Big data: de la intuición informada a la intuición cuantificada

(texto publicado originalmente en el número 64 de Economía Extrerior)

La explosión en la producción de datos no es solamente un fenómeno que concierne a la economía, las ciencias sociales o las disciplinas académicas que tradicionalmente han trabajado con números y estadísticas. La explosión es de tal magnitud y corta transversalmente en ámbitos del conocimiento tan distintos que no se puede abordar exclusivamente desde una disciplina. De las ciencias económicas al transporte publico, pasando por las políticas de sanidad —ámbitos muy diversos están siendo afectados por la irrupción de nuevas formas de medir, entender y organizar la información relacionada con estas actividades. Afecta también la forma en la que se establecen las jerarquías del conocimiento y se diseñan los procesos institucionales.

En el ámbito de las campañas electorales, la carrera presidencial de 2012 en Estados Unidos ofrece un pequeño microcosmo para entender la carrera de los datos y cómo está cambiando prácticas y organizaciones que hasta hace muy poco estaban blindadas de incorporar este tipo de información a sus procesos de toma de decisiones.

El éxito electoral de Obama en 2012 se basó en una sofisticada estrategia de datos que logró no solo hacer un microtargeting preciso y eficaz a los electores. Más importante todavía, permitió que la dirección de la campaña en Chicago contara con información precisa y accionable a lo largo del proceso que le ayudó a tomar decisiones cruciales basadas en la mejor información a su alcance. Del estado de las finanzas de la campaña al número de voluntarios disponibles en un día determinado en un condado remoto de Ohio; de sofisticados modelos que analizaban la complicada aritmética del Colegio Electoral a bases de datos que diseccionaban al electorado en base a cientos de categorías y criterios.

Con cifras de paro inusualmente altas, una recuperación económica débil que jugaba en su contra y un electorado muy dividido, una parte importante del éxito de la campaña se basó en construir una plataforma de información en tiempo real que informó las decisiones del equipo a lo largo de los más de doce meses del proceso. En el centro de esa plataforma, los datos como el nuevo elemento constitutivo de la información. Fuera quedaron los asesores políticos de antaño; los insiders consumados del partido e, incluso, los focus groups y las encuestas tradicionales. ¿Qué los reemplazó? El equipo de datos. Encabezado por el que seguramente será el flamante cargo de cualquier campaña del futuro: el chief data scientist.

Los primeros tres aparatados explican cómo los datos se han convertido en el centro de las campañas electorales —y muy pronto de las políticas públicas—. El cuarto y quinto ofrecen algunas recomendaciones sobre qué tendrán que hacer las organizaciones y partidos políticos en Europa y España para adaptarse a esta nueva realidad.

De los medios sociales a la estrategia de datos

En términos de innovación, cuatro años son todo una era en tecnología. 2012 se pareció poco a 2008 en relación al tipo de estrategia utilizada por el cuartel general de Obama. De la improvisación de la primera campaña basada en la web social (Facebook, correo electrónico, vídeos virales, etc.) se dio paso a una estrategia mucho más compleja que en su centro tenía una plataforma de datos. Es decir, una infraestructura informática de recolección de información en temas de interés para la campaña: votantes registrados, afiliación a los partidos, series históricas de votación, repositorios de encuestas y un largo, largo etcétera. ¿La finalidad? Proporcionar a la campaña una herramienta de información en tiempo real sobre el estado de la contienda. Convertir, en otras palabras, múltiples datos inconexos en información y tendencias útiles para tomar decisiones. De la macro estrategia y el mensaje general a micro decisiones sobre publicidad o colores utilizados en un correo electrónico enviado a votantes potenciales. Los datos informaban las decisiones.

El trabajo tradicional de encuestadores, asesores de comunicación e insiders de los partidos —los que han mantenido durante décadas la atención del candidato y el control de los ciclos electorales dentro de los partidos— perdió relevancia en un mundo abundante en datos en el que fenómenos antiguamente ininteligibles se pueden cuantificar, analizar y enmarcar de nuevas y más eficaces maneras (desplazando, por tanto, a los asesores tradicionales). En otras palabras, la operación de una campaña electoral se profesionaliza. El papel de los asesores de imagen y comunicación, por ejemplo, es desplazado por el de científicos sociales, expertos en estadística y politólogos. Los encuestadores tradicionales, por su parte, son reemplazados por informáticos con conocimientos de modelos estadísticos complejos que indagan más allá del carácter unidimensional —y muchas veces simplista— de las encuestas tradicionales.

El eje de este nuevo tipo de campaña se basa principalmente en la incorporación de tres perfiles profesionales al centro de la estructura de toma de decisiones: expertos en estadística, científicos sociales y hackers.

Los primeros dotan al equipo de una lectura más sofisticada de los números. La demoscopia tradicional pasa de las encuestas, los sondeos y los focus groups a una interpretación más amplia de una variedad muy diversa de datos. Demográficos, de comportamiento electoral, financieros, historiales de crédito, preferencias comerciales, barrios de residencia, etc. Todos cruzados entre sí y analizados de una manera distinta y novedosa. Aunque la existencia de ninguno de estos datos es nueva, la forma de recopilarlos, procesarlos y analizarlos sí lo es. Este cambio en sí mismo está modificando el funcionamiento interno y forma de tomar decisiones de las campañas. Los datos verificables, y no las intuiciones o el dictado de los insiders de los partidos, se vuelven el criterio clave de operación de las campañas. Se incorpora más información, se analiza de manera distinta y se vuelve en una pieza más central del proceso de toma de decisiones.

Los segundos, los científicos sociales —que pueden ser desde economistas expertos en presupuestos públicos hasta psicólogos especializados en patrones de voto—, vienen a reemplazar el trabajo de asesores de comunicación que durante décadas se han dedicado a “empaquetar” a los candidatos para aparecer y hablar en televisión. Se comienzan a dejar atrás los sound bites y se empieza a formular un discurso más complejo y matizado diseñado para la era de los medios de comunicación bidireccionales.

Finalmente, los hackers. El elemento disruptivo. Expertos en informática que saben, sobre todo, modelar los datos y la información de nuevas maneras. Es decir, coger sets de datos, encuestas, información demográfica, sets históricos de votación y darles una nueva interpretación. Cruzar información, relacionar datos aparentemente inconexos y establecer patrones entre diferentes fenómenos sociales a través de los números. La intersección de esta nueva forma de entender y utilizar los datos y el trabajo de prospectiva que hacen con ella estadísticos y científicos sociales fue la diferencia fundamental de la campaña de Obama en 2012.

