir de la premisa de que las personas son racionales y los mercados siempre funcionan”.

Solo que, a veces, no funcionan. El libro da cuenta de qué sucede cuando los fallos del mercado se intentan corregir desde la Congregación para la Doctrina de la Fe del libre mercado.

Romney y Obama suben al cuadrilátero

La campana de la pelea Obama-Romney ha sonado. Se intercambian las primeras palabras, surgen las primeras fricciones, tenemos la primera idea clara sobre qué tipo de campaña veremos a lo largo de los próximos seis meses. Aunque desde hace semanas era inevitable que la elección de noviembre se disputara entre los dos candidatos, ha sido hasta días recientes cuando hemos podido atestiguar el salto de los contendientes al cuadrilátero.

La campaña presidencial comienza con varios datos duros que vale la pena repasar.

Obama llega a la reelección con el índice de desempleo más alto en varias décadas; con un índice de aprobación que bordea peligrosamente la frontera de la minoría; y con una economía que hoy por hoy no queda claro en qué estado llegará a noviembre —la aceleración del crecimiento de principio de año se ha visto ralentizada por unas cifras de creación de empleo en marzo muy por debajo de lo esperado—.

Romney, por su parte, comienza la campaña después una larguísima lucha interna que le ha dejado marginado en sectores clave de su partido; tocado en imagen ante una opinión pública que duda de su autenticidad e intenciones; y ante el reto de construir en pocos meses una infraestructura de campaña a nivel nacional que vaya más allá de los bastiones republicanos.

Los primeros intercambios entre los candidatos arrojan luz sobre los ejes temáticos en torno a los cuales gira la campaña. En orden de importancia, los tres principales son la economía, el papel y tamaño del gobierno y la seguridad exterior —que no la política exterior—.

El tema económico, sin duda, será el eje. Romney atacará frontalmente —y parece que sin escrúpulos— para intentar desacreditar por cualquier vía posible las políticas de Obama. Del estímulo económico de 2010 —clave para evitar la doble recesión— al exitoso rescate de Ford y General Motors, pasando por la estrategia para estimular el crecimiento y atajar el déficit. El candidato republicano, en otras palabras, intentará destruir la reputación de Obama como líder competente en temas económicos y ofrecerse como la única salida a la encrucijada económica (digo sin escrúpulos porque varias de estas políticas han sido indiscutiblemente exitosas, y porque Romney en algún momento apoyó posiciones muy similares).

La naturaleza del segundo tema es filosófica. ¿Gobierno grande o pequeño? ¿Intervencionista o partidario del laissez faire, laissez passer? Una vez más, Romney intentará caracterizar a Obama como el presidente del gasto, la expansión del gobierno y la ineficacia burocrática —será interesante ver si se anima a cruzar la delgada línea que separa el sentido común de la chabacanería y acusa a Obama directamente de ser socialista—. En este caso Romney camina sobre terreno minado. Además de que la mayoría de los estadounidenses apoyan de una forma u otra la participación del gobierno en la vida económica, la elección llega en un momento en el que las desigualdades sociales rozan sus máximos históricos. El debate en este caso —si Obama lo sabe enmarcar— será entre un modelo cuasi plutocrático y un estado liberal moderno que al tiempo que adelgaza ciertos excesos mantiene las prerrogativas necesarias para regular e intervenir en asuntos clave.

El tema de la seguridad exterior será la tercera línea de ataque. El argumento es plano y maniqueo: Obama no es lo suficientemente patriota para resguardar la seguridad de Estados Unidos y sus aliados. Los recortes en el gasto militar, la política hacia Israel y el manejo de la relación con Irán y su programa nuclear serán caracterizadas como posiciones insostenibles e irresponsables que ponen en riesgo la seguridad del país.

A seis meses vista, el escenario más probable sigue apuntado a que la coraza de Obama es lo suficientemente fuerte para resistir los embates.

El elefante, la escopeta y la Viagra

En su largometraje de 2003, Elephant, Gus Van Sant logra hacer algo que pocos directores estadounidenses han conseguido: abordar el tema de los efectos de las armas de fuego sin moralizar, apuntar el dedo o recurrir al histrionismo ramplón para construir la historia.

