El marco amplio de la administración Obama

Tres años después de asumir las riendas del gobierno comienza a surgir un relato más complejo, matizado y completo de Obama. De Obama gobernante; Obama jefe de Estado; Obama, como solía decir George W. Bush, como “the decider”. Es decir, como último eslabón de una larga y complicada cadena de mando que se llama gobierno.

En su discurso de anoche, el cuarto State of the Union, Obama presentó un alegato mitad postulación electoral mitad defensa de 36 durísimos meses de gobierno marcados por algunas de las decisiones más trepidantes de la historia reciente. En temas tan distintos como política económica, amenaza terrorista, política sanitaria o la nunca fácil decisión de lanzar una guerra, Obama ha sujetado el timón con firmeza y tomado medidas extremadamente difíciles que han estabilizado a un país al borde del abismo y trazado un curso claro para salir del atolladero.

La suma de las decisiones y el tiempo transcurrido, pues, comienzan a coger forma, consistencia, hondura; se comienza a dibujar un marco que permite poner en contexto las acciones de la administración y entender mejor el juicio del gobernante.

En un largo y muy recomendable artículo publicado esta semana, Ryan Lizza de The New Yorker hace un recuento de algunas de las decisiones clave del Gobierno basándose en documentos que ven la luz pública por primera vez.

El 15 de diciembre de 2008 —un mes antes de asumir la presidencia—, Obama recibió un informe de 57 páginas firmado por Larry Summers que detallaba el estado de la situación económica. La primera hoja de ruta utilizada por el Gobierno para enfrentar el temporal; la base sobre la que se diseñó la estrategia de reacción rápida para rescatar una economía al borde del colapso.

El debate sobre el tamaño del estímulo económico con el que Obama inauguró su presidencia, ahora lo sabemos, fue vigoroso y contempló escenarios que iban desde los 500.000 millones hasta el billón de dólares. La cifra final —787.000 millones— se alcanzó después de un intenso debate interno en el que, lamentablemente, las consideraciones políticas terminaron imponiéndose al consejo económico —que, debido a la gravedad de la situación, pedía una cifra considerablemente más elevada—.

De manera más amplia, el texto de Lizza nos acerca a diversas coyunturas críticas en las que la figura de Obama emerge como un realista entre los realistas: un líder capaz de cerrar en fracción de segundos el diferencial entre lo deseado y lo posible y establecer una estrategia concisa para conseguirlo. Se trate de cómo se negoció la reforma al sistema sanitario —el mayor triunfo legislativo del presidente— o en la insistencia personal de Obama en que el equipo al que se le asignó la tarea de asesinar a Bin Laden fuera respaldado por un helicóptero de emergencia —pieza clave para el éxito final de la misión—.

Una conclusión similar se puede extraer de otro artículo publicado recientemente a propósito del tercer aniversario de Obama. Este lo firma Andrew Sullivan, un bloguero conservador. Titulado How Obama’s Long Game Will Outsmart His Critics, el texto es un lúcido alegato que invita a dar un paso atrás y valorar al presidente no desde las rencillas ideológicas de Washington, sino, desde una perspectiva estratégica de largo alcance. Para entender a Obama, dice Sullivan, “es necesario establecer una mirada amplia. Porque así es como piensa él”.

Buena parte de la impopularidad del presidente —termina su tercer año de gobierno con el porcentaje acumulado más bajo, 44,4%—, se debe precisamente a una lectura de corto plazo del personaje y su agenda. Tanto desde la derecha como desde, sobre todo, la izquierda. Desde hace tiempo he insistido aquí en que la única manera de valorar el éxito —o fracaso— de Obama será computando el resultado agregado de su gobierno. Lo digo, sobre todo, porque así está planteada su estrategia; nunca ha apostado por el rédito político fácil o de corto plazo.

Por lo pronto, Obama ha demostrado ser un líder capaz de tomar decisiones difíciles en tiempos extremadamente complicados. Decisiones que, se comienza a establecer con claridad, fueron fundamentales para alejar al país del precipicio y le han dado la estabilidad necesaria para que hasta el über crítico de la administración, Paul Krugman, comience a ver luz al final del túnel. Si Obama es capaz de convertir esa estabilidad en cuatro años más de gobierno que le permitan imprimir su sello, es otra cuestión.

La frágil libertad de la red

SOPA y PIPA. Son los acrónimos de dos de las propuestas de ley más importantes ahora mismo en el Congreso en Washington. Dos borradores que, de convertirse en ley, cambiarían la estructura económica del país y restringirían de manera importante la forma en la que se comparte el conocimiento.

SOPA (Stop Online Piracy Act) es la versión de la Cámara de Representantes; PIPA (Protect IP Act), la del Senado; en conjunto se pueden caracterizar como la ofensiva más agresiva a la fecha de un grupo de industrias de la vieja economía que buscan recobrar a cualquier precio el control que la irrupción de Internet les arrebató. Las Majors (los intereses del cine), las cadenas de televisión, las compañías de cable, grupos con intereses en la prensa impresa, son algunos de los gremios que han presionado en las instancias más altas de gobierno para que se legisle y restringa el tema.