En resumen, no solo son los datos, es la nueva manera de 1) recolectarlos 2) procesarlos/analizarlos 3) tomar decisiones en base a ellos.

El periodismo de datos como nuevo frente en la reconversión digital

El economista, periodista y analista de datos, Nate Silver, proporciona el estudio de caso más apto para entender la dimensión e implicaciones del cambio de modelo. Aficionado a las estadísticas del beisbol, saltó a la fama en 2008 cuando montó un blog independiente que comenzó a utilizar métodos de análisis de las estadísticas de ese deporte para entender mejor los números y las encuestas políticas. En la elección presidencial de 2008 predijo correctamente al ganador de 49 de los 50 estados.

En 2010 The New York Times le fichó y se convirtió de facto en el analista de encuestas del periódico neoyorquino. Su trabajo, una mezcla de análisis de encuestas tradicionales con una forma más sofisticada de interpretar sus resultados, ha cambiado súbitamente la jerarquía de la información en Estados Unidos. Atacado con virulencia por la prensa tradicional —sobre todo por los llamados pundits, los tertulianos que durante décadas han fundamentado sus opiniones en intuición o, en el mejor de los casos, secretos a voces dentro de los partidos u organizaciones—, Silver es considerado ahora el pionero de un nuevo género de información al que podríamos llamar periodismo cuantificable —en inglés, data journalism—. Es decir, información respaldada más por datos que por percepciones; más por el estudio serio de diversos fenómenos sociales que por las impresiones recogidas a pie de calle; más por el procesamiento riguroso de sets de datos históricos que por las agendas ideológicas de los medios de comunicación o las encuestadoras.

El trabajo de Silver es novedoso sobre todo porque aplica rigor y metodología a un campo que era monopolio de los insiders del proceso político —partidos, asesores, medios de comunicación, encuestadoras—. Utiliza los números de las encuestas tradicionales y les aplica una serie de criterios y valoraciones basadas en un índice de desempeño histórico confeccionado por él que le permite hacer una lectura más clara de las tendencias. Así, por ejemplo, mientras la mayor parte de los medios de comunicación pasaron el verano y recta final de la campaña de 2012 asegurando que era un cuerpo a cuerpo en el que por momentos adelantaba uno y en otros el rival, Silver se mantuvo firme en su lectura y dio a Obama a lo largo de la mayor parte del proceso la ventaja por la que terminó ganando —especialmente en los números del Colegio Electoral, los que realmente importan—. Un método de análisis, en suma, más científico que no solo se corrige a sí mismo (cada ciclo electoral permite ajustar el modelo, ponderando los criterios utilizados de acuerdo a los resultados), explica de manera más matizada fenómenos sociales complejos y su interacción con el proceso político y los resultados electorales. El propio Silver lo resume así: “Ahora se trata de los números —con sus imperfecciones— versus la demagogia de las opiniones”.

El futuro de las políticas públicas pasa por los datos

El cambio de paradigma en el manejo de la información no se limita a la arena electoral. Incluso, me atrevería a vaticinar —aunque llevará más tiempo y el camino será más sinuoso— el efecto último y más contundente será sobre la propia valoración y el diseño de las políticas públicas. Es decir, una reinvención en la forma en la que los gobiernos identifican, valoran, diseñan e implementan las políticas públicas. La abundancia de datos —los gobiernos, con diferencia, son los actores que más generan: de estadísticas de transporte a salud; de recaudación fiscal a números y tendencias de inmigración— y esta nueva capacidad para procesarlos están poniendo de cabeza el proceso de formulación de políticas públicas. Desplazan expertises y empoderan a nuevos actores para participar de un proceso que, si ha de velar por el cumplimiento del interés general, necesita de manera permanente la mejor información disponible (compitiendo así con la noción de “información perfecta” con la que en teoría operan los mercados).

A partir de ahora las decisiones públicas deberán de tomar en cuenta esta nueva realidad: además de los consensos parlamentarios y los pactos políticos, la medición certera de la eficacia —o ineficacia— de las políticas publicas se convertirá en un criterio fundamental para tomar decisiones. Una parte importante del desarrollo económico del siglo XXI dependerá de la capacidad de los países para adaptar sus instituciones y procesos de toma de decisiones —al final de cuentas, su burocracia— a esta nueva forma de utilizar los datos e información disponibles para tomar mejores decisiones.

La demostración empírica de la importancia de los datos y la información precisa en tiempo real durante la campaña presidencial de 2012 solo acelerará y ampliará esta tendencia.

El análisis de datos como condición sine qua non para la toma de decisiones

Comencé diciendo que la elección de 2008 se pareció poco a la de 2012 en términos de organización y uso de las tecnologías de la información. De la misma manera, se parecerá poco la forma en la que partidos y organizaciones fuera de Estados Unidos intenten adaptar el método Obama. A diferencia de 2008, cuando una parte importante del método giraba en torno a la web social, las campañas virales y la centralización del proceso de organización, en 2012 giró en torno a los datos y al trabajo que hacen con ellos disciplinas científicas. El método, por tanto, no se puede simplemente replicar.

Lo que sí se puede hacer es comenzar a preparar el terreno dentro de los partidos y organizaciones. Comenzar a cambiar la forma en la que se conciben las jerarquías internas y los procesos de toma de decisiones. El éxito último de las dos campañas presidenciales de Obama no fueron ni las redes sociales, los vídeos virales o su web de última generación. Ni siquiera el uso revolucionario de los datos. Fue, principalmente, el haber sido capaz de voltear de cabeza la jerarquía de su campaña. La forma de concebir el orden interno y cómo y quién tomaba las decisiones. De ser capaces de centralizar competencias al tiempo que se descentralizaban decisiones; de deshacerse de asesores innecesarios al tiempo que se incorporaban al equipo profesionales más jóvenes con competencias distintas a las típicamente esperadas en una campaña presidencial. De favorecer la competencia profesional y política a las lealtades ideológicas o de partido. De poner por encima el componente político del mensaje a la cosmética de la imagen y los eslóganes. En última instancia el éxito de Obama se debió a estas transformaciones. El uso inteligente de las tecnologías de la información simplemente lo asistió.

 El reto europeo

En relación específica a los datos y las nuevas posibilidades que se abren, el reto para Europa y España es doble. Son dos los componentes fundamentales detrás de su uso adecuado: la producción de datos en bruto (la materia prima) y los expertises (el know how) necesarios para hacer algo útil con ellos.

