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Ideólogos

Une de las lecturas más estimulantes del verano llegó de la mano de Anatole Kaletsky y su Capitalism 4.0: The Birth of a New Economy in the Aftermath of the Crisis, un diagnóstico original y a contracorriente, de la crisis financiera de 2007-2009 y sus efectos de largo aliento sobre el sistema capitalista.

El mérito de Kaletsky, un comentarista económico del Times de Londres, es doble: hace un puntual recorrido por los últimos 40 años de historia económica —libre de tópicos— al tiempo que se lanza a dibujar un primer bosquejo de lo que podría ser —o debería ser— el capitalismo después de la crisis. Lo que llama Capitalismo 4.0: una nueva versión regenerada purgada de sus errores en la que el gobierno vuelve a ocupar un papel central—de ahí la utilización en el título de la nomenclatura del software: la iteración constante como única fórmula para alcanzar un objetivo—.

El punto de partida del libro es el lunes 15 de septiembre de 2008, el día en que el banco de inversión Lehman Brothers se desvaneció y el sistema capitalista mundial se asomó al abismo. Ese día, dice Kaletsky, lo que se derrumbó fue mucho más que un banco o un sistema financiero, “se desintegró una filosofía política y un sistema económico, una manera de pensar y entender el mundo”.

Aunque pueda sonar un tanto exagerado, el autor se explica, y se explica bien.

Ese día de mediados de septiembre, dice, llegó a su fin el sistema capitalista. ¿Y con qué se reemplazó? Con el sistema capitalista. Paciencia, cobra sentido.

Kaletsky divide el capitalismo moderno previo al 15-S en tres grandes etapas: de la victoria británica sobre Napoleón en 1815 al comienzo de la Gran Guerra; de Franklin Roosevelt a la crisis energética de los años 70; y de entonces al lunes negro de 2008.

Tres etapas separadas entre sí por crisis internas que destruyeron el paradigma económico del momento para construir uno más fuerte y resistente sobre las cenizas del anterior. Y he justamente allí la clave que Kaletsky enfatiza a lo largo del texto: el sistema capitalista, como ningún otro, es un órgano vivo capaz de aprender y regenerarse; con mecanismos de autocorrección incorporados. “El capitalismo no es un sistema estático de instituciones, sino un sistema evolutivo que se reinventa y revigoriza con cada crisis”. ¿Un sistema con contradicciones internas? Sin duda. Pero con potentes mecanismos que más de un siglo después siguen desmintiendo a Marx.

Y esto nos lleva a la pregunta de qué falló, qué estuvo en el origen de la crisis que estalló con la caída de Lehman Brothers hace ahora dos años. La versión convencional —y en términos generales aceptada por la mayoría— es que la expansión corrosiva e irresponsable del crédito barato en conjunto con una burbuja inmobiliaria fueron utilizadas por el sector financiero para crear complejos productos que pocos entendían —y, aún más importante, que no estaban regulados— y que se salieron de control.

¿Cierto? Sólo parcialmente, dice Kaletsky. Los indicadores económicos analizados por el autor durante el periodo 1970-2007 —la tercera encarnación del capitalismo— no apuntan a ninguna anomalía histórica que explique por sí sola la gravedad de la crisis. Aunque los niveles de deuda privada aumentaron y el sistema financiero efectivamente se hizo demasiado complejo, ninguno de estos factores podría haber causado el cataclismo.

No, la repuesta se ubica en otro ámbito.

Durante la tercera fase del sistema capitalista —muy en especial desde comienzos de los años noventa— el crecimiento económico mundial ha estado impulsado principalmente por cuatro factores: el alza de Asia, la globalización, la estabilidad macroeconómica y la revolución financiera. Los cuatro contribuyeron a crear una de las etapas de expansión económica más importantes de la historia. Y, con ella, y como es lógico, el sistema se expandido e hizo más complejo (lo que, a su vez, aumentó la envergadura y la disposición a tomar riesgos).

Para Kaletsky fue allí donde realmente surgió el problema. ¿Quién reguló y vigiló esa expansión? Nadie. “Desde la revolución de Thatcher y Reagan”, afirma el autor, “los líderes empresariales, los economistas académicos y los políticos conservadores decidieron descartar realidades históricas elaboradas por sociólogos y politólogos a favor de suposiciones simplificadas de ideólogos fundamentalistas del mercado”. En pocas palabras, la ecuación se volteó de cabeza y la política comenzó a supeditarse a la economía; el gobierno se convirtió en el blanco favorito de la clase política.

El clímax se alcanzó durante el Gobierno de George W. Bush, muy en particular, durante los años de Henry Paulson al frente del Tesoro. Al que Kaletsky culpa, de manera individual, por la profundidad y el alcance de la crisis: “resultó ser el político más incompetente en la historia de Estados Unidos”. ¿Por qué? “Porque se rehusó a reconocer que el capitalismo depende de una simbiosis entre una empresa privada eficaz y un gobierno eficiente que en algunos casos tiene la obligación de intervenir en los mercados”.

Y remata con esta dulce ironía: “un Secretario del Tesoro y ex presidente de Goldman Sachs estuvo más cerca de destruir el sistema capitalista que Marx, Lenin, Stalin y Mao Tse-Tung combinados”.

La duda, ahora, es saber si la lección realmente se aprendió.

Dilema

Obama se enfrenta a un dilema; desde el punto de vista de la ingeniería gubernamental y la estrategia legislativa, el más importante y con mayores consecuencias de sus 20 meses como presidente: ¿cómo encarar las elecciones de medio mandato en noviembre cuando sus índices de popularidad alcanzan sus cotas más bajas y la demoscopia predice pérdidas para su partido de tales dimensiones que, de cumplirse, de facto le impedirían gobernar?