Lo que sí hace Van Sant es tejer con cuidado las escalofriantes últimas horas de Eric Harris y Dylan Klebold, dos adolescentes de los suburbios de Denver que un buen día de abril de 1999 empuñaron las armas y se pusieron a matar a mansalva a compañeros de escuela. A lo largo de la película, que reconstruye el día de la matanza, flota la pregunta —solo flota, nunca se enuncia— no solo de dónde se ubican los resortes psicológicos que llevan a cometer tal atrocidad, sino por qué un par de adolescentes tendrían fácil acceso a un pequeño arsenal de guerra.

Las estadísticas, para todos aquellos que nos oponemos a la libre circulación de armas, son espeluznantes: 300 millones de armas en manos de ciudadanos: 106 millones son pistolas, 105 rifles (incluyendo de alto calibre) y 83 millones escopetas. Esto equivale a un poco menos de un arma de fuego por habitante.

El tema vuelve a saltar en los medios por dos razones: porque estamos en año electoral (y puede traer consecuencias políticas) y por el asesinato en febrero de un adolescente negro en Florida presuntamente a manos de un policía.

Lo que Van Sant sabe bien —y Obama también— es que abordar el asunto desde la confrontación moral directa no solo no consigue reducir el número de armas en las calles, en muchos casos solo dota de munición a aquellos que reivindican de manera cuasi religiosa su derecho a portarlas; los dota de razones para sentir amenazada su libertad y defenderla con más fuerza. Se aborde desde la cultura o desde la política, el tema es tremendamente complicado. Por muchas razones. Porque el derecho a portarlas está consagrado en la segunda enmienda de la constitución; porque el país tiene una enraizada (e idealizada) cultura de la defensa individual; porque la industria de las armas factura miles de millones en ventas; y porque la National Rifle Association, el lobby de la industria, se ha convertido en uno de los grupos de presión más poderosos y eficaces de la política estadounidense.

Por ello, son pocos los que se empeñan hoy en intentar combatir esta lacra denunciando la posesión o venta de armas. La fallida estrategia del gobierno mexicano, por ejemplo, de intentar involucrar a Estados Unidos en el combate al narcotráfico a través de la denuncia de la venta de armas solo ha conseguido arrinconarlo y que hoy Washington haga oídos sordos a sus llamados.

Incluyendo a la prensa. En un largo artículo publicado la semana pasada sobre la complejidad del tema en el prestigiado semanario The New Yorker, el argumento de México y la venta de armas en la frontera no aparece una sola vez. En The Guardian —el diario británico que intenta abrirse espacio en el mercado estadounidense— un artículo de fondo analizando el debate de la legislación de las armas tampoco consideraba relevante abordar el argumento puesto sobre la mesa por el gobierno mexicano. ¿Por qué? Porque no tiene fuerza política. Porque pensar que con la denuncia se cambiará la visión de los estadounidenses sobre las armas —o, todavía más complicado, la Constitución—, es iluso. Porque el tema se ha denunciado ya hasta la saciedad y en Washington todos lo saben. Todos, en resumen, saben que el elefante está ahí; el problema, el que nadie sabe resolver, es qué hacer con él.

No. La solución no pasa por ahí. La posesión y venta de armas no se reducirá en el corto plazo, lamentablemente. El escenario sí puede cambiar, como apunta con atino The Economist, al cabo de una generación. Mayoritariamente, la posesión y compra de armas se concentra en un grupo demográfico: hombres, blancos, que viven por lo general en poblaciones rurales. O sea, WASP. El grupo demográfico que más rápido decrece. Solo hace falta hojear, sugiere el semanario británico, las revistas especializadas en armas. ¿Qué aparece a lado de los reportajes sobre pistolas y bazucas? “Publicidad de productos de jardinería y Viagra”.

Dos modelos de campaña en liza

El cuartel general de Obama en Chicago comienza a poner a punto la máquina. Aunque durante los últimos meses la atención mediática ha girado en torno al Partido Republicano y su proceso interno, la campaña del presidente ha estado metódicamente —y en silencio— confeccionando una de las maquinarias electorales más sofisticadas de la historia.