Obtener materia prima de buena calidad es un proceso largo y complicado que no se puede simplemente emular. Aunque pocos países tienen tan desarrollada la cultura de recolección de datos que tiene Estados Unidos, el crecimiento exponencial y la presencia de las tecnologías de la información en la vida cotidiana está acelerando ese proceso en la mayor parte del mundo (sobre todo en las economías avanzadas). En ese sentido, el elemento clave es el marco regulatorio. Es decir, la legislación que no solo protege y transparente los datos, sino también, que fomenta su recolección y uso racional de ellos. Aquí entramos en el campo de la importancia que tienen iniciativas sobre Gobierno Abierto (Open Government) y leyes de transparencia robustas y a la par con los tiempos.

Los partidos políticos en España que crean en la naturaleza abierta de los datos recolectados por las administraciones, deberán presionar para que Gobierno central y autonomías creen marcos regulatorios para la liberación de repositorios de datos ya existentes. La clave está en ordenar estos datos, publicarlos en formatos estandarizados legibles por ordenadores (machine readable) y crear canales de distribución a los usuarios finales. Que pueden ser desde las propias administraciones hasta universidades, medios de comunicación, think tanks, etc. Los datos comienzan a cobrar valor cuando se genera un ecosistema de usuarios e información en torno a ellos.

El entorno ideal para experimentar con datos es el gobierno local. Construir una cultura de datos de lo local hacia arriba facilita el ensayo y la adaptación a las necesidades de una determinada cultura política. Lo es también por los costes prohibitivos en muchos casos de iniciativas que intentan abarcar demasiados niveles y cortan transversalmente las competencias de los gobiernos. Aunque en España existen iniciativas puntuales de apertura de datos, sigue sin existir una forma original de leerlos, interpretarlos y relacionarlos con otros fenómenos. Sigue sin existir, más todavía, el ecosistema apropiado para que los datos pasen de las administraciones a los medios de comunicación, a los partidos, a la empresa privada y de allí, nuevamente,  se vuelvan a reciclar e intercambiar. El reto inicial, por tanto, comienza allí. En fomentar este círculo virtuoso.

Para conseguirlo habrá que lanzar iniciativas específicas para profesionalizar y sistematizar la recolección de datos a nivel local, regional, nacional y Europeo. Homogeneizar y estandarizar la legislación en la materia. No solo en los aspectos más obvios relacionados a la utilidad que puedan tener para las campañas electorales. Temas de salud, transporte, energía, entre muchos más serán claves en el futuro y contribuirán a crea una cultura de datos más robusta que se retroalimente constantemente (lo que en la jerga de los datos se conoce como feedback loops).

Lo mismo se puede decir de partidos y organizaciones hacia su interior. Fomentar la recolección, análisis y uso compartido de información es una tarea interna de las propias organizaciones. Además de la utilización eficaz de las tecnologías de la información, el cambio depende fundamentalmente de la transformación interna de las organizaciones. De derribar los obstáculos internos que limitan el uso eficaz de la información. De rediseñar las jerarquías. Aplanarlas un poco (solo un poco, no se trata de desaparecerlas) al tiempo que se privilegia una forma más profesional de entender el expertise y las competencias del equipo.

Lo que nos lleva al segundo punto, la importancia del know how. Aquí, los partidos y organizaciones se enfrentan al reto de abrirse y fomentar la incorporación de nuevos actores. Desde hackers e informáticos hasta académicos de universidades especializados en detalles oscuros y desconocidos del comportamiento electoral. Uno de los aspectos que más afectó (y puso en desventaja) a la campaña de Mitt Romney durante la elección de 2012 fue la aversión que ha provocado su partido en medios científicos y tecnológicos debido a su rechazo de fenómenos científicamente comprobados pero políticamente rechazados (el cambio climático es solo uno de ellos). Al final de cuentas se trata de atraer el mejor conocimiento disponible. Sin importar la proveniencia, ideología o cargos dentro de una campaña. Las estructuras partidistas y organizacionales, pues, se comienzan a reorganizar en torno al conocimiento. En torno a la mejor manera de obtenerlo, procesarlo y decidir en base a él. De la rapidez y eficacia con la que se consiga esta transformación dependerán los réditos que se obtengan.

Y lo mismo sucederá en muchos otros ámbitos ajenos a la competencia electoral. En la era de la abundancia de la información, el conocimiento se comienza a estructurar de una manera distinta. En esta nueva jerarquía, por debajo de la información y el conocimiento, se inserta una capa de datos que informa micro procesos que hasta hace muy poco era muy difícil cuantificar. Así, se comienza a establecer una nueva estructura que se compone por tres capas en forma piramidal: datos, información y conocimiento.

El reto, se trate de la academia, aquellos que diseñan políticas públicas o los que analizan la información financiera, será crear una estructura de recolección, procesamiento y toma de decisiones que se adapte mejor a este flujo. Una buena parte del valor que se añada a los procesos productivos en los próximos años vendrá precisamente de allí.

El reto de Obama: cambio y consenso

“Gané capital en esta elección, capital político; y ahora, pienso utilizarlo”. Las palabras son de George W. Bush. Las dijo al día siguiente de su reelección en noviembre de 2004.

Pocos meses después, Katrina, el devastador huracán, golpeaba las costas del Golfo de México y el principio del fin de su presidencia se comenzaba a escribir. Un año después perdía la mayoría tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes; las aspiraciones políticas del presidente quedaban sepultadas. A lo largo de su segundo Gobierno, Bush no conseguiría aprobar reforma legislativa de calado alguna.

El calendario político en Estados Unidos es más caprichoso de lo que parece. Sí, en principio, un triunfo en las urnas garantizan a un presidente 48 meses de estabilidad parlamentaria para ejecutar su agenda y trabajar con el Congreso. En la práctica, sin embargo, la ventana de acción es mucho más corta. Especialmente cuando la crispación y división política son tan profundas. Como ahora.

La llegada del nuevo Congreso y el comienzo del segundo mandato de Obama pondrán a prueba como en pocas otras ocasiones las instituciones del país. Los dos retos fundamentales a los que se enfrenta el presidente durante los próximos cuatro años giran en torno a la administración de los tiempos políticos y en demostrar que las criticadas instituciones del país todavía valen para gobernarlo.

Comencemos por la gestión de los tiempos. Aunque Obama no entregará el poder hasta el 20 de enero de 2017, su verdadera ventana de oportunidad política es solo de entre 12 y 18 meses. Es decir, el verano del año que viene como límite. Después, comienzan las campañas de medio mandato al Congreso y el futuro a partir de entonces será todo menos cierto. Históricamente, un presidente en su segundo mandato pierde en las elecciones al Congreso un promedio de 30 miembros de su partido en la Cámara de Representantes y siete en el Senado.