No se recuerda una ofensiva tan concertada en esta materia desde comienzos de la década pasada, cuando las discográficas, aterradas por la aparición de servicios como Napster, centraron su estrategia de disuasión en perseguir judicialmente —con demandas multimillonarias— a adolescentes y madres solteras que habían descargado contenidos en línea. La estrategia fracasó; y diez años después, la distribución (legal) de música no solo está a la alza, la controla una compañía que no tenía relación con ese mundo pero que se dedicó a innovar.

Así que, una nueva ley para desincentivar las descargas y proteger la propiedad intelectual. Tiene sentido, ¿no? Pues no. SOPA y PIPA son mucho peores que la ofensiva pasada. Lo son porque buscan dotar al sistema judicial de la capacidad para cerrar páginas y bloquear el flujo de información en casos en los que se sospeche se infringen derechos de propiedad intelectual. En su redacción actual se podrían cerrar páginas tanto en casos en los que se oferta directamente material ilícito o simplemente por ser referenciado (es decir, cualquier página que enlace a ellos). Es el uso de la propiedad intelectual como arma arrojadiza para mantener prerrogativas. Wikipedia, entre miles de sitios más, dejarán de funcionar durante toda esta jornada en gesto de protesta.

La cuestión, dice Rebecca MacKinnon, experta en censura y seguridad de la red, “es quién y cómo se decide qué constituye una violación a la propiedad intelectual; si se crea una lista negra de sitios a nivel nacional [en esencia lo que haría la legislación en cuestión] se estaría instalando un mecanismo de censura que es prácticamente idéntico, técnicamente, a los métodos utilizados por gobiernos como el chino o iraní”.

En la era de las redes, cuando buena parte de la comunicación, el conocimiento, e incluso el debate político de una sociedad tiene lugar en una infraestructura como Internet, la restricción o, peor aún, cortar directamente el acceso a partes de la red es un asunto de máxima gravedad.

La Casa Blanca lo entiende y por ello publicó en días recientes una carta en la que retira el apoyo del Ejecutivo y pide a los legisladores que trabajan en las dos propuestas comenzar de nuevo. “Aunque creemos que la piratería en línea es un problema serio que requiere acción legislativa”, afirma la carta, “no apoyaremos ninguna medida que restringa la libertad de expresión, aumente los riesgos de delitos cibernéticos o frene la dinámica de innovación global de Internet”.

Entre líneas, lo que dice esta frase es mucho más de lo que aparenta —además de poner sobre la mesa el veto presidencial—. Constituye toda una declaración de intenciones sobre el debate que viene. El debate sobre cómo se redefinirán  (políticamente ) conceptos que la ubicuidad de la red ha dejado viejos. Libertad de expresión, valor del trabajo, censura, propiedad intelectual, innovación, entre varios más.

La competencia —o falta de competencia— política para abordar estas redefiniciones será clave. Y el tema no solo compete a Estados Unidos. Los países que con ingenio y visión de largo plazo privilegien en sus legislaciones las dinámicas del nuevo entorno digital, tomarán un impulso; los que prefieran defender el antiguo modelo y proteger los intereses de la vieja industria, se dispararán un tiro en el pie.

El Pacífico como nuevo eje de gravedad

El desplazamiento del eje gravitacional de la política internacional del Atlántico Norte —donde ha estado firmemente anclada desde hace más de medio     siglo— a algún punto todavía indeterminado del vasto Pacífico, dio un paso fundamental la pasada semana.

El eje del desplazamiento, inicialmente centrado en temas económicos y en el sistema productivo mundial, comienza a tener un correlato geopolítico que plantea la inevitable pregunta de cómo se estructurarán las políticas de defensa y seguridad en el siglo XXI. La novedad en el tema es que el debate académico en think tanks y universidades se traslada al tablero de la realidad, en el que Estados Unidos acaba de mover ficha.

Desde el Pentágono, en una aparición poco usual, Obama, Leon Panetta         —Secretario de Defensa— y el General Martin Dempsey—jefe del Estado     Mayor—  anunciaron la última actualización de la US Defense Strategy —el documento rector de la política de defensa nacional—. Se trata de los primeros cambios importantes en la materia que realiza Obama como presidente.

La transformación de mayor peso se ubica en la nueva valoración geoestratégica del mundo. Es decir, en cómo se dividen las nuevas áreas de influencia y, en función de ello, se reubican tropas, recursos y prioridades. “Todas las tendencias, demográficas, geopolíticas, económicas y militares”, dijo Obama, “están moviéndose hacia el Pacífico. Nuestros retos estratégicos surgirán de allí”.