Entramos, nuevamente, en campaña electoral.

A partir de septiembre y ya de vuelta de las vacaciones, Washington y el país volverán a la brega en unas elecciones en las que estará en juego la totalidad de la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado. Pero, más importante aún, están en juego los pocos más de dos años que restan antes de que Obama se presente a la reelección. Es decir, la gobernabilidad y la cordura política del país —¿alguien recuerda a Newt Gingrich, Bill Clinton y aquel desastroso otoño de 1995?—.

Llegamos al arranque de esta etapa con dos grandes —y preocupantes— tendencias que marcarán el tono de la campaña y serán decisivas para determinar los resultados la noche del 2 de noviembre.

La primera: el regreso de los republicanos. El partido del elefante está de vuelta. Pisando fuerte y revitalizado con su agenda antigubernamental. Tan sólo se necesitaron dos años para que la llamada Bush fatigue se disipara y el partido hiciera un estruendoso regreso al centro del escenario político. Peor aún: vuelve de la mano de sus sectores más radicales; con una agenda extremista; y, más grave todavía, utilizando el sabotaje legislativo como principal herramienta de oposición.

En el segundo caso y de una manera que no deja de sorprenderme, llegamos a la nueva temporada electoral con un Obama tocado y alicaído —más en la percepción pública que en la realidad—. Una encuesta publicada por Reuters ayer lo cifraba así: 52% de desaprobación contra 45% de aprobación, los números más bajos desde que asumió la presidencia. Digo que me sorprende porque desde múltiples baremos y puntos de vista el primer año y medio del Gobierno puede considerarse sin lugar a dudas uno de los más productivos y exitosos en la memoria reciente. Valorado tanto desde sus logros legislativos como desde de la destreza con la que ha comenzado a sacar al país del atolladero en el que lo dejó Bush.

La preocupación principal de aquellos que desaprueban la gestión de Obama es la situación del mercado laboral y la creación de empleo. Aunque entendible, culpar a Obama en estos momentos por el esclerótico estado de la economía es como culpar a los bomberos por las secuelas del incendio.

A estas dos explicaciones principales habría que añadir una tercera que termina por completar el escenario de noviembre y que se ha convertido en una de las tendencias más consistentes de la política estadounidense de las últimas décadas: el pendular constante de los electores que se identifican como independientes. Firmemente del lado demócrata en 2008, en tan sólo dos años este segmento ha dado un giro brusco que está camino de, incluso, voltear de cabeza las mayorías en ambas Cámaras —lejos de ser una certeza, pero no imposible—.

Y esta también lo que la comentocracia llama el enthusiasm gap. Es decir, la diferencia en el nivel de entusiasmo entre los seguidores de los partidos respecto a una elección en particular. En esta ocasión, el diferencial se inclina a favor de un Partido Republicano energizado que cree viable acortar terreno y utilizar la elección de noviembre para preparar la estocada de 2012. En términos concretos esto se traduce en una mayor presencia en las urnas el día de la elección.

Así que, ¿cómo enfrentarse a este complicado escenario desde el Despacho Oval?

William Galston de la Brookings Institution invita a Obama a ser un poco más clintontiano y acercarse a las puertas del infierno: defender lo absolutamente esencial y pactar el resto. Y formula este pronóstico: tan pronto como el próximo discurso del Estado de la Unión (enero de 2011) sabremos si Obama posee la característica que cualquier estadista exitoso necesita: la habilidad para adaptarse con rapidez a los cambios constantes sin vender su alma.

El nuevo gran reto de Obama. El que tendrá que resolver en lo poco que queda del verano. Su supervivencia política depende de ello.

Radicalización

La derecha en Estados Unidos se radicaliza; desplaza su centro de gravedad y monta un asalto a las instituciones del Estado desde posiciones extremas y homófobas que están poniendo a prueba la capacidad del país para enfrentar y procesar discursos que son todo menos cívicos.

Ejemplos abundan; cada día vemos nuevas instancias en las que sectores importantes de ese Estados Unidos reaccionario atacan instituciones clave del país —la libertad de expresión, de culto, lo público para no ir más lejos—.

Dos grandes cismas están en su origen: por una parte provienen de grupos que luchan por achicar el tamaño del Gobierno, por simple ideología, sin importar el precio; en todas sus manifestaciones: de su capacidad para recolectar impuestos a su papel en la regulación ambiental. Por otra, grupos a lo que ya llegaré que ven atónitos cómo se erosiona su poder y papel en la sociedad contemporánea.

La radicalización comenzó con la elección de Obama en 2008. Entonces fueron los llamados birthers los que pusieron en duda el lugar de nacimiento del presidente recién electo y  arrojaron un manto de ilegitimidad sobre Obama y, por extensión, sobre la propia institución presidencial. El origen del movimiento se puede resumir en un tópico: grupos sencillamente incapaces de digerir la elección de un ciudadano negro a la presidencia. Sin reparos, se lanzaron a crear un mito en torno al lugar de su nacimiento. Por ridícula que pueda parecer la proposición, una encuesta reciente del Pew Research Center señala que más de una cuarta parte de la población del país tiene alguna duda al respecto.

En ese mismo sentido y con orígenes ideológicos similares, en las últimas semanas ha cobrado fuerza otro movimiento. El de los que quieren hacer un cambio a la decimocuarta enmienda, la que otorga la nacionalidad a cualquier persona que nace en territorio estadounidense. Una enmienda constitucional que se promulgó a finales del siglo XIX para dotar plenamente de derechos a la población negra y que hoy se ataca desde sectores que sobre todo aprovechan un momento de hartazgo respecto a la inmigración hispana para afianzar su poder.