Por tanto, la clave para Obama radica en moverse con rapidez. En saber gestionar el capital ganado en la elección y utilizar los cambios en los puestos políticos clave (en, al menos hasta ahora, tres ministerios de máximo peso: Estado, Defensa y Tesoro) para coger impulso y reorientar prioridades. La agenda de los segundos cuatro años no podría estar más cargada: reforma al sistema de inmigración, legislación para el control de armas, implementación de la reforma al sistema sanitario, Siria, el conflicto de Oriente Próximo, la relación con China y, quizá el tema más controvertido, el diseño de un plan de reducción del déficit público de largo plazo (que implica tanto reorientación de la política fiscal como recortes en la seguridad social).

Lo que nos lleva al segundo gran desafío: las instituciones y la crisis de gobernabilidad. La negociación in extremis a finales de año sobre un acuerdo para evitar la caída en el llamado “abismo fiscal” fue solo el último episodio en una larga lista de instancias en las que las instituciones políticas no han estado a la altura de las circunstancias (el acuerdo alcanzado solo aplazó dos meses el conflicto). The Economist lo llama “el preocupante patrón de disfunción de Washington”. La tendencia, en otras palabras, a poner por encima los intereses ideológicos, de partido o de grupos privados (lobbies) sobre los intereses públicos y los grandes temas estructurales que comienzan a acumularse y amenazar la solvencia del sistema político en su conjunto.

El reto último de Obama —y su legado— será demostrar que las instituciones de gobierno en Estados Unidos siguen garantizando la gobernabilidad eficaz. Más aún, que los complejos —y delicados— mecanismos de checks and balances consagrados en la Constitución (1789) continúan teniendo validez en una democracia mucho más compleja de la que diseñaron los padres fundadores. La modélica división de poderes y el eficiente engranaje institucional por el que se conoce a Estados Unidos han dado paso en la última década a un sistema dividido y atomizado que simplemente no logra cerrar los pactos necesarios.

Se trate de la desigualdad social, los excesos financieros, la tenencia de armas o la arquitectura fiscal, Obama tendrá pronto que demostrar que las instituciones de Gobierno están dotadas de mecanismos que de manera simultanea permitan el cambio y el consenso. Para ello, o desenfunda el revolver y enfrenta a la oposición, o bajo su tutela se enterrarán las esperanzas en un sistema de gobierno radical e innovador que ha sido la referencia durante al menos el último siglo.

¿Obama consolida la ventaja definitiva?

Publico en la Fundación Alternativas un análisis sobre el estado de la elección presidencial a menos de 50 días de los comicios.

Desde el punto de vista de las encuestas, la campaña presidencial de 2012 en Estados Unidos ha sido sorprendente por un factor: su estabilidad. Es decir, su falta de movimiento a lo largo de los meses en los que todo tipo de encuestas (diarias, mensuales, conservadoras, progresistas) arrojaban esencialmente el mismo resultado: Obama adelantaba a Mitt Romney (incluso desde antes de ganar la interna de su partido) por entre dos y tres puntos porcentuales. Si miramos la encuesta más exhaustiva de todas, la que realiza Gallup diariamente, comprobamos que su tendencia es más plana que las llanuras del Medio Oeste.

Elección de vicepresidente, viajes al extranjero, atentados terroristas, nada, parecía, alteraba la obstinada tendencia. Esto es, hasta los últimos días. Además de la ligera subida en las encuestas producto del llamado bounce de la Convención Demócrata -Romney no acortó la desventaja en Tampa-, el giro más revelador se ha dado en ese otro consenso de Washington: el mediático. A lo largo de los últimos días ha sido sorprendente ver cómo medios de todo el espectro ideológico comienzan a caracterizar la campaña de Mitt Romney como un fracaso. En el mejor de los casos, el consenso apunta hacia la pérdida de fuelle del candidato; en el peor, a dar la campaña por muerta señalando que será prácticamente imposible darle la vuelta a siete semanas de los comicios.

El texto completo por aquí.

¿Para qué sirve el gobierno en el siglo XXI?

Esa, como pocas otras, será la pregunta de fondo que se debatirá a lo largo de los próximos dos meses durante la campaña presidencial en Estados Unidos. En liza, dos formas de entender el papel del gobierno; dos programas políticos en las antípodas que conducirían al país por caminos muy distintos; dos candidatos tan disímiles como convencidos de su visión sobre el rol del Estado en la economía moderna.

¿Debe el Gobierno luchar directamente y combatir la creciente desigualdad social? ¿Más impuestos, más redistribución, más protección a grupos desfavorecidos? O, por el contrario, ¿menos regulación, menos impuestos, menos intervención del Estado como receta para el crecimiento? ¿Debe participar activamente en temas como el combate al calentamiento global, el desbordamiento de armas en las calles y la inmigración de sin papeles? Y, ¿hasta qué punto debe involucrarse en el establecimiento de las bases para el crecimiento económico futuro —infraestructuras, programas de investigación y desarrollo, políticas industriales que planifiquen y establezcan directrices y prioridades nacionales—?

Son algunas de las preguntas que se debaten en la guerra de los programas políticos. Lo que en inglés llaman policy (esa palabra clave inexistente en castellano que distingue entre hacer política y la arquitectura de las políticas publicas que termina siendo la diferencia fundamental entre la buena y mala política). La plataforma Republicana presentada en Tampa a finales de agosto es un ataque frontal al Estado. A sus instituciones, a las competencias del Gobierno y a su rol en la vida económica del país. Grover Norquist, un cruzado ideológico Republicano que lidera el movimiento anti impuestos, lo expresa con una sutileza gráfica escalofriante: “no buscamos abolir el Gobierno; simplemente queremos reducir su tamaño al punto que podamos arrastrarlo hasta el cuarto de baño y ahogarlo en la bañera”.

El triunfo de Mitt Romney en noviembre representaría la culminación de un proyecto político que se comenzó a fraguar en 1964 —tras la estrepitosa derrota de Barry Goldwater frente a Lyndon Johnson— y que tuvo a su máximo apologista en la figura de Ronald Reagan. El designio principal de Romney en el Despacho Oval sería corregir la falta de ortodoxia de George W. Bush —aumentó considerablemente el tamaño del gobierno— para de una vez por todas cerrar el círculo: desmantelar el New Deal de Franklin Roosevelt y la Great Society de Lyndon Johnson. En los pasillos en Washington se especula, incluso, con una presidencia kamikaze de un solo mandato centrada en conseguir ese objetivo sin considerar consecuencias electorales futuras. Devolver a Estados Unidos, en otras palabras, a ese mito fundacional en el que solo vale la libertad y el esfuerzo individual; cumplir el dictado tatcheriano según el cual la sociedad no existe.