Asia, como era de esperarse, gana peso. Los dos ejes de este cambio son el creciente peso de China y la incógnita de Pakistán. En el primer caso, el Pentágono comienza a delinear una estrategia que aunque no confronta abiertamente al gigante asiático, sí intenta delimitar su influencia (una de las grandes preguntas de la política internacional contemporánea es cómo gestionará Estados Unidos el ascenso chino, tanto en el plano económico como en el militar). En el caso de Pakistán, Estados Unidos se juega la relación con la potencia atómica y buena parte de su estrategia de confrontación al terrorismo islámico.

Oriente Próximo, por otra parte, pasa de un gran monolito pensado para tropas sobre el terreno a diversas subregiones concebidas para las esfuerzas especiales y de contrainsurgencia. En términos estructurales del Ejército, este quizá es el cambio más importante de la política recién anunciada. Asediado por los costes de las dos grandes invasiones de la última década —Afganistán e Irak— y la ineficacia de las operaciones en tierra, el Ejército apuesta por una transformación arriesgada que prioriza operaciones ligeras por aire. En otras palabras, pasar de decenas de miles de tropas sobre el terreno a sistemas que combinen recolección de inteligencia y operatividad.

En términos geopolíticos el otro cambio importante es el repliegue estadounidense de Europa. Aunque no se retira por completo del continente, sí rebaja tropas y, sobre todo, deja de concebirlo estratégicamente como una de las zonas claves para la seguridad internacional —una decisión que pone en verdaderos aprietos a Europa después de 60 años de no invertir debidamente en su propia defensa—.

El Pentágono también comienza a enfocar esfuerzos en un nuevo frente: los ataques cibernéticos. Infravalorados durante años, el frente de las redes y los sistemas que se controlan desde ellas aumentan en importancia. En parte, porque países como China y Rusia están montando verdaderos ejércitos informáticos capaces de espiar, penetrar sistemas y dañar el funcionamiento de infraestructuras clave. En los próximos años se librará una batalla descarnada entre los ejércitos de varios países por establecer una supremacía en este terreno.

Del Atlántico al Pacífico y de los campos de batalla a las trincheras virtuales. Por ahí se ubican las nuevas coordenadas de la seguridad internacional.

Iowa: Comienza la caza de Obama

Comienza oficialmente el proceso de nominación del Partido Republicano. El caucus de Iowa celebrado ayer es el pistoletazo de salida del proceso de selección del candidato que se medirá ante Obama el próximo 6 de noviembre. Más de 50 elecciones distintas, cientos de millones de dólares en publicidad, la convención del partido a finales de verano y un puñado de candidatos en liza.

El Partido Republicano llega a las primarias envuelto en una extraña paradoja: por una parte, el bajo índice de aprobación de Obama, la renqueante economía y dos años de profunda división política en Washington apuntarían hacia el fin de ciclo y el subsiguiente relevo en el poder. Por otra, sin embargo, el partido no solo no ha sido capaz de ejercer una oposición propositiva y rica en ideas, ha sido incapaz también de presentar a candidatos a la nominación creíbles capaces de trascender los tópicos ideológicos más sórdidos del partido.

El proceso de nominación ha sido un pendular constante entre lo gracioso y lo peripatético. De tomar con seriedad durante meses —años incluso— las aspiraciones de Sarah Palin a incorporar a las filas de los aspirantes a Herman Cain —un empresario de éxito que proponía simplificar la operación del gobierno con algunas de las fórmulas que le ayudaron a montar una cadena de pizzerías—.

El año y poco más que ha transcurrido en la previa a las primarias se ha consumido sobre todo en batallas ideológicas internas de cada uno de los candidatos que han tenido como único objetivo demostrar su pureza ideológica y su apego a un credo que en momentos ni siquiera la historia del propio partido refleja. No solo ha sido Sarah Palin y sus burdos gestos a la base más conservadora. Michele Bachmann, por ejemplo, aunque disminuida y sin la atención mediática que tuvo durante el verano, sigue en la contienda. La congresista de Minnesota se erigió como estandarte y garante de unos valores conservadores que después el resto de los candidatos han estado obligados a igualar. En otras palabras, hasta ahora la nominación se ha caracterizado por lo que en Estados Unidos llaman “race to the bottom”: bajar el listón de las ideas y propuestas al mínimo denominador común.

Rick Perry, gobernador de Texas, fue otro de los candidatos que cayó víctima de esta dinámica. Se fulgurante ascenso tan pronto lanzó su candidatura fue tan espectacular como su caída. Perry intentó asegurar la nominación rebasando a sus contendientes por la derecha: en sus propuestas sociales, religiosas y, sobre todo, económicas. En este último tema llegó a sugerir la necesidad de abolir la Reserva Federal e incluso amenazó verbalmente a su presidente, Ben Bernanke (nominado al puesto por George W. Bush).

Newt Gingrich, por su parte, ha mostrado la misma inconsistencia como candidato que la que ha tenido a lo largo de su ya larga carrera pública. Gingrich utiliza como baza su experiencia y un ideario político que al menos está basado en propuestas concretas. El problema fundamental de Gingrich —además de los cadáveres políticos acumulados durante más de 30 años en política y tres matrimonios rocambolescos— es su falta de consistencia en su actuación pública. Creativo y flexible en algunos temas —política de inmigración, por ejemplo— es tremendamente doctrinario en otros —valores sociales y temas religiosos—.