En este grupo se encuentran senadores como Lindsay Graham, el iniciador del debate. Su caso es un buen ejemplo de este paulatino endurecimiento de posiciones que está llevando al Partido Republicano mucho más a la derecha de su centro histórico. Graham, un político moderado que ha oscilado en el centro durante la mayor parte de su carrera política, lee los vientos políticos y se corre con rapidez a la derecha.

Otro triste y revelador ejemplo es el de John McCain —alguna vez una voz moderada y sensata dentro del Partido Republicano—. Después del revés electoral de 2008, el senador de Arizona y ex candidato presidencial ha endurecido sus posiciones al punto de convertirse en uno de los principales obstáculos legislativos para mantener un debate informado en temas como la reforma al sistema de inmigración o la participación del Estado en la economía. Lo ha hecho, principalmente, por razones electorales.

Termino con la manifestación de intolerancia más reciente de estos grupos: la Cordoba House en el Ground Zero neoyorquino. Un centro musulmán propuesto para erigirse en parte de la zona donde se alzaban las Torres Gemelas. Una propuesta de Feisal Abdul Rauf, un imán moderado que quiere construir un centro comunitario que emule la tolerancia y buena convivencia que algún se practicaron en Cordoba, España, entre judíos, cristianos y musulmanes. Fantástica idea pensaríamos la mayoría.

Pues no. Sectores importantes de la derecha ya desenfundaron las espadas e intentan convertir la controversia en una confrontación entre los grupos más conservadores y obcecados y los más abiertos y tolerantes. La semana pasada el propio Obama se unió al coro que apoya la construcción del centro con un discurso inteligente y matizado explicando por qué albergándolo precisamente en ese sitio se reafirmarían muchos de los mejores valores que Estados Unidos ha defendido históricamente.

Una banda de desaforados encabezada por Sarah Palin, Newt Gingrich y la Fox News no sólo difiere, piensa sacar capital político de la situación: erigirse en defensora de la América blanca y cristiana que se siente ofendida por tal atrevimiento. Porque en el fondo eso es, lo que ata todos los casos mencionados no es otra cosa que la radicalización de un sector WASP (blancos, anglosajones y protestantes) al que no le está sentando nada bien ver cómo pierde peso e influencia.

Cosas del orgullo, la pedantería y el sentido de los derechos adquiridos.

Judt

“Fui educado en las palabras”, escribió recientemente Tony Judt. “Rebotaban de la mesa de la cocina al piso en el que me encontraba sentado: abuelo, tíos y refugiados parloteaban en ruso, yiddish, francés y lo que debía ser inglés. Hablar, parecía entonces, era el atractivo principal de la existencia adulta. Nunca he perdido ese sentido”.

Hasta el viernes pasado, cuando el historiador, intelectual público y feroz defensor de un ideario político sui generis —y en extinción— murió de una terrible enfermedad que en pocos meses lo paralizó, quitándole movilidad músculo por músculo, zona del cuerpo por zona del cuerpo. Primero fueron las manos; con ellas se fue una de las habilidades que tanto atesoraba: la independencia para sentarse, escribir y formular argumentos; después vinieron las piernas —lo que lo confinó a una silla de ruedas—; y, finalmente, el resto del cuerpo excepto del cuello para arriba. ¿El invasor? Un mal conocido como de Lou Gehrig o, en jerga médica, esclerosis lateral amiotrófica. Una enfermedad degenerativa que mata las células que controlan el movimiento del cuerpo. Judt se terminó por convertir, en sus propias palabras, “en un montón de músculos muertos, pensando”. Es decir, un vegetal pensante.

Y vaya que si pensó.

Tony Judt, para aquellos que no le conocen, fue sobre todo un defensor de un ideario político socialdemócrata que contra viento y marea sostuvo hasta el último suspiro y a pesar de estar a favor de todo tipo de tesis profundamente impopulares, especialmente en Estados Unidos, su país de adopción.

De la política estadounidense en Oriente Medio al papel del lobby israelí en Estados Unidos al balance que muchos hacen sobre los efectos de la revolución conservadora impulsada desde Londres y Washington por la Dama de Hierro y el presidente/actor (más bien el actor/presidente).

En el verano de 2006 tuve oportunidad de escucharle en una charla en la universidad de Oxford. Recuerdo, sobre todo, su rapidez mental, su devastadora inteligencia y su habilidad en el uso de las palabras.

“Lo que ha ido catastróficamente mal en Inglaterra y Estados Unidos en los últimos 30 años”, dijo Judt en una entrevista reciente, “es que hemos perdido toda capacidad para hablar del Estado en términos positivos. Hemos engendrado una generación a la que ni siquiera se le ocurre preguntar: ¿qué influencia positiva puede tener el Estado?”.

Un tema que le preocupaba de manera particular y al que dedicó buena parte de sus dos últimos años de vida. Primero en una conferencia que pronunció —ya convaleciente— en la Universidad de Nueva York —donde era profesor— y después en su último libro en vida, Ill Fares the Land. Un breve ensayo al vuelo sobre la pérdida de capacidad —especialmente en el mundo Occidental— para pensar y actuar de manera colectiva. “Esta es la segunda generación de personas que no concibe el cambio más allá de sus propias vidas, que no tienen ningún sentido de bienes públicos y servicios colectivos y que sólo aspira a mejorar su condición individual a costa del resto”.

Judt no sólo lo tenía claro, lo sabía expresar.

Formado en Cambridge y en París, dedicó buena parte de su carrera académica a analizar a la izquierda europea —especialmente a la francesa— y sus puntos ciegos. En 2005, apenas tres años antes de ser diagnosticado, publicó el tomo monumental Postwar: A History of Europe Since 1945. Una lectura fresca —y en ocasiones desafiante— de la segunda guerra mundial y sus consecuencias.