La prescripción es sencilla: utilizar el déficit público como coartada para emprender un ambicioso programa de recortes federales. En tres niveles: rebaja de impuestos (sobre todo en los sectores más altos, siguiendo la filosofía de la trickle-down economics), recorte masivo de presupuestos —excepto en Defensa— y eliminado competencias del gobierno —desde limitando el rol de la Reserva Federal hasta liquidando la reforma sanitaria de Obama—.

Una campaña tediosa que comenzó como un concurso de popularidad entre las personalidades de Mitt Romney y Barack Obama ha dado paso a una clara —y cruda— elección entre dos formas nítidamente contrastadas de entender el papel del gobierno.

La reelección de Obama dependerá de su habilidad para articular una defensa firme y efectiva del gobierno. No tanto de su Gobierno como de la idea misma del gobierno. De sus instituciones, de su importancia en la vida pública y de su idoneidad para gestionar los grandes asuntos económicos. Dependerá, sobre todo, de su habilidad para desmontar esa famosa máxima del discurso inaugural de Reagan en 1981 que tanto daño ha hecho a las causas públicas y tanto ha impulsado a su vez a la agenda conservadora: “el Gobierno no es la solución a nuestros problemas; el Gobierno es el problema”. La reelección, y verdadero legado de Obama, se medirán en relación a su capacidad para demostrar lo contrario y dar una respuesta contundente a la pregunta ¿para qué sirve el gobierno en el siglo XXI?

El Partido Demócrata arropa a Obama

“Esta votación no es una simple elección entre dos candidatos o dos partidos políticos”, dice la plataforma oficial del Partido Demócrata presentada el lunes en Charlotte, la sede de su convención en Carolina del Norte. “La elección es entre dos caminos fundamentalmente distintos para el país y nuestras familias”.

El documento es la guía más específica para entender los planes de gobierno de Obama y su partido durante los próximos cuatro años. Desgrana posturas, describe objetivos y, sobre todo, marca diferencias con el programa rival. Intenta alejar el fantasma de convertir la elección del 6 de noviembre en un referéndum sobre Barack Obama.

La esencia de la plataforma demócrata para los segundos cuatro años de Obama gira en torno a dos temas fundamentales: la consolidación de la recuperación económica y asegurar que las políticas aprobadas en el primer gobierno tengan un sustento legal sólido y duradero.

El primer punto, el económico —el crucial del que depende todo lo demás—, al que más espacio dedica la plataforma, propone un programa de gobierno basado fundamentalmente en regresar a los niveles de impuestos que tenía el país durante la presidencia de Bill Clinton. Actualmente los ingresos del Gobierno (federal, estatal y local) rondan el 32 % del producto interno bruto. Muy por debajo de los niveles de cualquier economía avanzada. El objetivo de Obama es acercar la cifra al 40 % vía dos frentes. Subiendo impuestos para aquellos que ganan más de 250.000 dólares al año —ni un centavo de aumento para los que están debajo, promete Obama, en una decisión que lo coloca en una encrucijada difícil de cumplir; y, en el mediano plazo, rescindiendo de los recortes hechos por George W. Bush al comienzo de su presidencia —un tema cargado políticamente que los Republicanos han utilizado y lo seguirán haciendo para chantajear al Gobierno—.

Estabilizada la economía después de bordear el abismo en 2008-2009, Obama utilizaría su segundo mandato para acometer las reformas estructurales que le fueron negadas en los primeros cuatro años: el lanzamiento verdadero de una economía verde —creación de un sector económico sustentado en energías renovables—; el apoyo decidido a la ciencia, la tecnología y la investigación y el desarrollo; la reforma al sistema de inmigración priorizando no a los sin papeles, sino a los científicos e ingenieros necesarios para mantener al país en la punta del desarrollo tecnológico.

En suma, la plataforma busca ahondar y ampliar los temas que se comenzaron hace cuatro años pero que no se pudieron implementar por la fuerte resistencia que impuso el contexto económico heredado.

El segundo gran objetivo de la plataforma es asegurar legalmente las reformas que ya se realizaron. La preocupación principal para el partido es la reforma sanitaria aprobada en 2010 y amenazada por los republicanos en todos los frentes. Judiciales, estatales, federales y locales. En caso de que Obama perdiera la elección, sería muy difícil que la reforma —que fue incluso refrendada por el Supremo en junio pasado— sobreviviera los ataques republicanos. Aunque Romney no tendría el poder suficiente para tumbarla, sí podría crear los obstáculos necesarios para hacerla inoperante.

Y la reforma financiera. Otro sector en el que ya ha avanzado el Gobierno pero en el que se necesita ahondar más. Romney propone simplificar la regulación del sector sin especificar los detalles ni qué intereses se verían afectados. La plataforma Demócrata establece como prioridad controlar al sector hasta garantizar la estabilidad del sistema. Si ello requiere legislación que restringa severamente las actividades de los bancos —similar al Glass-Steagall Act de 1933— la pondrían en marcha. Promete, en síntesis, una solución de fondo a una crisis económica que se originó en el sector financiero.

La semana que viene ya hablaremos de la vuelta de Obama candidato y qué nos dice su discurso de mañana por la noche sobre sus posibilidades de ser reelecto e implementar su programa de gobierno cuatro años más.

Tampa radicaliza al Partido Republicano

La convención Republicana en Tampa oficializa el arranque de las campañas. Además de la nominación del candidato y los cuatro días de atención interrumpida que recibe el partido, lo más relevante del encuentro es la presentación del programa oficial. Es decir, la plataforma con la que propone gobernar durante los próximos cuatro años.

Aunque el candidato ya estaba en campaña desde hace meses, la posición final del partido se establece hasta la convención. La principal sorpresa es que la letra pequeña de las propuestas ubica al Partido Republicano todavía más a la derecha de la posición que el candidato había adoptado a lo largo de los últimos meses.