Y Mitt Romney. El ex gobernador de Massachusetts que arranca en la delantera. A base de tesón —y muchos millones de dólares de su cuenta personal— se presenta nuevamente como el Republicano sensato y pragmático capaz de devolver al partido a la Casa Blanca. Explota su experiencia gerencial e intenta esconder —con todo tipo de contorsiones y piruetas inverosímiles— sus años como gobernador —donde gobernó desde el centro—. Un candidato que renuncia a la sensatez política —pasó de apoyar esquemas de salud pública y denunciar el calentamiento global a hacer un giro de 180 grados— en favor de apelar a la base más radical del partido.

Sin un claro favorito al comienzo del proceso, todo indica que nos espera un largo invierno y una todavía más larga primavera antes de saber quién intentará convertir a Obama en presidente de un solo mandato.

La lente de Peter Sekaer

El International Center of Photography de Nueva York exhibe parte de la obra de Peter Sekaer. Una buena oportunidad para conocer a un fotógrafo danés de época que transita poco fuera de los círculos de expertos. Más aún, una buena oportunidad para adentrarnos en una época de la historia estadounidense marcada por la obsesión por registrar y documentar los duros años de la Gran Depresión.

Sekaer lo hizo con una lente atenta y fresca que le permitió mirar al país con nuevos ojos y develar cómo enfrentaba esos difíciles años que transcurrieron entre 1935 —cuando los efectos de la crisis se habían manifestado plenamente— y 1945 —cuando terminaba la guerra y el país emergía no solo victorioso, sino listo para liderar al mundo occidental—.

Entrenado como pintor de carteles en Dinamarca y solo después habiendo descubierto la fotografía, Sekaer es una rara avis dentro del grupo de fotógrafos que documentaron exhaustivamente y por comisiones del propio gobierno los perversos efectos sociales de la primera gran crisis económica de la era industrial. Entre ellos, Walker Evans, Robert Frank, Berenice Abbott y Dorothea Lange.

Sekaer no solo tiene un perfil más bajo que el resto del grupo, nunca se terminó de reconocer en vida la talentosa mirada con la que viajó por medio Estados Unidos retratando la vergonzante segregación del sur, las reservas indígenas del oeste, las ciudades perdidas del medio oeste.

En la exposición de Nueva York la obra exhibida se centra en el trabajo que hizo para la Farm Security Administration, una agencia federal creada en 1935 por Roosevelt encargada de luchar contra la pobreza rural.

Un aspecto a resaltar de Sekaer —y de varios otros de los fotógrafos mencionados— es que trabajaron bajo los auspicios de diversas agencias del gobierno federal interesadas en documentar la depresión. En un doble sentido. Por una parte, recolectando evidencias que contribuyeran a explicar mejor la realidad sobre el terreno y, por tanto, el diseño de políticas públicas en el futuro. Y, por otra, para dejar un testimonio gráfico de la época —difícil imaginar hoy a una agencia federal interesada en hacer lo mismo, ni siquiera el National Endowment for the Arts—.

Entre varios más, los programas que establecieron a toda una generación de brillantes fotógrafos de entreguerras fueron financiados por la Rural Electrification Administration, la United States Housing Authority, la Office of War Information y la Resettlement Administration. Marcado contraste con la situación actual —en algunos sectores en Washington se debate seriamente eliminar el Departamento de Educación—.

Sekaer viajó durante varios años por algunas de las regiones más inhóspitas y las ciudades más pobres. El French Quarter de la Nueva Orleans de los años treinta es documentado extensamente. Su vida cultural, su arquitectura, los efectos visibles de una crisis que provocaba que sectores enteros de la ciudad se despoblaran. Las calles sin asfaltar en otras zonas (principalmente habitadas por negros) también aparecen. En sus fotografías de la vida rural, Sekaer logra captar la lenta agonía de una forma de vida que no volvería jamás y que al cabo de las siguientes décadas desplazaría a millones de personas a las grandes ciudades en uno de los procesos de transformación social más convulsos.

La gracia de Sekaer —en la estela de fotógrafos como Robert Frank— fue su condición de outsider mirando hacia adentro de una cultura y forma de vida que supo traducir en reveladoras fotografías.

En una de ellas, de 1936, en Cleveland, Sekaer enfoca sobre cuatro mujeres del Salvation Army que tocan música en una plaza para recolectar dinero. El encuadre es preciso, las miradas perdidas reveladoras y el marco amplio de un país en crisis que salía a la calle no solo a mostrarse solidario con el vecino, sino también a reconstruir conjuntamente los lazos sociales, implícito. Sekaer, como pocos, cuenta estupendamente esa fascinante historia.

Hitch, el americano

“¿Alguien podría imaginar cómo hubiera transcurrido la primavera árabe si un estado Árabe, rico en petróleo y armado hasta los dientes, con un historial de intervenciones en países vecinos y represión directa en contra de la sociedad civil, fuera todavía propiedad privada de una familia sádica y criminal?”