Y pronto, muy pronto, la pondrá en marcha.

La variable indefinida —el rival— se ha definido y ahora se pueden ajustar los últimos detalles; se están terminando de construir y afinar los instrumentos específicamente diseñados para combatir a Mitt Romney.

La campaña de reelección, capitaneada por Jim Messina, lleva meses trabajando detrás de cámara. Estableció su sede en Chicago —poco común para un presidente que vive en Washington— y comenzó a abrir oficinas regionales en todo el país —tiene ya montada una estudiada red que le da una importante ventaja sobre su rival—.

Lo sobresaliente de la campaña es que se ha hecho exactamente a medida del candidato; a las necesidades específicas de Obama y del rival al que se enfrentará. Si su esfuerzo en 2008 —caótico e improvisado en muchos sentidos— fue revolucionario y rompió con muchos de los paradigmas electorales, las expectativas este año son más elevadas.

La campaña está vertebrada en dos ejes: uno geográfico y otro temático. Por encima, supervisándolo todo, un equipo de análisis de datos sin parangón en política electoral.

Olvídense de Facebook, Twitter, redes sociales y otros clichés electorales de moda entre consultores políticos. La principal innovación de la campaña está en los datos. Por medio de lo que se conoce como análisis granular de datos, el equipo de estrategia es capaz de segmentar el país en todo tipo de maneras: regiones, condados, series históricas de votaciones, nivel de ingreso, aceptación o rechazo de políticas específicas, hábitos de consumo y un largo, largo etcétera.

En la sede de Chicago la campaña está dividida en equipos que trabajan sobre temas muy específicos: voto femenino, minorías, temas relacionados a la reforma sanitaria, por regiones o por estados decisivos. Una de las grandes apuestas estratégicas, por ejemplo, es asegurar el voto femenino desde el comienzo. Después de una larga primaria Republicana en la que los candidatos repetidamente mostraron desprecio hacia temas clave de la agenda de género (aborto, diferencial de salarios entre sexos, participación política de las mujeres, derechos de homosexuales, etc.), Obama intentará adelantar asegurando el voto de las mujeres. Por medio de un análisis detallado de los datos, la campaña organiza eventos, envía comunicados relevantes sobre el tema, informa sobre medidas legislativas pertinentes a este grupo. En otras palabras, la propia campaña se erige como un medio de comunicación especializado en un tema. Y, así como lo hace con las mujeres, lo hace también con los habitantes de una ciudad, los que donaron dinero para una causa específica o los que votaron por el Partido Republicano en 2008.

La campaña de Romney, por el contrario, se espera que siga un libreto mucho más tradicional. Centrado, sobre todo, en publicidad en televisión y ataques negativos —elemento fundamental de su estrategia en las primarias—. En intentar erosionar la credibilidad de Obama y conseguir una combinación de votos en el Colegio Electoral que le de el triunfo en noviembre.

Gallup debutó ayer su encuesta de tendencias diarias que publicará hasta el día de la elección. Sorprendentemente Romney aparece arriba con una ventaja de dos puntos. Por ahora, sin embargo, no prestaría demasiada atención a las cancinas encuestas que veremos aparecer y sobre las que se especulará todos los días. Los números fluctuarán hasta que las dos campañas se pongan en marcha plenamente y comience la interacción directa entre candidatos.

Mucho más importante será observar cómo arranca una elección con dos modelos de campaña contrapuestos. Será, al final de cuentas, un duelo entre el populismo mediático del siglo XX y la esfera pública en red del XXI. El modelo también estará en liza.

Encarcelamiento juvenil en Estados Unidos

Un gran reportaje gráfico sobre el tema —y problema— del encarcelamiento juvenil en Estados Unidos. Publicado originalmente en Harper’s y retomado aquí por el blog de fotografía de la revista Wired. Estados Unidos tiene, con diferencia, el porcentaje de encarcelamiento más alto del mundo en proporción a su población. Las fotos, de Richard Ross, son el resultado de un trabajo de cinco años en los que el fotógrafo viajó por todos los rincones del país visitando centros de internamiento y documentando sus condiciones de vida. En la imagen, una celda de aislamiento en una prisión en South Bend, Indiana.

