La lección que EE UU no ha aprendido

Mañana Estados Unidos abandona oficialmente el tratado sobre seguridad colectiva más importante de los últimos 50 años. De manera unilateral y en contra de recomendaciones políticas, científicas y militares, el gobierno de George W. Bush hace realidad uno de los proyectos consentidos del sector más conservador de la derecha norteamericana: la abrogación del Anti-Ballistic Missile Treaty (firmado con la ex Unión Soviética en 1972 y de ahora en adelante referido como ABM) y el subsiguiente desarrollo del Escudo Nacional Antimisiles. Al abrogar el tratado que ha evitado el uso de armas nucleares en los últimos 30 años, la administración Bush demuestra no haber aprendido la lección más importante de los atentados del pasado 11 de septiembre: ni el ejército más poderoso de la tierra ni la capacidad nuclear para destruir 10 veces el planeta, pueden garantizar que Estados Unidos no vuelva a ser atacado con igual o más fuerza.

Al abrogar el tratado que se erigía como pilar del resto de los acuerdos sobre seguridad nuclear, el gobierno de George W. Bush apuesta por una fórmula de seguridad nacional unilateral y aislacionista que pone en juego su legitimidad y debilita su credibilidad. Antes de abrogar el tratado, el gobierno norteamericano tenía varias opciones –modificación de artículos específicos, renegociación conjunta del tratado, et al.–, de las cuales el mismo Secretario de Estado, Colin Powell, era partidario.

Sin embargo, un reducido grupo de funcionarios cercanos al Presidente decidieron perseguir un proyecto creado en plena Guerra Fría, favorito de Ronald Reagan, y al que llamaban Star Wars. Aunque oficialmente la política exterior del gobierno norteamericano busca activamente enterrar la mentalidad de la Guerra Fría, no ha titubeado en renunciar al tratado más importante sobre seguridad nuclear con el fin de implementar un Escudo Nacional Antimisiles que es, por antonomasia, el proyecto incumplido de la Guerra Fría.

El proyecto del Escudo Nacional Antimisiles, o Star Wars, se basa en construir un “paraguas” que proteja al territorio estadounidense de un posible ataque nuclear. El desarrollo de este proyecto ha estado detenido por el Tratado ABM. Este último, buscando mantener el balance entre los arsenales nucleares, impide desarrollar cualquier tipo de sistema nacional de defensa.

La gravedad de esta abrogación, en el contexto del nuevo orden mundial post 11-S, trasciende lo estrictamente relacionado a las políticas nucleares y de seguridad nacional  –al menos entendida esta última en los términos clásicos–; a partir de esa fecha emerge una nueva dimensión en las políticas de seguridad nacional que no se mide ni en cabezas nucleares ni en millones de dólares; es mucho más sutil e imperceptible.

De esta forma, la abrogación del citado tratado manda un peligroso mensaje que advierte que Estados Unidos, lejos de haber entendido los ataques como un fenómeno complejo y polifacético –en el que de alguna manera tuvo que ver–, los ve, como ha solido ver las amenazas a su seguridad nacional, con el tradicional maniqueísmo en el que todo se reduce a buenos vs. malos.

Aunque la abrogación del tratado se rumoraba desde antes del 11-S, el gobierno de Bush aprovechó los meses posteriores a los ataques, en los que cualquier cuestionamiento a las decisiones del gobierno eran criticadas por antipatrióticas, para renunciar a un tratado que era un símbolo importante de la cooperación internacional.

El pragmatismo político norteamericano, que ha jugado a su favor en tantas ocasiones, puede voltearse en su contra en ésta. La respuesta que Estados Unidos de a largo plazo –más allá de la intervención en Afganistán y la guerra contra el terrorismo– va a ser la que verdaderamente determine las características del nuevo orden mundial; las opciones van desde un sistema internacional balcanizado a uno que se fundamente en el Derecho Internacional y la cooperación. Me atrevería a decir que el establecimiento de este sistema es el nuevo reto generacional para Estados Unidos. La historia recordará estos próximos años como un punto de inflexión en el que o Estados Unidos logra entender el reto histórico y se afianza en el poder o se aísla y comienza a perderlo paulatinamente.

Estados Unidos podrá seguir ejerciendo el rol de hegemón sólo si logra interpretar correctamente, con una sensibilidad que vaya mucho más allá de un raciocinio estrictamente político/económico, el significado del 11-S y lo que el sistema internacional demanda de la superpotencia. Los estadounidenses –sociedad civil y gobierno–  tendrán que aprender que ningún ejercicio de poder viene sin costos, especialmente el norteamericano, que se extiende por todo el planeta. Su grado de involucramiento actual (manejado principalmente a través de los mercados financieros y la economía) tendrá que dar un giro para que pasen de relaciones estrictamente comerciales a relaciones interculturales simétricas. Hasta ahora, la sociedad norteamericana ha reflexionado poco  sobre la responsabilidad que conlleva vender un estilo de vida que está siendo asumido, o al menos intentando ser asumido, desde la Bagdad de Hussein hasta la Selva Lacandona de Marcos. A principios del siglo XXI, el american way of life, es, para bien o para mal de los estadounidenses, el modelo de referencia para gran parte de la humanidad.

La sociedad norteamericana ha sido lenta para entender el choque cultural y las tensiones sociales que está causando este fenómeno iniciado por ella. A diferencia de muchos otros problemas que han enfrentado en el pasado, el sistema internacional post 11-S requiere que ofrezca una respuesta que vaya mucho más allá de la tradicional costumbre de ofrecer soluciones técnicas (en donde Estados Unidos es el gran campeón) a problemas sociales. Su admirable dominio de la técnica juega en su contra en esta ocasión; ni un Escudo Nacional Antimisiles, ni una novedosa receta macroeconómica y ninguna solución one size fits all le brindarán mayor seguridad. Al menos no del tipo que necesita después del 11-S.

En esta ocasión, una solución al estilo Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial, o la liberación de Kuwait en 1991, no le serán suficientes. Estados Unidos tendrá que aprender que no todo tiene una solución técnica; de no darle la dimensión justa al alcance de sus capacidades tecnológicas, seguirá engañándose así mismo con un falso sentido de progreso.

Aunque la decisión del gobierno de George W. Bush del pasado 13 de diciembre (que se hace efectiva mañana) de abrogar el Tratado ABM es un paso en la dirección equivocada, existen norteamericanos, dentro del mismo gobierno (por ejemplo el Secretario de Estado, Colin Powell), que entienden mejor el reto monumental al que se enfrenta la última superpotencia. Esperemos que, tomando en cuenta que lo que está en juego es el paradigma estadounidense mismo, la sociedad norteamericana responda al reto con la agilidad y grandeza que la han caracterizado en los momentos más críticos de su historia.