El que formula la pregunta es Christopher Eric Hitchens. Mejor conocido como Hitch. Perversamente, la lanza en pleno 2011, en un último intento de cuadrar el círculo y encontrar alguna justificación a posteriori de su desquiciada defensa de la invasión de Irak en 2003.

Hitchens, que murió la semana pasada de un cáncer de esófago, fue el epitome del intelectual público: comprometido hasta la muerte con sus causas —llevó durante años la bandera iraquí en la solapa—, severo, multidisciplinar, capaz de abordar y argumentar hasta el cansancio temas tan diversos como el aborto, el rol de la tortura en la guerra —él mismo se sometió a una simulación de ahogamiento para escribir sobre el tema—, el papel de Henry Kissinger en la historia del siglo XX o los tratamientos de belleza en la cultura contemporánea —para ello se rindió ante el spa de un hotel Four Seasons en California en donde le practicaron una depilación brasileña—.

Escritor inagotable que lo mismo le daba firmar un largo perfil de 7.000 palabras para Vanity Fair que una crónica corta para The Nation, una entrada escrita a botepronto para Slate o un devastador ensayo sobre el “fanatismo fraudulento” de la Madre Teresa de Calcuta. Le daba también igual si lo hacía por escrito, en un debate público, en una televisión o en la radio. Heredero de la gran tradición y el gusto por el debate británico, Hitchens no dejaba títere con cabeza. Disparaba contra lo que se le colocara enfrente; y lo hacía con tal gracia e inteligencia que solía trasquilar y dejar expuestos y al desnudo a la mayor parte de sus interlocutores.

Hitchens me interesó sobre todo por lo que llamaría su conexión americana. Es decir, su vínculo y decisión de adoptar a Estados Unidos como país de residencia y eje de su compromiso político. Se mudó a principios de los años ochenta, cuando los cimientos de la revolución conservadora se comenzaban a colocar. Vivió en primera fila el arco que se extendió en un extremo de Reagan y el fin triunfalista de la guerra fría a, en el otro, el pesimismo que se ha instalado en el país al comienzo de la segunda década del tercer milenio. En una entrevista con la BBC en torno a 2002 (que recupero directamente de la memoria), lo recuerdo describir el ambiente asfixiante y cerrado del Reino Unido de aquella época y lo refrescante que le resultó cruzar el Atlántico para instalarse en un nuevo país.

La figura de Hitchens como provocador e intelectual público en Estados Unidos se enmarca dentro de una tradición que admiro y a la que no siempre se le da la importancia que merece. Me refiero a una larga lista de periodistas y pensadores británicos que han participado directamente del debate político interno de Estados Unidos y contribuido de manera significativa a elevar su nivel. Desde los más nuevos: Andrew Sullivan, Niall Ferguson, el propio Hitchens; hasta otros como Paul Kennedy, Simon Schama, Tony Judt, Timothy Garton Ash (que aunque no vive en el país participa activamente), Tina Brown y Harold Evans, entre varios más. Todos precedidos por el iniciador de la gran tradición: Alistair Cooke. El mítico corresponsal de la BBC en Nueva York.

Hitchens, sin embargo, forjó una identidad propia que combinaba vida académica, periodismo, el mundo del jet-set, los medios de comunicación y la alta política de Washington. Las fiestas en su casa de Columbia Road en la zona de Adams Morgan de la capital fueron míticas. Lograba sentar en la misma mesa a figuras tan disímiles como Newt Gingrich, Ian McEwan y Gore Vidal. En varias ocasiones llegué a verle paseando por el barrio con apariencia desubicada y pasos que sugerían que los litros de whisky que algunos aseguraban deglutía religiosamente todos los días eran algo más que leyenda urbana.

Si hubiera que resumir al personaje —Hitchens era sobre todo eso, un gran personaje— en una frase, me quedo con la que utiliza The Economist: “The struggle against bullshit”. Resume su carrera como una batalla permanente por poner en evidencia al tonto, al bufón, por derribar el halo de santidad de líderes y gobernantes que sea por ineptitud, negligencia o tergiversación histórica, Hitchens creía no merecían respeto alguno.

La frase del semanario es perceptiva sobre todo porque tiene una doble intención. Sí, Hitchens persiguió a los hacedores de mierda toda su vida: los cazó, diseccionó y expuso. Pero, en su empeño por navegar contracorriente y aplastar a sus contrincantes en la batalla de las ideas, “la mierda le terminó alcanzado”. Le alcanzó en su férrea —y retorcida— defensa de la invasión de Irak. Pero no solamente. También en otros temas en los que el vicio definitivo de Hitchens —pensar— terminó convirtiéndose en un afrodisiaco tan potente que una y otra vez le hizo confundir la realidad con el éxtasis que puede producir el placer del razonamiento.

