Si hubiera que resumir el nuevo libro de Paul Krugman en una frase, me quedo con esta —concisa, reveladora y que va en contra del consenso económico actual: “la política y la confusión intelectual —y no la realidad económica sobre el terreno— han bloqueado” la salida de la crisis económica más importante desde la Gran Depresión.
Krugman es claro y contundente: la crisis era evitable; la ciencia económica contaba con el conocimiento y la experiencia necesarios para reaccionar con rapidez y decisión y evitar así los peores efectos del estallido. No se hizo. Principalmente por una combinación de ideología, testarudez política y, quizá lo peor, un orgullo intelectual que se resiste a toda costa a reconocer errores en los planteamientos predicados durante las últimas tres décadas.
Esta y otras muchas cosas las cuenta el economista de Princeton en End This Depression Now!, su último libro. Un llamamiento enérgico a corregir curso y tomar acciones efectivas que alejen a la economía mundial del abismo. Que ahorren sufrimiento a millones de personas que están pagando las consecuencias de una crisis surgida en la intersección de la especulación financiera y la falta de regulación económica —y no en el despilfarro estatal o el agotamiento del modelo productivo—.
Aunque muchos de sus argumentos no son nuevos —aunque sí propios, los desarrolla dos veces por semana en las páginas del New York Times— en el libro los sistematiza por primera vez y pone en contexto.
El balance es catastrófico. Tanto del daño a la economía real como el de las perspectivas de crecimiento futuras. Krugman se toma la molestia de hacer varios cálculos que pocos medios o analistas económicos han hecho. Estima, por ejemplo, la cifra acumulada que, según sus números, ha dejado de producir la economía. Según el Nobel, en 2012 la economía estadounidense funciona 7% por debajo de sus posibilidades. Esto es, deja de producir un billón de dólares al año en productos y servicios. A la fecha, tres billones que pudieron haberse producido y nunca se materializaron —de recursos reales, no de papel intercambiado en parqués bursátiles—. Una contracción que no solo deprime los salarios y el consumo actual, sino que daña el potencial de crecimiento de mediano y largo plazo —afectando sobre todo la perspectiva de la generación que recién ingresa en el mercado laboral—.
Analiza, también, otra estadística fundamental para entender el alcance y magnitud real de la crisis. El Labor Force Participation Rate, un baremo que valora de manera más amplia el paro —más amplia que la estadística normalmente utilizada para medir el desempleo—. Se ubica en el 63,6%. El porcentaje más bajo de los últimos 30 años y un mal presagio, nuevamente, para el crecimiento económico futuro.
Entre los varios leitmotivs del libro, me quedo con este. Con la insistencia de Krugman de que además de los efectos actuales de la crisis, las medidas de austeridad y recortes están, mucho más que saneando las cuentas, allanando el camino para una etapa prolongada de crecimiento ralentizado (fuerza laboral desestructurada, mayores desigualdades económicas, menos ingresos fiscales, menos infraestructuras…).
De manera muy resumida, el quid de la cuestión se ubica en la pugna entre las dos grandes escuelas de pensamiento macroeconómico: entre los llamados economistas de agua salada y los de agua dulce (los primeros, profesores en universidades de las costas; los segundos en la universidad de Chicago y otras más del interior). Krugman culpa a los segundos de buena parte de los males económicos recientes. “Los economistas de agua dulce”, asegura, “son esencialmente puristas del laissez-faire. Creen que cualquier análisis económico debe partir de la premisa de que las personas son racionales y los mercados siempre funcionan”.
Solo que, a veces, no funcionan. El libro da cuenta de qué sucede cuando los fallos del mercado se intentan corregir desde la Congregación para la Doctrina de la Fe del libre mercado.