A partir de 2008 y consciente de que tenía los días contados, Judt se embarcó en un admirable y apresurado ejercicio de memoria histórica y personal que contó a través de breves ensayos publicados en The New York Review of Books: Meritocrats (sobre su educación superior); Words (sobre el valor de las palabras); Girls! Girls! Girls! (sobre sus conquistas juveniles); y Food (sobre los desafortunados resultados producto de la combinación de la comida de su ciudad natal —Londres— y la judía de su madre).

Fue en Words precisamente donde hizo uno de sus últimos llamados a rescatar no sólo el valor y la importancia de las palabras, sino también y por medio de ellas, esa tradición, alguna vez de izquierda, actualmente tan en desuso: “La riqueza de palabras en la que crecí constituía un espacio público en sí mismo —son estos espacios públicos bien preservados los que tanta falta nos hacen hoy en día—. Si maltratamos a las palabras, ¿con qué las sustituiremos? Son todo lo que tenemos”.

El nuevo ecosistema de la información

Hace apenas unas semanas le preguntaron a Daniel Ellsberg —responsable de filtrar a la prensa los Papeles del Pentágono en 1971— qué habría hecho hoy, en la era de las redes e Internet, si tuviera en sus manos documentos de la misma importancia de aquellos que fueron el principio del fin no sólo de la guerra de Vietnam, sino también de la presidencia de Richard Nixon.

Sin dudarlo, Ellsberg, un hombre que casi alcanza los ochenta años y que ha hecho del acceso a la información y la transparencia en el gobierno una misión, respondió: compraría un escáner y los subiría a Internet.

El entrevistador, insatisfecho con la respuesta le presionó: “pero, ¿no considera que la prensa aporta algo; es decir, más allá de los datos y la información que contenían los Papeles del Pentágono, no fueron el New York Times y el Washington Post los que proporcionaron el contexto para interpretar lo que sucedía y cambiar el curso de la historia?”

Un Ellsberg escéptico respondió que no estaba tan seguro. Lo importante, enfatizó, es hacer pública la información; ponerla en manos de la opinión pública y dejar que la presión surja de allí; si pasa o no por los filtros de los medios de comunicación ha dejado de ser la clave. ¿De verdad? La semana pasada acabamos de atestiguar la que quizá sea la filtración más importante de la historia —al menos por el volumen de información—. En el centro, una combinación de viejos y nuevos medios que reivindica y refuta a Ellsberg de manera simultánea. Una revelación que, sobre todo, ha puesto de relieve el complejo ecosistema informativo que emerge de Internet, las redes sociales y las posibilidades virtualmente ilimitadas de difundir información; una clara muestra de la pérdida de centralidad de los mass media y de la llegada de nuevas organizaciones con la capacidad de retar y poner en riesgo la seguridad del Estado.

La información filtrada la semana pasada consta de más de 75.000 documentos secretos del Pentágono redactados por operarios militares sobre el terreno. Proporcionan un detallado close up a más de un lustro de conflicto bélico; no se trata tanto de nueva información como de pequeñas piezas de un gran puzzle incompleto que ahora se comienza a revelar. Los documentos ofrecen detalles sobre el papel de los servicios de inteligencia paquistaníes, las muertes de civiles a lo largo del conflicto, aspectos de la estrategia de contrainsurgencia del ejército estadounidense, entre varios más.

¿El responsable de la publicación? WikiLeaks, la elusiva y novel organización a medio camino entre una agencia de inteligencia privada, un ejército de hackers y expertos informáticos y un nuevo tipo de canal de difusión de información. La misma web que en abril publicó un vídeo de una matanza del ejército estadounidense en el centro de Bagdad; la misma que en septiembre de 2008, en plena campaña presidencial en Estados Unidos, publicó los contenidos de una cuenta de correo extraoficial que Sarah Palin utilizaba para evadir las leyes de acceso a la información de Alaska; y la misma que reveló detalles sobre las negociaciones secretas del Gobierno islandés durante la crisis financiera de 2008.

El sitio se define a sí mismo como un servicio público internacional diseñado para proteger a delatores, periodistas y activistas. Aunque no se considera parte de los medios: “no somos prensa”, afirma su fundador, Julian Assange. Son, dice, un grupo dedicado a defender fuentes de información. Lo que WikiLeaks proporciona es la plataforma para realizar las filtraciones: anónimas, sin intermediarios y sin otro objetivo que el de hacerlas públicas; se trate de correos electrónicos personales o de documentos clasificados que pongan en riesgo la seguridad nacional de países.

El objetivo es utilizar la red para desafiar los secretos de Estado y obligar a la clase política a que rinda cuentas y opere de manera más transparente. Un terreno tradicionalmente reservado a los medios de comunicación que hoy, con la apertura de las redes y la multiplicación de los canales de difusión, organizaciones como WikiLeaks han comenzando a disputar.

Estamos ante el surgimiento, en palabras de Jay Rosen de la universidad de Nueva York, de la organización informativa “sin Estado” —stateless—. Es decir, el nacimiento de un nuevo agente capaz de impactar informativamente en prácticamente cualquier país del mundo al tiempo que no se sujeta a ningún tipo de acuerdo tácito o explícito con gobierno nacional alguno —una forma de control a la que siempre han estado sometidos los medios tradicionales—.

Por ello, al margen de los detalles específicos revelados en los Papeles de Afganistán, el quid de la filtración gira en torno a cómo se dio a conocer y qué consecuencias se vislumbran tanto para el Estado como para las propias organizaciones que durante al menos los dos últimos siglos han controlado la forma y los tiempos en los que se distribuye la información.