Obama configura su contraofensiva

Obama penetra en territorio enemigo. En Osawatomie, Kansas, la pasada semana, traspasó las defensas Republicanas y lanzó uno de los discursos más interesantes y desafiantes de la todavía joven contienda electoral. ¿El tema? Cómo atajar la desigualdad y el papel que le corresponde jugar al gobierno. Lo hizo donde había que hacerlo: en un bastión Republicano. Desde esa América profunda que desconfía del gobierno genéticamente y prefiere respaldar a un partido que vota en contra de sus propios intereses antes que por uno que tímidamente reivindica lo público.

En el discurso Obama citó la experiencia de sus abuelos durante la Segunda Guerra Mundial: “él era un soldado en el frente; ella trabajaba en una fabrica de aviones de combate. Ambos creían en una América en la que el trabajo se pagaba justamente, en la que la responsabilidad individual se recompensaba, en donde cualquiera que se esforzara podía triunfar, sin importar quién era o de dónde venía”.

Habló, con claridad y sentido de la historia, de cómo el país se ha enfrentado a diversos momentos críticos y cómo han sido los grandes esfuerzos colectivos —dirigidos desde el Estado— los que han logrado no solo sacar al país adelante, sino fortalecerlo y sentar las bases de futuro.

Habló también —deletreando y sin ambigüedades; una práctica poco habitual en el Partido Demócrata— del tipo de políticas que no funcionan. “En 2001 y 2003 el Congreso aprobó dos de los recortes de impuestos para los ricos más costosos de la historia. ¿Qué sucedió? Conseguimos el ritmo de crecimiento más lento del último medio siglo”. Más todavía: los recortes provocaron “déficits masivos que han hecho mucho más difícil financiar grandes inversiones y las seguridades básicas que han ayudado a millones de americanos a llegar y mantenerse en la clase media”.

Este es el tipo de discurso del que ha rehuido el Partido Demócrata desde hace varias décadas, cuando se refugió detrás de uno reactivo que lo ha debilitado y puesto contra las cuerdas. Aunque quizá no sea el más efectivo en términos electorales, en los tiempos que corren es imprescindible que se planteé por lo que es: un debate de ideas con implicaciones muy distintas.

Obama comienza a encontrar el tono de un discurso más combativo que saca a los Republicanos de su zona de confort y les exija explicaciones de una serie de fallos en el diseño de sus políticas por los que nunca han respondido.

“No podemos simplemente volver a ese tipo de economía de ‘cada quien por su cuenta’ si realmente pretendemos reconstruir la clase media de este país”, dijo Obama. Sabemos, continúo, que esa economía no crea una prosperidad que se distribuye equitativamente. Y atacó frontalmente el “trickle down economics” de Reagan, todo un credo Republicano que hasta ahora pocos Demócratas se han atrevido denunciar por lo que realmente es: una chapuza ideológica que intenta blindar moralmente la disparidad en los ingresos y que en la práctica está lejos de conseguir lo que propugna.

El reto para Obama ahora es convencer al electorado no solo de que realmente cree en ello, sino de que sabe cómo conseguirlo políticamente. El flanco más débil del presidente, en mi opinión, es esa contradicción entre sus encendidos —y elocuentes— discursos de campaña y el cuidado excesivo —que no temeroso, como muchos otros le denuncian— con el que ha utilizado el poder que le confiere el Despacho Oval. La mía no es una crítica a esa contradicción —confío plenamente en su capacidad para gestionar y reconocer los límites de su capital político—, sino un señalamiento de que en términos de opinión pública y capacidad para entusiasmar al electorado se enfrentará ante un votante escéptico que no sabe si creerle del todo.

El domingo, en entrevista para la revista dominical 60 Minutes, Obama dio un paso más en la ocupación del frente enemigo. Rechazó enfáticamente la acusación de que hablar sobre desigualdades de ingreso o nuevos impuestos constituya “guerra de clases” —una arma arrojadiza utilizada con frecuencia en el discurso Republicano para boicotear el debate—.

Pocas cosas importan más en estos momentos que un líder capaz de desmontar esos tópicos; de lanzar una contraofensiva que redefina los términos del debate.   De propiciar una conversación franca sobre lo que realmente está ocurriendo en el país. Obama, parece, está decidido a hacer lo que le toca.

Las infraestructuras como metáfora

Al hilo de mi comentario de la semana pasada sobre el valor de lo público y la menor importancia que se le atribuye hoy en el discurso político, me centro ahora en aquello que lo une, conecta y vertebra. Las infraestructuras. En el sentido más amplio del término; entendidas como el sistema nervioso que articula los espacios públicos. De las carreteras y calles de las ciudades, a los parques, plazas y aeropuertos. Me centro, más en concreto, en su desastroso estado.

Cuatro viajes recientes en pocos días al aeropuerto Kennedy de Nueva York consiguieron que mi aprecio y admiración por la eficacia y organización estadounidense cayeran a sus niveles más bajos y provocaran dudas sobre hacia dónde se dirige el país cuando no puede mantener en buen estado sus infraestructuras básicas.