(Fotografía: © Richard Ross)

Dilma, de paso por Washington

La escena, se mire desde donde se mire, es tremendamente sugestiva: la fuerza simbólica del Despacho Oval como marco, una ex líder guerrillera y el presidente de Estados Unidos, sentados lado a lado; departiendo, escuchándose y tocando, también, temas espinosos. Sobre la mesa, los asuntos de los dos países más importantes del hemisferio occidental; el comienzo de un nuevo capítulo en la que tiene todas las posibilidades de convertirse en la relación geopolítica clave de las américas.

El encuentro entre Obama y Dilma Rousseff el lunes en Washington marcó varios hitos. La primera visita de Rousseff a la capital estadounidense; la primera visita de una mujer al mando de Brasil; y, quizá, la primera ocasión en la que Estados Unidos y Brasil se han tratado realmente cara a cara. Con Washington asumiendo plenamente el liderazgo del país sudamericano y Brasilia calibrando mejor y encarando con mayor inteligencia el incontestable peso político de Estados Unidos.

Después de años —décadas en realidad— en los que la relación entre los dos países ha transitado entre las riñas de baja intensidad y la indiferencia (en ámbitos oficiales, en otros estratos es más vigorosa), el encuentro entre Obama y Rousseff se espera sea el comienzo de una etapa de liderazgo político más pragmático que los dos países aprovechen y saquen partido.

La presidenta brasileña, por ejemplo, no se ha contentado con visitar Washington y hacer el típico paseíllo protocolario que incontables otros líderes hacen una semana sí y otra también. Washington, en realidad, era una escala para Rousseff. Más importante que la capital política, era la capital universitaria del país, Boston.

El destino no fue casual. Se trata, nada menos, que de La Meca de la investigación académica de alto nivel. Consciente de las deficiencias de la educación superior de su país —y de las enormes ventajas de la estadounidense—, Rousseff ha convertido en máxima prioridad enviar al extranjero al mayor número de estudiantes posible —algo que China hace desde hace al menos una década con excelentes resultados—. A través del programa Ciência sem fronteiras, dotado de poco menos de 2.000 millones de dólares, Brasil enviará a cerca de 100.000 de sus estudiantes más brillantes a estudiar al extranjero en los próximos cuatro años.

Entre las universidades seleccionadas está Harvard (donde Rousseff dio una charla ayer por la tarde) y el MIT (donde se entrevistó con su rectora). En otras palabras, Brasil ha convertido la educación superior en asunto estratégico de Estado y entrena ya a su próxima generación de científicos, ingenieros y profesionistas aprovechando las ventajas que supone un sistema de educación de élite globalizado.

Por parte de Estados Unidos los gestos de apertura son de otro tipo pero son claros. Obama no solo visitó a Rousseff en Brasilia tan pronto esta asumió la presidencia, también ha cedido en temas clave para las posiciones e intereses brasileños (la cachaza y el etanol son solo dos de ellos).

Para Moisés Naím del Carnegie Endowment for International Peace existen pocas relaciones binacionales en el escenario internacional que prometan tanto en los próximos años. “El potencial es enorme y los obstáculos, aunque reales, podrían ser sorteados por líderes con determinación”, escribió hace unos días en Financial Times.

El tema clave para entender la relación entre los dos países es, irónicamente, la falta de relación o, si se quiere, la relación de baja intensidad que han mantenido a lo largo de las últimas décadas. No se requieren, sin embargo, grandes cambios o una enorme mejoría en la relación entre las dos potencias para que más pronto que tarde la agenda de las relaciones hemisféricas, de la Patagonia al Polo Norte y del Atlántico al Pacífico, se lleve al ritmo del jazz y la bossa nova. Ese, cuando ocurra, será un buen día para las américas.