A diferencia de 1971, cuando se publicaron los Papeles del Pentágono, hoy existen múltiples canales y plataformas para llegar a la opinión pública. WikiLeaks lo sabe, y lo explota. Su decisión de proporcionar el material por adelantado a Der Spiegel, The Guardian y The New York Times fue una astuta medida que sobre todo consideró la ayuda que brindarían para interpretar y hacer digeribles los miles de folios escritos en jerga militar —una posibilidad que no utilizó cuando publicó el vídeo de la matanza en el centro de Bagdad—. En pocas palabras, es David utilizando a Goliat.

Además, en una era en la que el coste marginal de distribuir información ha descendido prácticamente a cero, surge también una nueva manera de valorar las noticias que explica en parte por qué WikiLeaks adelantó la información a tres medios cuidadosamente seleccionados. “Pensarías que entre más importante es un documento, más interés generaría en la prensa”, afirma Assange. “Pero no es así. La clave ahora está en la oferta y demanda. Oferta cero aumenta la demanda, le otorga valor. Tan pronto como un material se publica en la red y su oferta se hace infinita, el valor percibido se reduce a cero”. Una nueva y por ahora confusa lógica que domina ya la era de la sobreabundancia de información.

Hablamos de un trasvase de poder sin precedentes: de los medios tradicionales a nuevos actores cuyo fuerza principal reside en saber utilizar la ubicuidad de la red para cambiar el sentido de los flujos de información; invertir el orden y tomar por asalto aquellos espacios que ya sea por negligencia, incompetencia o complicidad, los medios de comunicación y el Estado han dejado desocupados. Repentinamente y debido al poder de las redes, surge un nuevo tipo de organización capaz de reclamarlos e imponer sus exigencias.

Pero, así como las demandas hoy provienen de una organización que exige transparencia y apertura en los gobiernos, mañana podrían venir de grupos terroristas o el crimen organizado, de especuladores financieros o grupos de interés. El mayor atractivo de las redes —anonimato, viralidad, interconexión—, afirma Evgeny Morozov, estudioso del tema, es también su mayor debilidad. Siempre se han utilizado y se podrán utilizar en cualquier sentido y para cualquier propósito.

Expiación

Aunque Obama ha insistido en ello desde que era candidato, el discurso de este lunes confirmando el repliegue final de Irak marca un momento importante en la historia de Estados Unidos —y de la Administración—.

El fin, por ahora en el orden de lo simbólico, de una larga guerra que comenzó bajo circunstancias internacionales muy complicadas y que estigmatizó de manera indeleble, y como ninguna otra política a lo largo de sus ocho años, la presidencia de George W. Bush.

Una postura que, si estiramos un poco su significado, podría ser considerada la posición clave que aupó a Obama de los suburbios de Chicago y Springfield —la capital de Illinois— a la Casa Blanca. A diferencia de lo que se afirma con frecuencia, Obama no saltó a la fama con aquel discurso de la Convención Demócrata en Boston en 2004. Lo hizo dos años antes, en un parque de Chicago, en una manifestación en contra de la guerra a la que ahora le pone fin. “No estoy en contra de la guerra”, dijo Obama en aquella ocasión, “estoy en contra de las guerras estúpidas”.

Su fin invoca en la memoria diversas escenas, episodios y momentos críticos en los que a lo largo de los últimos siete años Estados Unidos cruzó (en varias ocasiones) el Rubicón de la responsabilidad internacional; a su perjuicio, desprestigio y a un coste altísimo, tanto en vidas humanas como en tesoro nacional.

Recuerdo, por ejemplo, aquella infame presentación de Colin Powell, secretario de Estado en aquel momento, ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Las escenas en las que mostraba pequeños tubos metálicos con los que intentaba demostrar, por medio de un discurso tramposo y parcial, la existencia irrefutable de armas de destrucción masiva. Ello sucedía a comienzos de febrero de 2003.

Apenas mes y medio después, las bombas comenzaban a llover sobre Bagdad. “Shock and awe” lo llamó el ejército; la versión estadounidense de la Blitzkrieg que ni decapitó al régimen ni provocó el shock a partir del cual se debía comenzar a construir la estabilidad del país. Tan sólo un mes después el ejército estadounidense marchaba triunfante en Bagdad mientras los acólitos del presidente Bush no se cansaban de asegurar que sus soldados serían bienvenidos como liberadores. Wolfowitz, Feith, Rumsfeld, Bolton, cuánto tiempo ha transcurrido.

A partir de allí comenzaría el caos en el que se sumió Irak: la disolución de la Guardia Republicana, los enfrentamientos tribales, los saqueos, la descomposición social, la estrategia militar errática que llevó años corregir.

El 1 de mayo de ese año tendría lugar aquella icónica imagen de Bush en ropa de aviador llegando al portaviones USS Abraham Lincoln anclado frente a las costas de California a bordo de un jet militar para pronunciar el discurso de victoria frente a una manta con la consigna “Mission Accomplished” —junto con las imágenes de las costas de Luisina devastadas en 2005, ésta fue una de las que caló más en la conciencia colectiva y marcó la percepción de Bush—.

En julio vendrían las tétricas escenas de la sangrienta persecución de Uday y Qusay. Los hijos del dictador. Perseguidos durante horas por tierra y aire por un regimiento militar en la ciudad de Mosul: se les acorraló, asesinó y, a manera de trofeo, el ejército publicó múltiples fotografías con los cuerpos abatidos de los hermanos.

La captura del propio Hussein en diciembre, que sólo serviría para avivar los enfrentamientos tribales y dividir al país; su condena a muerte y ahorcamiento en diciembre de 2006. La bomba en la sede de Naciones Unidas en Bagdad; los linchamientos cotidianos; las miles y miles de muertes civiles. Y así podría seguir, invocando recuerdos de más de un lustro de terribles consecuencias producto de uno de los errores más graves de la política exterior de Estados Unidos.