El aeropuerto Kennedy me parece una buena metáfora del estado general de un país que ha dejado de lado —tanto en la práctica como en el discurso— la importancia de esos espacios colectivos que además de unir y vertebrar potencian la innovación y el desarrollo económico.

En pocas palabras, Kennedy es un desastre. El estado de las terminales, el transporte entre ellas, las aglomeraciones, los filtros de seguridad, el funcionamiento general y eficacia con la que opera el aeropuerto. Demoras, vuelos desviados, conexiones perdidas. Características que se asocian normalmente a países en vías de desarrollo que nunca han tenido la capacidad institucional para montar y operar este tipo de infraestructuras. Lo sorprendente de Kennedy es que no era así.

Su deterioro es la imbricada historia de la mala gestión pública, las miras de corto plazo y, aunque suene contradictorio, el éxito económico.

Construido en los años cuarenta del siglo pasado, el aeropuerto se convirtió en uno de los más transitados del mundo (50 millones de pasajeros al año) y en un punto clave de la red de comunicación internacional entre América y Europa. Una infraestructura estratégica que se ha ido deteriorando progresivamente ante el pasmo de políticos y autoridades locales que no quieren asumir el coste (político en muchos casos) ni las implicaciones de lo que significaría actualizar y mantener al día un aeropuerto de esas dimensiones.

Sucede lo mismo con las carreteras del país. La red interestatal, construida principalmente a partir de 1956 con el Federal Aid Highway Act de Eisenhower —un proyecto de más de 25.000 millones de dólares y 30 años de construcción—, se encuentra hoy en un estado de deterioro que era inimaginable hace 20 años.

La comunicación entre las ciudades empora, el tiempo que las personas emplean para moverse de un sitio a otro aumenta y la vida económica se ralentiza. Estados Unidos es el tercer país del mundo —detrás de Hungría y Rumanía— en el que las personas pasan más tiempo realizando traslados. En términos de seguridad, el país registra un 60% más de accidentes que el promedio de los países de la OCDE.

¿Cómo explicarlo? En parte, con esta cifra. En 1956 Estados Unidos invertía más del 3% del producto interno bruto en obras relacionadas al transporte. Medio siglo después la cifra se ubica a penas por encima del 1%. Dos puntos porcentuales que cuando se trata de obras de esta envergadura hacen una gran diferencia.

Y así nos podríamos extender con incontables ejemplos más de cómo a lo largo de las últimas décadas el país ha abandonando progresivamente el cuidado de sus infraestructuras. Se trata, insisto, de solo un síntoma dentro de un fenómeno más amplio.

El abandono de lo público. La perdida de confianza en las grandes empresas colectivas. De la falsa noción política de que el desarrollo económico siempre se contabiliza en dólares y centavos.

Diego Rivera en Nueva York

Ochenta años después de su primera exposición en el MOMA de Nueva York —solo la segunda retrospectiva presentada en el museo—, Diego Rivera vuelve para celebrar el aniversario y reconectar con el público de la ciudad.

Titulada simplemente “Murales para el Museo de Arte Moderno”, la exposición presenta el trabajo que realizó Rivera por encargo del museo y que tiene entre otros temas a la propia Nueva York. Sobre todo, el contexto social y político de la ciudad en los años treinta del siglo pasado; los años de la crisis, el desempleo, la industrialización en ciernes. Los “murales portátiles” los realizó in situ en seis semanas durante 1931.

Pintó a la ciudad; las varias capas socioeconómicas que la componen; los imponentes rascacielos; el creciente poder financiero representado por una bóveda en la que los industriales guardan su dinero.

Consideraciones estéticas aparte, escribo sobre el tema por un contraste que captó mi atención.  Al hacer una lectura del contexto —político y económico— en el que pintó los murales Rivera y el marco amplio de la crisis por la que hoy atraviesa Estados Unidos, surge de manera inquietante la pregunta de qué sacó al país de aquella depresión y qué se está haciendo hoy para corregir el curso.

En 1931 el proyecto de desarrollo económico más ambicioso de la ciudad era la construcción del Rockefeller Center. Un centro cultural y de negocios lanzado por John D. Rockefeller con la intención de impulsar la economía, generar empleo y sentar las bases del crecimiento del futuro.

En 1931 comenzó también la construcción de una de las obras públicas más ambiciosas en la historia de este país. El Hoover Dam. Un dique sin precedentes en la historia de la ingeniería que se lanzó en parte para resolver problemas fluviales del río Colorado, pero también para estimular la economía y promover el empleo.

Hace unas semanas un columnista de The Economist hacía un reflexión interesante al plantearse una sencilla pero reveladora pregunta a propósito de la magnitud e importancia de la obra que significó el Hoover Dam. Con tecnología más avanzada, mayores recursos y más mano de obra disponible, ¿podría Estados Unidos hoy construir una obra a escala similar? No, responde el columnista. La combinación de la fragmentación política a nivel regional y nacional, el papel que tienen hoy día las grandes infraestructuras y el escaso presupuesto público lo impedirían.

