Une de las lecturas más estimulantes del verano llegó de la mano de Anatole Kaletsky y su Capitalism 4.0: The Birth of a New Economy in the Aftermath of the Crisis, un diagnóstico original y a contracorriente, de la crisis financiera de 2007-2009 y sus efectos de largo aliento sobre el sistema capitalista.
El mérito de Kaletsky, un comentarista económico del Times de Londres, es doble: hace un puntual recorrido por los últimos 40 años de historia económica —libre de tópicos— al tiempo que se lanza a dibujar un primer bosquejo de lo que podría ser —o debería ser— el capitalismo después de la crisis. Lo que llama Capitalismo 4.0: una nueva versión regenerada purgada de sus errores en la que el gobierno vuelve a ocupar un papel central—de ahí la utilización en el título de la nomenclatura del software: la iteración constante como única fórmula para alcanzar un objetivo—.
El punto de partida del libro es el lunes 15 de septiembre de 2008, el día en que el banco de inversión Lehman Brothers se desvaneció y el sistema capitalista mundial se asomó al abismo. Ese día, dice Kaletsky, lo que se derrumbó fue mucho más que un banco o un sistema financiero, “se desintegró una filosofía política y un sistema económico, una manera de pensar y entender el mundo”.
Aunque pueda sonar un tanto exagerado, el autor se explica, y se explica bien.
Ese día de mediados de septiembre, dice, llegó a su fin el sistema capitalista. ¿Y con qué se reemplazó? Con el sistema capitalista. Paciencia, cobra sentido.
Kaletsky divide el capitalismo moderno previo al 15-S en tres grandes etapas: de la victoria británica sobre Napoleón en 1815 al comienzo de la Gran Guerra; de Franklin Roosevelt a la crisis energética de los años 70; y de entonces al lunes negro de 2008.
Tres etapas separadas entre sí por crisis internas que destruyeron el paradigma económico del momento para construir uno más fuerte y resistente sobre las cenizas del anterior. Y he justamente allí la clave que Kaletsky enfatiza a lo largo del texto: el sistema capitalista, como ningún otro, es un órgano vivo capaz de aprender y regenerarse; con mecanismos de autocorrección incorporados. “El capitalismo no es un sistema estático de instituciones, sino un sistema evolutivo que se reinventa y revigoriza con cada crisis”. ¿Un sistema con contradicciones internas? Sin duda. Pero con potentes mecanismos que más de un siglo después siguen desmintiendo a Marx.
Y esto nos lleva a la pregunta de qué falló, qué estuvo en el origen de la crisis que estalló con la caída de Lehman Brothers hace ahora dos años. La versión convencional —y en términos generales aceptada por la mayoría— es que la expansión corrosiva e irresponsable del crédito barato en conjunto con una burbuja inmobiliaria fueron utilizadas por el sector financiero para crear complejos productos que pocos entendían —y, aún más importante, que no estaban regulados— y que se salieron de control.
¿Cierto? Sólo parcialmente, dice Kaletsky. Los indicadores económicos analizados por el autor durante el periodo 1970-2007 —la tercera encarnación del capitalismo— no apuntan a ninguna anomalía histórica que explique por sí sola la gravedad de la crisis. Aunque los niveles de deuda privada aumentaron y el sistema financiero efectivamente se hizo demasiado complejo, ninguno de estos factores podría haber causado el cataclismo.
No, la repuesta se ubica en otro ámbito.
Durante la tercera fase del sistema capitalista —muy en especial desde comienzos de los años noventa— el crecimiento económico mundial ha estado impulsado principalmente por cuatro factores: el alza de Asia, la globalización, la estabilidad macroeconómica y la revolución financiera. Los cuatro contribuyeron a crear una de las etapas de expansión económica más importantes de la historia. Y, con ella, y como es lógico, el sistema se expandido e hizo más complejo (lo que, a su vez, aumentó la envergadura y la disposición a tomar riesgos).
Para Kaletsky fue allí donde realmente surgió el problema. ¿Quién reguló y vigiló esa expansión? Nadie. “Desde la revolución de Thatcher y Reagan”, afirma el autor, “los líderes empresariales, los economistas académicos y los políticos conservadores decidieron descartar realidades históricas elaboradas por sociólogos y politólogos a favor de suposiciones simplificadas de ideólogos fundamentalistas del mercado”. En pocas palabras, la ecuación se volteó de cabeza y la política comenzó a supeditarse a la economía; el gobierno se convirtió en el blanco favorito de la clase política.
El clímax se alcanzó durante el Gobierno de George W. Bush, muy en particular, durante los años de Henry Paulson al frente del Tesoro. Al que Kaletsky culpa, de manera individual, por la profundidad y el alcance de la crisis: “resultó ser el político más incompetente en la historia de Estados Unidos”. ¿Por qué? “Porque se rehusó a reconocer que el capitalismo depende de una simbiosis entre una empresa privada eficaz y un gobierno eficiente que en algunos casos tiene la obligación de intervenir en los mercados”.
Y remata con esta dulce ironía: “un Secretario del Tesoro y ex presidente de Goldman Sachs estuvo más cerca de destruir el sistema capitalista que Marx, Lenin, Stalin y Mao Tse-Tung combinados”.
La duda, ahora, es saber si la lección realmente se aprendió.




