Al Gore y sus obstáculos hacia la Casa Blanca

A cuatro días de las elecciones en EU, la prensa y la opinión pública no se explican qué está pasando con las preferencias electorales de los estadounidenses. Todo parece indicar que el próximo martes 7, el Partido Republicano podría recuperar la Casa Blanca después de una ausencia de ocho años.

Los Demócratas no lo saben. El mismo Al Gore no entiende cómo ocho exitosos años en la vicepresidencia no lo tienen 10 o 15 puntos arriba en las preferencias electorales. Se encuentra tan desesperado, que le atribuye su fracaso a la cercana relación que sostuvo con Clinton, por lo cual durante varias semanas se alejó radicalmente de él. Gore quiso demostrar que era su “propio hombre”, que no vivía bajo la sombra del mujeriego político sureño. El vicepresidente, incluso, se rehusó en varias ocasiones a tomarle las llamadas a su jefe y no le permitió que se involucrara en su campaña, aunque a Clinton poco le ha importado. En días recientes se ha lanzado a promover el voto a favor de Gore por su cuenta.

Una vez obtenida la candidatura del Partido Demócrata, Gore creyó tener las llaves de la Casa Blanca en el bolsillo, y no era para menos. El político de Tennessee ha sido el segundo de uno de los presidentes más exitosos de que se tenga memoria, un genio político que nadie pudo detener. Si bien Clinton no pasará a la historia con el respeto de los estadounidenses, su habilidad política le ha bastado para que sea recordado como uno de los grandes líderes de Estados Unidos.

Clinton y Gore le dieron la vuelta a las finanzas, revirtieron un déficit de más de 200.000 de dólares, heredados por el padre del ahora candidato republicano, en superávit, durante los dos últimos años de gobierno. La Bolsa de valores ha dado los rendimientos más altos de la historia y ha motivado a más de 50 por ciento de los estadounidenses a poseer acciones en compañías que cotizan en Bolsa, financiando así a la industria informática, sector mediante el cual Estados Unidos tiene asegurada su hegemonía mundial por lo menos un par de decenios más.

Gore, si bien no es el “padre de Internet”, como en un principio afirmó, sí ha sido el impulsor de las leyes que permitieron que la red de principios de los noventa, con quince millones de usuarios, se haya convertido en la Internet de los casi 500 millones de personas de hoy. El vicepresidente también ha sido uno de los principales promotores de la legislación ambiental, experto en temas relacionados con el medio ambiente, la conservación y el desarrollo sustentable; aunque esto de poco le ha servido en sus aspiraciones políticas. En las últimas semanas, la mayor parte del voto liberal, especialmente el de California, estado vital en cuanto a los votos electorales que representa, ha sido arrebatado a Gore por un hombre del que hasta hace unas semanas nadie sabía nada: Ralph Nader, candidato del Partido Verde.

¿Qué sucede con Al Gore? ¿Por qué se niegan a votar por alguien que ha hecho su trabajo al pie de la letra? ¿ Por qué, si su índice de aprobación -termómetro político de Washington- es superior a 60%?

Precisamente por eso, porque hace todo como debe, porque la frialdad y perfección de su carácter no le permiten equivocarse, porque sus discusiones dejan poco espacio para la improvisación y el humor, características tan apreciadas por los electores. Porque, en pocas palabras, es todo lo contrario a Clinton, inclusive al mismo Bush, quien presume su capacidad para improvisar, para aprenderse de memoria la historia de conflictos enteros (en este caso, el conflicto palestino-israelí). Todo lo contrario al animal político de Aristóteles que se apasiona y divierte cuando está cerca del poder. Gore, en su exagerada racionalidad, se hunde ante un rival que no distingue entre Eslovaquia y Eslovenia, lo cual hasta lo enorgullece, identificándose así con la gran mayoría de los estadounidenses que no son capaces de ver más allá de las fronteras de su país, si no es que de su mismo estado.

Así pues, el electorado no está buscando en el sucesor de Bill Clinton al político más capaz. Los electores estadounidenses, todo parece indicar, buscan a un hombre que pueda entretenerlos los próximos cuatro años, al que puedan exprimirle todo, hasta su pasado, y así pasar el cuatrienio ridiculizando desde sus primeros contactos con la mariguana, hasta indagando lo que hizo en cada uno de sus diferentes affairs. Para ello, la personalidad de Gore es demasiado aburrida, seria, responsable. Con el vicepresidente, por el contrario, pocos serían los escándalos, no produciría para las grandes cadenas los millones de dólares que pudiera representar un potencial affair entre el presidente y la modelo del momento (Kennedy), o el de un espía que no podía parar de escuchar las conversaciones de sus contrincantes (Nixon), o el de un actor convertido en presidente (Reagan), o el de aquél a quien a pocos meses de terminar su mandato le siguen saliendo viejos romances. Gore jamás sería un presidente capaz de entretener a los estadounidenses, detalle tan importante para un pueblo cuya industria más prolífica es precisamente ésa, la del entretenimiento.

En fin, a esperar si el próximo 7 de noviembre los estadounidenses votan con la cabeza o con esa insaciable necesidad de entretenerse. Y para el resto del mundo, que no podemos votar, ¡qué Dios nos agarre confesados!