La particularidad de Mitt Romney como candidato es el viraje político que ha hecho a lo largo de su carrera y que nadie termina de entender. De respaldar posiciones típicamente Demócratas o de centro —reforma del sistema sanitario, una postura flexible respecto al aborto, posiciones fiscales de centro— ha pasado al ala más dura de su partido. En su edición más reciente, The Economist reta a Romney en portada formulando una simple pero incómoda pregunta: “Entonces, Mitt, ¿en qué crees realmente?

A dos meses de las elecciones y con el candidato en el centro de las miradas desde hace tantos más, la respuesta sigue siendo elusiva y poco clara.

Nadie sabe, por ejemplo, exactamente qué piensa sobre el tema de los inmigrantes sin papeles y la reforma al sistema de inmigración. Romney se ha refugiado detrás de algunos de los tópicos de su partido en el tema: más seguridad en la frontera, no a la legalización, condena a cualquier propuesta legislativa que pretenda desatascar el asunto. Mientras tanto, en Tampa, el partido ha incorporado a su plataforma oficial lo que se conoce como “self-deportation”. En otras palabras, la propuesta oficial del Partido Republicano afirma que el problema de la inmigración se resolverá mediante la auto deportación de todos aquellos que no tengan papeles. No es broma.

Algo similar sucede con un tema como el de la salud reproductiva de las mujeres. En términos generales, el discurso del partido condena temas como el aborto o la educación sexual. Lo hace en un plano vago en el que por lo general no se especifican detalles. Sin embargo, la letra pequeña de las propuestas presentadas en Tampa lo llevan mucho más lejos. Buscan eliminar cualquier tipo de financiación pública en temas de educación sexual; restringir lo más posible el acceso al aborto por medio de leyes imbricadas que parecen permitirlo pero que en la práctica lo impiden; e incluso buscan endurecer penas para desincentivarlo. Romney, como candidato, no toma posición. Solo asegura que nominará a jueces al Supremo que se opongan al aborto. En el matrimonio homosexual, más de lo mismo. La plataforma, tampoco es broma, directamente propone un régimen mucho más estricto para perseguir la “pornografía y el material obsceno”.

El Partido Republicano saldrá de Tampa con una apuesta redoblada: si por alguna vía puede colarse y ganar la elección de noviembre será desde un programa radical de derecha claramente contrastado con la candidatura de Obama. Llevar las propuestas a esos extremos es, por una parte, un síntoma de lo radicalizado que está el partido y, por otra y en última instancia, una constatación del mal estado de la candidatura de Romney. ¿Por qué apostar por llevar la plataforma a ese extremo si fuera adelante en las encuestas?

Lo hace porque no lo está y porque la apuesta fundamental de convertir la elección en un referéndum sobre el desempeño de Obama ha fracasado. En todas las cifras duras publicadas por incontables encuestas, Romney aparece por debajo en términos del manejo económico, de temas de género, de carisma personal y varios aspectos clave más.

La única vía para un triunfo Republicano es doble: necesita sacar a sus bases a la calle en grandes cantidades el 6 de noviembre y, en última instancia, que una carambola en el Colegio Electoral lo ponga por encima de los 270 votos necesarios por un margen muy ajustado.

La floja apuesta de Mitt Romney

Las próximas semanas serán clave en la carrera presidencial. Me atrevería incluso a decir que serán las definitivas. Con las convenciones de los partidos a la vuelta de la esquina y poco más de dos meses para los comicios, serán las tendencias de las próximas tres o cuatro semanas las que, a falta de un evento inesperado a finales de septiembre u octubre —un deterioro significativo de la zona euro, una bajada súbita en la generación de empleo, un bombardero de Israel a Irán—, determinen el ánimo definitivo de los votantes. Sobre todo en un ciclo electoral con un comportamiento muy estable en las encuestas.

A dos meses vista el escenario es bastante claro —mucho más de lo que están dispuestos a reconocer los mainstream media, que pintan la elección como una carrera apretadísima que no se definirá hasta el último momento—. Obama está adelante. Incluso, se podría afirmar, muy por delante. El promedio de promedios de Real Clear Politics —el instrumento demoscópico más consultado— tiene a Obama con una ventaja de casi tres puntos. Aunque pueda parecer un margen ajustado, no lo es. Por varias razones.

Primero, porque ya toma en cuenta la designación del vicepresidente Republicano. El nombramiento de Paul Ryan no ha alterado la tendencia de las encuestas. En este caso, el llamado VP bump —la subida inmediata en las encuestas después de nombrar al compañero de fórmula y energizar a las bases— simplemente no se ha producido. Un síntoma y mal presagio para Mitt Romney.

Segundo, porque en Estados Unidos no se elige al presidente por voto directo. Se hace por medio del Colegio Electoral. Y en él, la ventaja proyectada de Obama es aún mayor. Su mayoría simple en el voto popular se traduce en una mayoría de más de 40 votos electorales. Es decir, de los 270 necesarios para asegurar la presidencia, Obama tiene una ventaja de más de 15 puntos porcentuales. Otra tendencia a favor de Obama es que las encuestas en los llamados battleground states —decisivos— se mantienen estables con márgenes suficientes para que Obama alcance los 270 votos vía varias combinaciones de estados.

Y, por último, la batalla en la arena intelectual. La historia principal de Newsweek esta semana es un ataque del historiador conservador Niall Ferguson al Gobierno de Obama. Un intento por construir desde la derecha un argumento sólido e irreprochable sobre por qué ha fracasado el presidente y por qué Romney representa, en sus palabras, el único camino a la prosperidad. El análisis, no hay otra manera de decirlo, es vergonzoso. Sobre todo, viniendo de un historiador de la estatura de Ferguson. Los argumentos que esgrime, los datos con los que los respalda su tesis, las razones que proporciona para describir a Romney/Ryan como única salida. Ninguno resiste el menor escrutinio.

Algunos ejemplos. Ferguson acusa a Obama de no haber creado suficientes puestos de trabajo. Lo que no dice es que el presidente heredó una máquina de destrucción de empleo que en enero de 2009 estaba enviando al paro a alrededor de 800.000 personas al mes. Hoy la economía está incorporando a la fuerza laboral a entre 100.000 y 150.000 personas al mes. Una diferencia neta de casi un millón de empleos que el historiador obvia.

En política exterior hace la misma crítica ramplona que se hacía hace tres años: Obama solo es capaz de disculparse ante el mundo por los excesos estadounidenses. Obviada, también, está la salida de Irak, la estrategia de seguridad en Afganistán, la intervención en Libia, el realineamiento asiático, incluso el asesinato de Bin Laden —Ferguson, en el colmo de la pereza intelectual y la complacencia, llega a sugerir entre líneas que la Primavera Árabe fue resultado de la política exterior neoconservadora—.