El fin definitivo de las operaciones de combate anunciado por el presidente el lunes es un paso importante en el proceso de expiación de un negro capítulo en las aventuras exteriores de Estados Unidos. ¿Encomendable? No realmente. Era lo mínimo que Obama podía haber hecho.

Filtración

Ya contaba en este espacio del surgimiento de WikiLeaks.org, un sitio especializado en filtrar información utilizando los poderes y ubicuidad de la red. Pues el domingo, en lo que algunos ya llaman la filtración más importante de la historia —al menos por la cantidad de información revelada—, la organización soltó una nueva bomba: 75.000 documentos clasificados del Pentágono que detallan los operaciones bélicas en Afganistán desde 2003 y hasta el año pasado. Cientos de miles de páginas con escabrosos detalles sobre el desarrollo de la guerra capaces de escandalizar hasta al general más contumaz.

De cómo se realizó la planeación de la guerra a reportes detallados de muertes de civiles; a la forma en la que los servicios de inteligencia paquistaníes han jugado un doble papel, sirviendo al Gobierno pero también a los grupos terroristas —algo que se sospechaba y ahora se confirma—.

Los documentos revelados contienen caudales de información que tardarán en ser digeridos; también pasará tiempo antes de que se sienten los efectos directos sobre las políticas de la Administración Obama respecto a Afganistán —una operación bélica cada vez más impopular entre la opinión pública que ya entró en su noveno año, la más larga en la que ha estado involucrado Estados Unidos—.

Lo más interesante por ahora es entender cómo se realizó la filtración de WikiLeaks y por qué sólo podría haber sucedido en estos tiempos, los de las redes y la conectividad, donde Internet funge como un inabarcable receptáculo capaz de albergar temas tan disímiles como pornografía infantil, los asuntos más soeces de la imaginación humana así como las formas más refinadas de pensamiento, junto con secretos de Estado. El mismo instrumento sirve para cualquiera de los casos.

El objetivo principal de WikiLeaks es dar a conocer información sobre temas que afectan al público: decisiones políticas, abusos de poder, utilización indebida de recursos, etcétera. Se trate del país que se trate y sin importar las consecuencias para la seguridad del Estado. La organización no tiene sede y su estructura carece de cualquier noción de territorialidad —la han comenzado a clasificar como un nuevo tipo de organización, sin estado, “Stateless”—.

Sus métodos de trabajo son inusuales y casi siempre subrepticios. Hace unos meses la revista The New Yorker publicó un extenso reportaje en el que describe sus técnicas y el tipo de vida de sus miembros: siempre operando desde la clandestinidad, moviéndose constantemente de un país a otro, apoyados por una red internacional de hackers y abogados que facilitan su trabajo.

Sin duda, estamos ante el nacimiento de un nuevo tipo de ente trasnacional con enormes capacidades para impactar no sólo la seguridad del Estado, sino también el debate, los medios y casi cualquier tipo de asunto público. WikiLeaks sólo busca exponer información; otras organizaciones similares surgidas en el futuro podrían tener objetivos más amplios y ambiciosos que reten al Estado de diversas maneras.

La forma en la WikiLeaks dio a conocer la última filtración es particularmente interesante; una explotación dual de los viejos y nuevos medios de comunicación que ha hecho que el impacto de la historia sea aún mayor.

Por el momento se desconoce la fuente que filtró los documentos. Lo que se sabe es que han estado en poder de la organización desde hace meses y que hace unas semanas ésta se acercó a tres de los diarios más prestigiados del mundo para asistir en su difusión —Der Spiegel de Alemania, The Guardian de Reino Unido y New York Times de Estados Unidos—. WikiLeaks logró extraer el compromiso de que no publicaran nada hasta que la organización los hiciera públicos. Y así fue. El domingo por la tarde los colgaron en su web y posteriormente los tres diarios publicaron sus respectivos análisis.

La historia ha tenido un intenso recorrido en los medios mundiales en los últimos días, potenciada por el efecto multiplicador de la red. De alguna manera, podríamos decir que estamos hablando de la primera gran filtración —al menos de un asunto de máxima importancia— de la era de Internet.

La historia dará para mucho a lo largo de los próximos meses; muchos ángulos a analizar y conclusiones a las que llegar. Tanto desde el punto de vista de la conducta de la guerra misma como de los nuevos canales de información que se abren.

Por lo pronto me quedo con una pregunta crucial para todos aquellos que creemos que Internet y las nuevas posibilidades de comunicación están transformando la esfera pública. El efecto multiplicador de la red, es decir, el hecho de que una filtración como esta se revele a muchas más personas, ¿impacta directamente en la manera en la que la clase política toma las decisiones? Pronto lo sabremos. Crucial para entender las nuevas formas de gobernanza.

Regulación

La están llamando la expansión más importante del Gobierno federal en varias décadas: nuevas agencias, capaz burocráticas y miles de nuevos funcionarios del Estado que se incorporarán a la vigilancia y escrutinio. ¿De qué? Del sistema financiero.

Hablo, por supuesto, de la recién aprobada ley Frank-Dodd. Un paquete de medidas de más de 2.000 folios de extensión que se inscribe desde el jueves pasado como el segundo gran éxito legislativo de la Administración Obama —después de la reforma sanitaria—.

Una legislación que llevaba más de un año en discusiones en el Congreso y que representa la respuesta más clara y concreta por parte del Gobierno a la crisis financiera del verano de 2008; el intento más serio a la fecha por llegar al fondo de los fallos del sistema financiero y corregirlos.

“Si la ley Frank-Dodd hubiera estado en vigencia durante su mandato, ¿cree que la crisis financiera y la subsiguiente recesión hubieran tenido lugar?”, le preguntó hace unos días Andrew Ross Sorkin —el reportero de finanzas mejor informado de Estados Unidos— a Henry Paulson, Secretario del Tesoro durante los últimos años de la Administración Bush. “Sin ninguna duda, nos habría encantado tener una herramienta como esta para el caso de Lehman Brothers”.

