Afortunado Gore

George Walker Bush se convertirá en el cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos de América y a diferencia de lo que tradicionalmente significa convertirse en el líder del país más poderoso del mundo, en esta ocasión y ante las circunstancias y resultados en los que se desenvolvió la pasada elección, Al Gore es el perdedor más afortunado de la historia.

La elección del pasado 7 de noviembre pasará a los libros de historia como uno de los procesos democráticos más complicados y confusos de la historia norteamericana. El hasta entonces tan confiable sistema electoral colegiado se vino abajo por algo que los Founding Fathers (creadores de este sistema) nunca se imaginaron: unas elecciones excesivamente cerradas. De aproximadamente 100 millones de votos, el ganador del voto popular (Gore), se llevó 539.947 votos más, es decir, el 0,005 por ciento del electorado.

Por otra parte, la participación de los medios electrónicos ­­–especialmente las cadenas televisivas– sentará un precedente en cuanto a desinformación y falta de responsabilidad en lo que a su cobertura se refiere. Las televisoras manejaron con grave irresponsabilidad la información emitida durante la tarde del 7 de noviembre; se aventuraron a determinar el ganador de cada estado apoyándose únicamente en los resultados parciales de las encuestas de salida, errando así en varias ocasiones, incluyendo el decisivo estado de Florida. Con esto contribuyeron en convertir a Florida en el centro de una batalla política que dejó hondas huellas en el corazón del sistema democrático norteamericano.

El resultado de la elección y el tiempo que transcurrió antes de que se conociera al ganador no pudieron haber sido más desfavorecedores para las aspiraciones del nuevo inquilino de la Casa Blanca. W, como también se le conoce a Bush, será el primer Presidente emanado de las cortes y no de las urnas. La decisión final fue tomada por nueve jueces y no por los más de 100 millones de votantes que acudieron a las urnas. Sin duda, su Presidencia estará marcada por el constante cuestionamiento a su legitimidad, factor tan importante en cualquier democracia representativa. ¿Qué podría ser más ilegítimo que gobernar sin el consenso popular? Por otra parte, Bush tiene que enfrentar el hecho de no haber sido el candidato más votado; su triunfo se lo debe a un sistema electoral creado hace nada menos que 200 años por un grupo de personas cansadas del centralismo y abuso de poder británico.

Asimismo, el resultado de la elección y los conflictos postelectorales dejan al país más dividido que nunca. Ambos partidos ya dan señales de que asumirán posturas irreconciliables (la selección del gabinete fue una clara muestra de lo que podremos esperar durante los próximos cuatro años: un indudable predominio de los sectores más derechistas de los republicanos). De no existir voluntad por parte de los demócratas, el proceso legislativo podría quedar prácticamente bloqueado en ambas cámaras, especialmente en el Senado, el cual quedó dividido por mitad, 50 demócratas y 50 republicanos. La división es especialmente peligrosa. A diferencia de los últimos periodos presidenciales en donde la agenda nacional giraba alrededor de la política exterior, en esta ocasión las condiciones mundiales no son las mismas en las que Clinton tuvo sus días de gloria. A más de 10 años del derrumbe socialista, se comienza a gestar una nueva configuración geopolítica en donde no es recibido con mucho agrado el papel central que tienen los norteamericanos. La comunidad internacional se encuentra cada vez menos dispuesta a seguir aceptando la injerencia política y económica por parte de éstos. Sin duda, esto obligará a que la Presidencia de Bush centre su atención en la política interior. Precisamente de aquí es de donde surgirá la dificultad para cohesionar los intereses que quedaron tan divididos después de esta elección. Temas como la seguridad social, la defensa nacional de misiles, el gasto militar, la reforma fiscal y la propiedad de armas de fuego, requerían de una clara mayoría de alguno de los dos partidos en el Congreso para que se resolvieran. En las condiciones actuales, poco será el avance que se haga en estas importantes materias durante los próximos cuatro años.

Así pues, la tarea de Bush no será nada fácil. Se convierte en el líder de un pueblo que no le dio el respaldo para ser Presidente. Tendrá la obligación de lograr consensos en un Congreso partido por mitad. Es el responsable del aterrizaje final de la economía estadounidense y de él dependerá si el aterrizaje es lento y seguro o si termina siendo brusco y caótico. En este mismo frente económico también tiene la responsabilidad de acabar de desinflar la burbuja bursátil en Wall Street, así como de nombrar al sucesor de un personaje que ha sido indispensable para capitalizar el avance económico en los últimos 10 años: Alan Greenspan –o Maestro, como lo llama Bob Woodward–, jefe de la Reserva Federal. De fallar en su selección, el “sueño americano”, que ha caracterizado la vida de muchos norteamericanos en los últimos años, se convertiría en un lejano recuerdo.

A fin de cuentas, la victoria de Bush fue el mejor desenlace para Gore; haber tomado las riendas del país en medio de esta crisis de legitimidad y la división política que ella dejó hubiera sido una empresa prácticamente insuperable para el político sureño. No será a Gore a quien le corresponda competir contra el legado, difícilmente superable, que dejó Clinton. Tampoco será culpado por la evidente desaceleración de la economía ni por todo lo que pueda resultar de la crisis política que ha resultado de esta elección. Gore, si sigue asumiendo la derrota con responsabilidad y se mantiene presidenciable durante los próximos cuatro años, bien podría ser el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos. Finalmente, la historia le favorece. En las ocasiones anteriores en donde el voto electoral decidió la elección en contra del voto popular (casos Tilden-Hayes en 1876 y Cleveland-Harrison en 1888), o donde la legitimidad de la elección fue gravemente puesta en duda (caso Kennedy-Nixon en 1960), los perdedores en ese momento terminaron siendo presidentes unos años después.