Y, por último, ataca temas fiscales y de presupuesto muy complejos (con cuyos detalles no aburriré al lector) que inmediatamente provocaron reacciones contundentes de expertos en el tema calificando a Ferguson de, en el mejor de los casos, distorsionar deliberadamente la realidad.

Todo esto para decir que, a diez semanas de la elección, la derrota de Obama no se sostiene, ni intelectualmente. Pronto veremos si los electores —y la caprichosa aritmética del Colegio Electoral— están de acuerdo.

Paul Ryan o el extremo derecho de la extrema derecha

Mitt Romney tenía opciones. Pudo haber elegido a David Petraeus: General condecorado, experto en temas de seguridad nacional, arquitecto de la estrategia de retirada de Irak. A Condoleezza Rice: asesora de Seguridad Nacional y secretaria de Estado con George W. Bush, miembro de una minoría racial. O a Tim Pawlenty: ex gobernador de Minnesota, moderado, con amplia experiencia ejecutiva.

Sin embargo, para acompañarlo en el ticket presidencial, Romney eligió a Paul Ryan. Conservador, doctrinario, halcón fiscal, en el extremo derecho de la extrema derecha. Ninguno de estos términos asociados con frecuencia a su nombre terminan de describir plenamente al joven político —42 años— Representante por Wisconsin y ahora candidato a la vicepresidencia de Estados Unidos —o, como dice el dicho, a un latido de corazón del Despacho Oval—. Ryan es un producto sui generis del conservadurismo estadounidense —en sí mismo sui generis— más recalcitrante. Un guardián del dogma y las buenas costumbres del partido; abanderado de una praxis ideológica en la que el alumno no solo supera al maestro, lo reprimenda y corrige.

Carismático y tremendamente versado en los aspectos técnicos más oscuros de la política fiscal y el presupuesto federal, Ryan pertenece a una nueva generación decepcionada por la poca valentía del liderazgo conservador de los últimos 25 años —de Bush padre a la fecha—. Su rol auto conferido es el de hacer cumplir la doctrina y apretar las tuercas del partido para devolverlo a su estado más puro. A pesar de haber llegado a la Cámara de Representantes en 1999 —con solo 28 años—, su nombre saltó a los titulares hasta el 2008, cuando retó a Obama con un presupuesto alternativo que se convirtió en el sueño húmedo de todo conservador de cepa.

Conocido como Path to Prosperity, el presupuesto de Ryan es un proyecto radical de redistribución del ingreso —de abajo hacia arriba— que llega a asustar a muchos dentro de su propio partido. La columna vertebral del proyecto es la reducción del déficit. Cuadrar las cuentas del Estado a cualquier precio. Y para conseguirlo, predica el congresista, solo hace falta reducir los impuestos y dejar libre el espíritu emprendedor estadounidense. El documento, vacío de cualquier análisis económico serio, está lleno de referencias a la Constitución, a Locke, a Durkheim, a Hayek y a Adam Smith. Una propuesta pomposa y grandilocuente que no cuenta con el respeto de economista calificado alguno.

En el semanario New York, Jonathan Chait disecciona al personaje y advierte: “no hay que perder de vista que Ryan fue entrenado en el mundo de los think tanks Republicanos de Washington. Y estos, a su vez, fueron creados desde la convicción de que los economistas mainstream estaban inevitablemente aliados con la izquierda. Crearon un ecosistema intelectual alternativo en el que sus ideas —el planeta no se está calentando, la distribución de la riqueza no es más desigual, etc.— no tienen que ser comprobadas empíricamente”. Ryan, concluye Chait, es el heraldo del dato blando, los seudo-hechos y la imaginación pura.

En los últimos 30 años uno de los coup d’état más espectaculares ha tenido lugar sin que la mayoría de los medios siquiera lo registrara. El asalto al establishment conservador tradicional. Este ha sido reemplazado por una facción más radical ideológicamente, menos respetuosa de las instituciones y sus rivales políticos y obsesionada con una agenda monotemática de degradación de las competencias del gobierno.

En su It’s Even Worse Than It Looks: How the American Constitutional System Collided with the New Politics of Extremism (Basic Books, 2012), Thomas Mann y Norman Ornstein se lamentan: “Uno de los dos partidos principales, el Republicano, se ha convertido en un actor integrista: ideológicamente extremo; en riña con la herencia social y el régimen económico; contrario al acuerdo; indiferente a los hechos, los datos y la ciencia; y desdeñoso de la legitimidad política de la oposición”.

Paul Ryan, mucho más que el propio Romney, es el más fervoroso apologista de esta nueva estirpe.

El testamento vital de Gore Vidal

“La lujuria y el encuentro furtivo era exactamente lo que me gustaba. Lo mismo que le gustaba a Jack Kennedy, a Tennessee Williams y a Marlon Brando. Los cuatro éramos contemporáneos. Y los menciono porque éramos promiscuos de una manera en la que hoy, en la era del sida, ya no es posible”.

Al micrófono, Gore Vidal. En 1995. En entrevista con Charlie Rose. En el ocaso de su carrera como escritor, ensayista, crítico cultural, bon vivant y hombre público inquieto hasta la médula con la vida política de su país. El mismo que murió la semana pasada a los 86 años después de más de 60 de formar parte de esa reducida élite que dicta los términos de la conversación en Estados Unidos.

Obsesionado desde la infancia con la idea de ser presidente, Vidal abandonó el sueño y se dedicó a escribir prolíficamente sobre múltiples aspectos de la vida pública del país. De su historia política a sus miserias partidistas; de guiones para Hollywood  —fue co-guionista del Ben-Hur de William Wyler— a ácidas críticas de sus líderes electos; de crónicas para Vanity Fair a una nutrida correspondencia con Timothy McVeigh, el terrorista de Oklahoma ejecutado en 2001.

Uno de los aspectos más interesantes del personaje era su visión de la sexualidad. Reducirla a un binomio le resultaba chocante, maniqueo, un tanto vulgar incluso. No creía ni en la heterosexualidad ni en la homosexualidad. Si tenía que definirse por algo lo hacía más bien por la bisexualidad. Por una condición quizá post sexual en la que no era necesario definir ni clasificar la identidad y condición sexual del individuo.