La Suprema Corte se politiza

Surge inesperadamente un comodín en la carrera por la Casa Blanca. Una muestra rotunda de la politización extrema que ha alcanzado el sistema político estadounidense; un presagio de lo que viene, no solo en la lucha por la presidencia, sino en un creciente número de temas en los que los consensos que habían mantenido el centro se desvanecen, uno a uno.

El comodín inesperado llega en forma de un caso en la Suprema Corte de Justicia: una demanda interpuesta por 26 estados —todos ellos con gobernadores Republicanos— en contra de la reforma sanitaria de Obama aprobada en 2010. La resolución del caso, que no se espera hasta junio, podría provocar un cataclismo político de consecuencias imprevisibles.

Los detalles legales —y políticos— del caso son complejos y desbordan el espacio aquí disponible para profundizar y detallar sus matices; para entrar en los múltiples vericuetos que han permitido que una ley aprobada en el Congreso después de un costosísimo esfuerzo político sea aceptada a juicio por la máxima instancia judicial.

Jeffrey Toobin, analista legal de The New Yorker, describe el litigio como el más importante desde Bush vs. Gore en 2000 —el caso que detuvo el recuento de votos en Florida y de facto entregó la presidencia a George W. Bush—. Un caso que centra ya toda la atención mediática del país y que en potencia tiene el tonelaje para convertirse en uno de esos grandes precedentes legales que cambian el rumbo de la historia —a la altura de Roe vs. Wade (1973), el caso que legalizó el aborto, y Brown vs. Board of Education (1954), que abrió el camino para desinstitucionalizar la discriminación racial—.

Digo inesperadamente porque lo que se preveía como un paso protocolario por el tribunal se convirtió la semana pasada en un litigio político entre los polos ideológicos del país. Tan pronto se escucharon los primeros argumentos y trascendieron las primeras opiniones de los magistrados quedó claro que ni el paso por el Supremo sería suave ni las conclusiones previsibles. El tribunal rápidamente adquirió su configuración partidista —directamente proveniente del color del presidente que nombró a cada juez— y auguró un escenario incierto para el triunfo legislativo más importante del gobierno.

El centro del debate es la constitucionalidad de una reforma que obliga a todos los ciudadanos a adquirir seguro médico. Una idea originalmente presentada por el Partido Republicano que busca crear un sistema de protección social esencialmente privado por medio del uso del poder del gobierno federal para regular el mercado de seguros. Un esquema astuto entre lo público y lo privado ideado por la muy conservadora Heritage Foundation a principios de los años noventa y que hoy tiene tintes “socialistas” para la mayoría de los Republicanos. Un caso que será utilizado por detractores y partidarios para simbolizar y significar la lucha intestina entre aquellos que buscan recortar las competencias del gobierno y los que las defienden.

La Suprema Corte podría fallar en varios sentidos: declarando inconstitucional una parte o toda la ley. La primera posibilidad, la más probable, se podría dividir a su vez en varios escenarios. Se podrían derogar partes de la ley que hagan inoperante al resto o partes que permitan que el cuerpo principal entre en vigor como se tiene previsto en 2014.

En juego está nada menos que el acceso de 50 millones de personas a servicios de salud y la posibilidad de que la resolución en junio, cuatro meses antes de la elección presidencial, deje al país más dividido que nunca. Habrá, pues, que seguir el desarrollo del caso con atención.

El gasto militar en 2012

El International Institute for Strategic Studies londinense publica su reporte anual sobre gasto militar en el mundo. The Military Balance 2012 es la mejor fuente para conocer la evolución del gasto en fuerzas armadas y cómo se están moviendo las piezas en el tablero de la seguridad internacional. En los próximos años, la evolución de la distribución de ese gasto —representado por los círculos de colores— será clave para entender el nuevo contexto internacional y quién adquiere qué papel. En concreto, la comparación entre el crecimiento del gasto militar chino, el estadounidense y el papel que juegue Europa en ese triángulo será fundamental para dilucidar los contornos del orden internacional que dominará el siglo XXI.