Como la mayoría de las grandes legislaciones del tipo, la discusión ahora ha pasado a qué tan efectiva será y si realmente podrá prevenir la próxima catástrofe financiera.

Entre algunas de sus disposiciones clave están medidas para asegurar que sean los inversores y accionistas —y no los contribuyentes— los que cubran las pérdidas en  el caso de un fracaso financiero; niveles más altos de capitalización para los bancos; diversos desincentivos a la especulación; y la regulación de lo que se conocen como derivatives —complejos productos financieros que estuvieron en el origen de la crisis de 2008—.

El triunfo legislativo ha llegado después de años de discusión y de quizá una de las campañas en contra más duras de la historia. 600 millones de dólares desembolsados por los lobbies financieros para intentar descarrilarla.

Por encima del debate sobre la eficacia de la nueva legislación, late otro aún más interesante y que se pondrá seriamente a prueba en las legislativas de noviembre y, muy en particular, en las próximas presidenciales, en el otoño de 2012. Se trata del tamaño y las competencias del Gobierno.

El debate ideológico más interesante surgido de los 18 meses de Gobierno de Barack Obama gira en torno a dos polos: el que insiste en que los males del país se deben encarar con menos regulación y retirando a las instituciones de Gobierno de las trincheras sociales y los que confían en el Estado como el mejor gestor de los grandes problemas.

El debate está ya en curso y sólo se avivará más conforme se acerquen las citas electorales.

La reforma recién aprobada se enmarca dentro de este contexto. El escaso apoyo republicano (sólo tres votos) se explica en gran parte por la reticencia del partido a apoyar cualquier medida que ensanche el tamaño del Gobierno. Se trate de lo que se trate, tenga las consecuencias que tenga.

Equivale a la intervención directa de Washington sobre las prácticas de Wall Street. Es Washington diciéndole a Nueva York “no nos olviden; no tienen rienda suelta”; es el Gobierno poniéndose al día intentando modernizar los métodos de vigilancia para alcanzar a las prácticas financieras modernas.

David Brooks del New York Times lo llama el “boom de la tecnocracia”: el uso de expertos gubernamentales y sofisticadas fórmulas de análisis para manejar múltiples sistemas complejos. Algo que en Estados Unidos siempre se ha preferido dejar en manos de los individuos o la empresa privada. La pregunta que se formula el columnista nos lleva al fondo del debate: ¿tiene el Gobierno —y sus funcionarios— la capacidad para realizar con eficacia estas tareas?

Obama ha decidido reformar el sistema financiero y comprobarlo. Directa o indirectamente, las próximas citas electorales se decidirán en torno a esta cuestión.

Establishment

WASHINGTON— En junio pasado, un breve ensayo publicado en el prestigiado New York Review of Books, sacudió a varios estamentos clave de la política estadounidense. Firmado por Peter Beinart, escritor y académico experto en asuntos internacionales, llevaba el explícito y provocativo título de The Failure of the American Jewish Establishment. Algo así como el fracaso de la elite judío-americana.

El título, en sí mismo, es toda una declaración de intenciones y sorprende a cualquiera que siga de cerca la política estadounidense. Para muchos en Estados Unidos hablar en esos términos y con esa franqueza de un sector tan influyente resulta simplemente inaceptable. No sólo es políticamente incorrecto, muchos lo consideran incluso difamatorio.

El impacto del ensayo, en buena medida, se debe a que quien lo escribe es un judío americano joven que conoce bien las divisiones de esta comunidad y cuenta con sólidas credenciales y entrenamiento académico para meterse con este espinoso asunto.

La premisa del argumento de Beinart —de apenas 40 años— es muy simple: se ha creado una peligrosa ruptura entre dos generaciones de judío americanos. La mayor, la que creció después de la segunda guerra mundial, ha engendrado actitudes e instituciones que no toleran ningún tipo de crítica al Estado de Israel; a sus acciones y sus políticas.

La otra, la más joven, la de los estudiantes y los que lentamente se incorporan a las posiciones de poder, es mucho más liberal (en el sentido americano del término), crítica e impaciente con las acciones de los gobernantes israelíes. Mucho menos dispuesta a extenderles un cheque en blanco y apoyar sus acciones a toda costa; una generación que marca una distancia y condiciona su apoyo.

La ruptura, argumenta Beinart, es el desafío más importante al que se enfrenta la comunidad judía de este país.

Y ese desafío, huelga decir, es el que determinará en el largo plazo la relación de Estados Unidos y su aliado estratégico más importante de Oriente Medio.

La divergencia se comenzó a detectar en 2003 cuando un grupo de filántropos judíos contrató a un conocido encuestador para investigar por qué se hacían más vehementes las críticas al Estado de Israel por parte de jóvenes universitarios.

En parte, éstas estaban ligadas a la llegada al poder de personajes como Benjamin Netanyahu, actual Primer Ministro, y Avigdor Liberman, ministro de Exteriores. Dos políticos cuyas posturas recalcitrantes chocan cada vez más con las generaciones más jóvenes, no sólo en Estados Unidos, sino también en Israel.

Netanyahu, escribe Beinart, “no sólo no acepta la idea de la existencia de un Estado Palestino, incluso llega a negar la existencia de lo palestino”. Una postura apoyada por los viejos leones del establishment judío americano que cada vez es más criticada por los jóvenes. Uno de los verdaderos dolores de cabeza de la política exterior de Obama: en las varias reuniones que ha tenido con Netanyahu, el carismático presidente estadounidense no ha sido capaz de arrancarle una sola concesión de peso.