En esa misma época y como consecuencia de la depresión Nueva York experimentó un crecimiento exponencial en el número de edificios y desarrollo inmobiliario —algunos de los motivos que capta Rivera en sus murales para el MOMA—. Una vez más, grandes infraestructuras por las que se apostaba como motor económico presente y futuro. Una combinación de recursos públicos, privados y voluntad política al servicio de un proyecto nacional de construcción de largo plazo que veía más allá de las divisiones ideológicas y partidistas.

Lo que la exposición deja claramente de manifiesto es el pobre contraste que ofrece la situación política y económica actual. Ante una depresión económica que en algunos aspectos ciertos economistas califican como comparable, ¿qué se está haciendo? ¿Cuál es el equivalente contemporáneo de esa apuesta de futuro que nos saque de las profundidades cavadas por la codicia financiera? Más aún, ¿se reivindica hoy —como se reivindicaba entonces— una noción clara de qué constituye el desarrollo de lo público, de aquello que tiene un beneficio social sin necesariamente tener la mayor rentabilidad económica?

Las respuestas abreviadas son: poco; no existe; y lo público como valor social ha perdido peso en una cultura política dominada por la división y la sospecha de todo aquello que lo reivindique.

Por las vías más inesperadas el valor de lo público comienza a ser reivindicado nuevamente desde una sociedad civil harta de la división política. Al comienzo de una campaña presidencial, la pregunta entonces se vuelve: ¿lo entenderá e incorporara la clase política? ¿Servirá la elección y el debate que suscite para reivindicar la importancia de lo público en la construcción social?

Dos preguntas que propongo como marco para analizar los múltiples discursos y propuestas que ya han comenzado a lanzar los candidatos.

So what’s next for the Spanish ‘Indignados’?

Last week’s election marked the biggest political drubbing modern Spain has witnessed. The eleventh general election since the country reestablished democracy was won with a crushing majority by the conservative Popular Party; a handsomely rewarded electoral result after spending the better part of the last decade in the political wilderness. The party, led by Mariano Rajoy, now stands in firm control at the municipal, regional and national levels.

So, can the election result be interpreted as a rebuke of the ‘indignados’, a movement that, though not ideological, can be placed left of center in the political spectrum? Is it, furthermore, game over for the protest that spurred a global call to action to amend and perfect liberal democracy? Hardly. On both accounts.

In a nutshell, the result can be interpreted as a knee-jerk reaction of a closed two-party dominated system in which few things happen outside their rigidly controlled fiefs. After almost three years of sloppy economic management and steady declines in the poll numbers of the ruling Socialist party, the inevitable alternative was a widely unpopular do-nothing opposition leader that won not by presenting a better alternative, but simply by capitalizing on the president’s lack of popularity. Not exactly democracy at its best.

Part of the indignation that spurred the 15-M movement last spring was precisely an anger at an institutional design that is not only closed and steeply hierarchical, but also clearly tailored to hand most political control to the two main parties. Among a wide public, Sunday’s results will only hasten the consensus that the system needs reform (Rajoy achieved an absolute majority with almost 500,000 less votes than the simple majority José Luis Rodríguez Zapatero won in 2008; a good example of the democratic deficit many complain about). And, unlike professional politicians who pander to interest groups or worry about towing the party line, the disenchanted public wants results measured by a simple and straightforward indicator: a responsive political system.

The novelty of these protests is their composition. People from very different walks of life coming together by a loose set of political objectives in which, counter intuitively to the formal political process, the agenda matters less than the actual manifestation. As Slavoj Žižek’s would put it, under this new logic of participation, you occupy first, demand later. At the core, the importance of the ‘indignados’ (much the same can be said of Occupy Wall Street) thus far revolves around an abstract but potent idea: political desacralization. Desacralization of the forms, the rituals, the tempo, and spaces of the professional political class and process. In demystifying the way political consensus has been and can be built. Among others, this is one of the reasons why the movement intelligently steered clear from engaging directly in the election.

Now, with a radically different political scenario, the movement has to mutate and adapt. It needs to show that it’s flexible enough to come up with new and imaginative ways to affect the political process. To intelligently occupy a political space in which it represents much more than a left leaning movement opposing a right leaning government (for that we have the unions, which are already threatening with general strikes in the Spring). In similar fashion to Occupy Wall Street (that needs to change gears and prove its continued relevance after being kicked-out of Zuccotti Park), the ‘indignados’ need to prove the relevancy of their cause by going beyond electoral results or a specific party agenda. I would describe this as attrition in reverse. That is, find ways to build consensus, make political gains and participate in the political realm in general in exactly the opposite way that Rajoy acted as opposition leader.

In the end, the challenge is to show —unveil might be a better word— that not only the rules of political consensus building are broken, but that today there are much more effective means and mechanisms through which public matters can be debated and decided. Sunday’s electoral results are as much of a risk as they are an opportunity. Although at first glance the cards might seem stacked against the ‘indignados’ and their cause, with due time we might find that actually the opposite holds true.