Habemus candidatum

Humo blanco en el cónclave Republicano —bueno, parece humo blanco, en política la dirección del viento es caprichosa—. El partido, finalmente, comienza a cohesionarse en torno a la candidatura de Mitt Romney. Lo hace sin entusiasmo, sin convicción, dividido. Lo hace porque no tiene otra opción; porque noviembre está a la vuelta de la esquina y porque tiene que, al menos, intentar presentar una candidatura creíble con alguna posibilidad de triunfo.

Ha sido la victoria de Romney en las primarias de Illinois la semana pasada y la incapacidad de Santorum de ganar fuera de los feudos ultra conservadores lo que finalmente está generando ese consenso dentro del partido para que se concluya la etapa de selección y comience el proceso de cerrar heridas y preparar el terreno para la general de noviembre.

El reto es enorme y cuesta arriba. ¿Por dónde empezar? ¿Por el descrédito del partido después de correrse al extremo y presentar uno de los debates electorales más cerrados, carentes de propuestas e ideologizados del último medio siglo? ¿Por la debilidad de sus aspirantes que, sin excepción, han demostrado claramente no estar a la altura del papel? ¿O, quizá, por la reveladora afirmación la semana pasada de uno de los principales asesores de Romney en la que comparó al candidato y su agenda con el juego Etch A Sketch, en el que solo hace falta agitarlo para borrar lo ya trazado y comenzar con un lienzo en blanco?

Hagámoslo por la tercera proposición. El uso del juguete infantil como metáfora es mucho más que un lapsus de un asesor que pasa demasiadas horas frente a las cámaras. Es, en realidad, una definición cándida y verosímil del candidato y la forma en la que concibe el quehacer político. Es el cinismo elevado a estrategia electoral.

Romney ha saltado tantas veces de una posición a otra que hoy es difícil saber en realidad qué cree. Siempre he defendido el cambio de posiciones por evolución política; el problema de Romney es que siempre lo ha hecho única y exclusivamente por conveniencia electoral. Primero como gobernador de Massachusetts, después como candidato a las primarias de su partido y ahora amenaza con intentar borrarlo todo y comenzar de nuevo en la elección general.

El triunfo de Romney en la interna republicana, si se llega a consumar, no sería la victoria de buenas sobre malas ideas; tampoco la de un eficaz estratega que supo montar una organización de base; ni siquiera la de un candidato que ha demostrado ser claramente más popular que los demás. Romney ha logrado colocarse a la cabeza esencialmente por dos razones: por la publicidad negativa en televisión con la que ha machacado a sus rivales y porque una nueva ley le permite, a través de organizaciones asociadas a su campaña, un techo ilimitado de gasto —la Suprema Corte de Justicia, con su decisión Citizens United v. Federal Election Commission de 2010, asestó un golpe brutal al sistema de representación en Estados Unidos—.

Si ha habido un leitmotiv en estas primarias es precisamente el nocivo efecto que ha tenido la figura de las llamadas Super PACs (organizaciones autónomas que promueven al candidato sin coordinarse formalmente con la campaña que surgieron a partir de la decisión de la Corte) sobre la dinámica electoral. En otras palabras, el dinero privado ilimitado como nueva moneda de cambio de la representación política.

Faltan asuntos importantes por resolver antes de saber exactamente cómo y con quién llegará el partido en la papeleta a las presidenciales. Las primarias terminan oficialmente hasta comienzos de verano. Si Santorum persiste y no abandona la carrera, Romney se verá debilitado más de lo que ya está. El partido intenta desde la semana pasada convencerle de que ceda espacio y permita que el ex gobernador de Massachusetts se reagrupe.

Si Santorum abandona o no dependerá fundamentalmente de si alcanza un acuerdo con Romney. Al partido, sin embargo, le hará falta mucho más que un pacto entre sus principales aspirantes para salir de la zozobra.

El mito del declive americano

Acaba de aparecer una adición importante al debate sobre el supuesto declive estadounidense en el escenario internacional. Lo firma el académico de la Brookings Institution Robert Kagan (asesor informal de Mitt Romney en política exterior). Autor de, entre otros textos, Of Paradise and Power (2004) y el magnífico Dangerous Nation: America’s Foreign Policy from Its Earliest Days to the Dawn of the Twentieth Century (2007).