Para Beinart el problema es la intransigencia sobre la que han construido su reputación organizaciones como AIPAC y la Conference of Presidents of Major Jewish American Organizations, dos grandes grupos de interés capaces de montar feroces campañas en contra de cualquiera que critique públicamente a Israel.

Uno de sus blancos recientes han sido organizaciones de protección de derechos humanos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional. Su trabajo en Ramala y Cisjordania es constantemente puesto en tela de juicio y atacado en los medios; y desde el punto de vista de sus presupuestos, se busca asfixiarles desde todo tipo de presiones a aquellos que las financian.

En el fondo, el ensayo de Beinart es un llamado bien argumentado a dos generaciones de judíos al diálogo, la moderación y la necesidad de establecer puentes para evitar un cisma mayor que termine debilitando, sobre todo, a Israel.

El sionismo americano, afirma el autor, se encuentra en una espiral descendiente que sólo se detendrá cuando se comiencen a tomar en cuenta las preocupaciones de las generaciones más jóvenes. Y esto sólo sucederá cuando, en palabras de uno de los encuestados, en Estados Unidos se pueda hablar con franqueza sobre Israel y su Gobierno. El ensayo de Beinart es sin duda un buen comienzo.

Táctica

WASHINGTON— De manera un tanto inesperada Barack Obama convocó un discurso el jueves pasado que vuelve a poner el tema de la reforma al sistema de inmigración sobre la mesa. Se trata, en realidad, de la primera ocasión en la que se centra exclusivamente en el asunto.

¿Qué dijo? Nada especialmente nuevo. Utilizó el podio en la American University de Washington —leído en clave política, el hecho de que haya utilizado un escenario anónimo como éste, y no uno elegido con mayor cuidado, ya dice mucho— para seguir delineando su visión sobre el tema y, sobre todo, poner en marcha una estrategia electoral que tiene como objetivo posicionar al Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato de noviembre.

De manera general, habló sobre tres temas: la aportación histórica de la inmigración a la economía y el desarrollo estadounidense; el hecho de que hoy existen alrededor de 12 millones de personas sin documentos; y la falta de sensatez y realismo político de aquellos que creen que la solución al problema pasa por fortificar la frontera. Nada nuevo, ya decía.

Y aunque el discurso fue el primero centrado en el tema —también el primero que puso el énfasis en resolver el problema de la inmigración indocumentada, dirigido a la comunidad hispana, a diferencia de menciones anteriores que se centraron en la necesidad de atraer a inmigrantes altamente calificados—, es el que más me convence de que la aprobación de un paquete de medidas está más lejos de lo que escribí en este espacio a comienzos de año. Es decir, aunque Obama acaba de hacer el llamado más claro hasta la fecha para reformar el sistema, la posibilidad de que se apruebe este año parece cada vez más lejana.

Me explico. Desde la aprobación de la reforma sanitaria en marzo quedaron perfectamente claros los estrechos márgenes de maniobra con los que cuenta el presidente —especialmente en el Senado—. La reforma financiera, la segunda gran apuesta legislativa de la Administración, actualmente languidece en el Senado debido, en parte, a la muerte hace unos días del Senador de West Virginia, Robert Byrd. Un solo voto, en este clima político, puede hacer la diferencia.

Desde mediados de la primavera y debido a fallos en la estrategia legislativa, el apoyo a la reforma del sistema de inmigración se ha venido desinflando. Falta de coordinación en el bando Demócrata, un clima económico esclerótico y el sectarismo en el Congreso han sido algunos de los motivos. A finales de abril, Lindsay Graham, coautor de la propuesta, retiró el único apoyo republicano con el que contaba.

Y en el festejo del 5 de mayo en el Rose Garden de la Casa Blanca, Obama hacía unas declaraciones respecto a las posibilidades de que se aprobara que eran todo menos promisorias. En suma, un ambiente político deteriorado que complica enormemente la aprobación de una medida que se ha pospuesto durante al menos varios lustros.

¿Por qué entonces la ha relanzado Obama? Por razones electorales tácticas,  principalmente. Dos de ellas en concreto.

Con las elecciones de medio mandato a sólo cuatro meses de distancia, Obama y los demócratas se preparan para lo que podría convertirse en una carnicería en el Congreso. Es pronto todavía para saberlo con certeza, pero la posibilidad de perder el control de la Cámara de Representantes y estrechar peligrosamente la mayoría en el Senado nadie la descarta. Es decir, si los márgenes actuales ya resultan estrechos, en noviembre se podrían reducir mucho más.

Obama es consciente de que la propuesta no cuenta con el apoyo suficiente en el Congreso —lo dijo explícitamente durante la visita de Calderón a Washington—; en su discurso el jueves lo que intentó dejar claro es que si la reforma no sigue su curso no se debe a falta de voluntad. Ni de él ni de su partido. El mensaje va dirigido a un público específico: el electorado hispano. Los millones de votantes que necesitan los demócratas el 2 de noviembre para reducir al máximo sus pérdidas y no cerrar por completo las puertas del Congreso —como le sucedió a Clinton en 1994—.

La segunda razón busca simplemente exponer la intransigencia republicana. Obama está anticipando sus movimientos con la esperanza de que, si los demócratas mantienen las mayorías en las dos cámaras, y una vez inaugurado el nuevo Congreso, los republicanos se encuentren contra las cuerdas y obligados a pactar.

Ésa es mi lectura del discurso: la reforma estará aparcada al menos hasta el comienzo del nuevo curso político en enero de 2011; si los demócratas tienen un buen otoño y llegan al ecuador del mandato de Obama con fuerza en el Congreso, existirán posibilidades de que se apruebe. De llegar debilitados, quedará sentenciada. Una vez más.