Algo similar le sucedía en política. Crítico acérrimo tanto de Demócratas como Republicanos, Vidal se ubicaba a la izquierda del centro, a medio camino entre un socialdemócrata europeo y una tradición de corte autoritario. En más de una ocasión llegó a afirmar: “No existe problema humano que no se resolvería si la gente simplemente siguiera mi consejo”. En 1960 se presentó a la Cámara de Representantes y en 1982 intentó cerrar el paso a Jerry Brown —gobernador actual de California— y conseguir la nominación al Senado por ese estado. En ambas ocasiones fracasó.

Sus duelos verbales en televisión con figuras como William F. Buckley —el ideólogo más brillante que ha tenido la derecha estadounidense— y Norman Mailer son materia de leyenda. Insultos, agresiones y sobre todo muchas horas de la mejor discusión acalorada sobre la esencia de la República, el papel del gobierno, la moral en la guerra y el rol del intelectual público. Vidal detestaba rabiosamente la corrección política estadounidense y a sus principales apologistas: los mainstream media.

En los años sesenta comenzó un autoexilio sui generis en un palacete de la costa amalfitana. Se instaló en Ravello, con el Mediterráneo a sus pies y Pompeya y Nápoles a tiro de piedra. Desde allí y durante más de cuatro décadas mantuvo su particular punto de observación de la realidad estadounidense. Al final de su vida y con su pareja de más de 50 años enferma —el secreto para mantenerse juntos, aseguró en varias ocasiones, era “no acostarme con él”—, se mudó de vuelta a Estados Unidos.

Como sucede con casi todo escritor de su estatura —y ego— la sensatez intelectual no siempre fue fiel compañera de Vidal. Partidario de las teorías de la conspiración llegó a afirmar que Roosevelt provocó deliberadamente el ataque japonés a Pearl Harbor y que George W. Bush tenía conocimiento previo de los ataques del 11 de septiembre. ¿Cómo llegó a estas conclusiones? La respuesta y la evidencia se las llevó a la tumba.

En esa misma entrevista de 1995, Charlie Rose le preguntó: “¿Qué te enorgullece más de tu obra: las novelas, los ensayos, qué?” La repuesta de Vidal sintetiza tanto su obra como su vida. “A lo largo de mi vida conseguí que la gente viera de una manera muy distinta tanto el sexo como la República Americana. Cada cierto tiempo conseguí cambiar el sentido de la conversación en estos dos temas fundamentales”.

Sexo y política, pues, entrelazados en su más sofisticada expresión.

La visión exterior de Mitt Romney

¿Mitt Romney estadista? La proposición parece cada vez más improbable —si es que en algún momento llega a liderar el país—. En su primer viaje al exterior como candidato Republicano se ha encargado de dejar claro que no solo no tiene la sensibilidad internacional para manejar asuntos de estado, más importante todavía, ha dejado claro que su agenda exterior es un rosario de incongruencias políticas.

De la frivolidad a la sustancia.

Su primera parada, Londres, fue un desastre de relaciones públicas en toda regla. La visita buscaba aprovechar la inauguración Olímpica —la credencial que más utiliza Romney, que se vende como el eficaz organizador de las olimpiadas de invierno en 2002— para acércalo a líderes internacionales y darle credibilidad en el tema. El resultado fue terrible: se ganó el rechazo del primer ministro británico al decir que los juegos estaban mal organizados y los ingleses no mostraban suficiente entusiasmo; dio a entender que iba a Londres porque el caballo de su mujer participaría en las olimpiadas, sin embargo no sabía en qué fecha; y reveló una reunión con el jefe de la inteligencia británica que debía permanecer secreta.

La falta de experiencia de Romney en el escenario internacional no es novedad. Lo que sí es desconcertante es ver al candidato —y posible inquilino del Despacho Oval a partir del 20 de enero— moviéndose con esa torpeza en ámbitos clave para los intereses estadounidenses. No solo es que Romney no tenga experiencia ejecutiva en este terreno —Obama tampoco la tenía—, su mal manejo ha sido la nota destacada.

Y continuamos a Oriente Medio. La segunda escala de la gira, Israel —foto en el Muro de las Lamentaciones incluida—, puso en evidencia la superficialidad de los postulados que vertebran la visión exterior de Romney. “Tenemos el deber solemne y el imperativo moral de impedir que Irán cumpla con sus malévolas intenciones”, afirmó el candidato en Jerusalén. “No debemos engañarnos a nosotros mismos y pensar que la contención del problema es una opción”. Cualquier parecido retórico con administraciones pasadas es coincidencia. O, como lo dice Gideon Rachman en Financial Times, si te gustaba George W. Bush te encantará Mitt Romney.

Para el candidato la solución a la encrucijada nuclear iraní —y por tanto a un amplio número de temas de la política de la región— pasa por defender el derecho de Israel a un ataque preventivo. La posición más al extremo derecho y la que más tensa la cuerda de la política internacional. “Si Israel tuviera que tomar acciones por cuenta propia [otra forma de decir al margen de las instituciones y el derecho internacional], Romney las respetaría”, dijo un portavoz del candidato durante la visita. La afirmación carece por completo de un respaldo doctrinario y del desarrollo de un visión más amplia sobre cómo se acomodarían el resto de las piezas ante un cambio tan importante en la política exterior de Estados Unidos.

La posición de Romney es más el resultado de la adopción de políticas de grupos marginales dentro del Partido Republicano que de un pensamiento político propio. Desde antiguos asesores de Bush hijo hasta grupos evangélicos que se han convertido en los más acérrimos —e intransigentes— defensores de Israel. Eso y los grandes donantes: uno de ellos por sí solo —el magnate de los casinos, Sheldon Adelson— ha aportado más de 100 millones de dólares de su propio bolsillo a las arcas del partido. No es sorpresa que Adelson sea también uno de los principales defensores de Israel en Estados Unidos. Sobre todo financiando la compleja trama de lobbies y congresistas que atan e inmovilizan cualquier intento de cambiar el statu quo.

Y el último tramo del viaje: Polonia —Romney quería Alemania, Merkel se disculpó diciendo que estaría de vacaciones; comenzó en Gdansk, cuna del movimiento Solidaridad—. Allí, el discurso de Romney fue libertad y democracia, al más puro estilo de Reagan y la Guerra Fría. Se vilifica a Rusia; Europa del Este se convierte en estandarte del cambio posible; y Estados Unidos se erige como facilitador y garante. Bonito guión, solo que el escenario y los personajes han cambiado.

En fin, política exterior reciclada en un momento clave de transformación en el que Estados Unidos, como en pocos otros momentos a lo largo del último siglo, necesita de toda su capacidad e imaginación para reinventar su lugar en el mundo.