El nuevo libro de Kagan, The World America Made (2012), es importante por dos razones: porque nada a contracorriente de la línea de argumentación tan en boga sobre el declive relativo de Estados Unidos; y porque aborda el tema desde una hipótesis novedosa que ataja mejor la complejidad del asunto (una tercera razón menos importante es que ideológicamente Kagan se ubica a la derecha del centro; es de los pocos académicos en ese ámbito realizando análisis inteligente con visión de largo plazo).

Describir con precisión y contexto las razones por las que una potencia se corrompe internamente y entra en declive es una tarea inmensamente complicada que pocos historiadores han logrado construir en relatos convincentes —incluso después de varios siglos transcurridos—. Diagnosticar en tiempo real el colapso de un sistema social complejo es virtualmente imposible.

Kagan lo sabe y ha elegido por ello un punto de partida más realista que el de la mayoría de los textos recientes sobre el tema —del The Post-American World (2008) de Fareed Zakaria al That Used to Be Us (2011) de Michael Mandelbaum y Tom Friedman, pasando, incluso, por el clásico The Rise and Fall of the Great Powers (1989) de Paul Kennedy—. Kagan, en lugar de hacer una exégesis de la decadencia (tarea tremendamente compleja, carente de un marco histórico adecuado para comparar), utiliza el papel de Estados Unidos en la construcción del orden internacional de los últimos 60 años para explicar por qué la salud de ese orden es el mejor baremo de su verdadera influencia.

En líneas generales, la tesis de autores como Zakaria, Mandelbaum y algunos otros, es que Estados Unidos pierde peso relativo en el orden internacional respecto a otros actores que avanzan a mayor velocidad (China, India, Turquía, Brasil). Desde esta visión, en otras palabras, el poder se descentraliza y redistribuye.

Y aunque esto sin duda es cierto en temas específicos (imposible negar el poder financiero chino, la creciente competencia tecnológica india, la influencia brasileña en temas de salud y energía), no lo es en el conjunto de aspectos que apuntalan el orden que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial. Ese orden ha sido garante no solo de la etapa de crecimiento económico más rápido (de 1550 a 1950 el crecimiento anual en el mundo promedió 1%; a partir de 1950 el 4%), sino también del periodo menos violento de la historia humana (no lo afirmo yo; tampoco lo asegura Kagan; lo afirma el trabajo serio y bien documentado de un especialista como Steven Pinker y su The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined).

“Sin duda hay muchas cosas que siguen funcionando mal en el mundo”, asegura Kagan, “sin embargo, desde una lectura histórica de varios miles de años, en los que la guerra, el despotismo y la pobreza han sido la norma, y la paz, la democracia y la prosperidad las raras excepciones, vivimos en una edad de oro”. Solo la miopía ideológica impide ver la relación entre el establecimiento de ese orden después de 1945, el descenso de la violencia, el crecimiento económico y el papel de Estados Unidos.

¿Quién estaría dispuesto, se pregunta Kagan, a asumir el enorme coste de garantizar la seguridad marítima en las principales rutas comerciales en un mundo “post-americano” (el elemento clave que engrasa el sistema de intercambio comercial que ha sacado a millones de personas de la pobreza)?; ¿O a liderar coaliciones como las que intervinieron en Libia el año pasado y en los Balcanes en los años noventa?; ¿Quién tendría la capacidad —y voluntad— para mantener a raya a un régimen como el iraní? Los candidatos brillan por su ausencia.

La hipótesis de Kagan en el fondo es sencilla: nos dice más la salud y aceptación de ese orden construido después de 1945 que todas las prospectivas sobre el progreso de algunos países y los retrocesos de Estados Unidos. “El orden internacional no es una evolución natural”, dice acertadamente Kagan, “es una imposición. Es el dominio de una visión sobre otras”. Una visión convenientemente aceptada (y aprovechada) hoy día de Londres a Canberra, de Brasilia a Ankara y de Pekín a Nueva Delhi.

Esa aceptación sigue y seguirá siendo el mejor indicador del verdadero poder de Washington.