Super martes

Después de 12 primarias, 10 “caucuses”, 10 aspirantes iniciales y casi un año de buscar incansablemente el apoyo de las bases del Partido Demócrata, los cuatro precandidatos que aún quedan en la disputa por la nominación presidencial se enfrentan este 2 de marzo en una jornada decisiva, llamada súper martes, que muy probablemente determine quién será el candidato.

El proceso para la nominación demócrata empezó hace casi dos años, el 31 de mayo de 2002, cuando un peculiar y poco conocido político, de nombre Howard Dean -quien es médico de profesión- anunció su interés por buscar la nominación. En un principio no se le dio mucha importancia y se tomaron con poca seriedad las aspiraciones del hasta ese entonces gobernador de Vermont: no tenía ningún reconocimiento nacional y contaba con un fondo de campaña de sólo 85 mil dólares.

A lo largo de 2002 y 2003, Dean visitó Iowa y New Hampshire (sedes del comienzo del proceso de nominación y vitales para tener posibilidades en el resto de las primarias) en repetidas ocasiones, con la intención de conseguir apoyos y empezar a construir la base de un movimiento nacional. Hasta ese entonces había jugado un papel de bajo perfil sin conseguir sumar ningún apoyo o respaldo significativo.

El momento decisivo de su búsqueda por la nominación vino el 15 de marzo de 2003 en un discurso ante la Convención Demócrata en California donde sin más reparo dijo: “Soy Howard Dean y estoy aquí para representar el ala demócrata del Partido Demócrata+ Quiero saber por qué tantos demócratas están votando a favor del ataque unilateral de Bush”.

De manera instantánea, este discurso lo propulsó a la cabeza de las preferencias al oponerse frontalmente a la guerra y sedujo a un sector importante del Partido Demócrata, sediento por un discurso más confrontativo, que se diferenciara claramente de la administración republicana. Tres meses después Dean había recaudado 7.6 millones de dólares y encabezaba todas las encuestas.

La campaña de Dean, dirigida por un astuto jefe de campaña que logró montar una auténtica máquina de recaudación a través de internet, rompió los esquemas de las campañas tradicionales y se volvió la conciencia del Partido Demócrata, con su crítica repetida al ala moderada. En pocos meses, Dean logró convertirse en el símbolo del descontento hacia Bush.

Los otros ocho contendientes a la nominación, que iban desde miembros del establishment político de Washington (John Kerry, Richard Gephardt y Joe Liberman) hasta un ex general (Wesley Clark) y un reverendo (Al Sharpton), parecían no tener nada que hacer ante la energía y empuje de Dean, quien terminó el 2003 como favorito en todas las encuestas, con más fondos que cualquier otro candidato y con el respaldo de una de las figuras más importantes del partido: el ex candidato a la Presidencia Albert Gore.

Pero así como subió, Dean cayó. Después del caucus de Iowa (que marcó el inicio formal del proceso de nominación) a mediados de enero, en donde Dean quedó en un distante y decepcionante tercer lugar, el doctor de Vermont cometió “harakiri” político con su ya famoso grito de Iowa.

Aunque las cosas ya no iban bien para ese entonces, el incidente terminó por asustar y alejar a muchos de los votantes que en algún momento simpatizaron con él. La mayor parte de la prensa estadounidense coincide en atribuir la estrepitosa caída de Dean a que cuando el electorado demócrata se dio cuenta que el candidato que nominaran tenía posibilidades reales de ganarle a Bush -gracias en gran parte a la energía e ímpetu que logró inyectar la campaña de Dean-, les pareció que no era el más “elegible”. Le hacia falta un “aura” presidencial, pensaban los electores.

Si en verdad quería sacar a Bush de la Casa Blanca, el Partido Demócrata necesitaría un candidato menos temperamental y voluble. Una frase que circuló en varios sitios de internet sobre temas políticos resume muy bien el idilio de los demócratas con su candidato: “Salí con Dean, me casé con Kerry”. De entonces a la fecha los candidatos han sido sometidos a un largo y extenuante proceso de votaciones regionales, que ha dejado a más de la mitad de ellos en el camino.

A estas alturas quedan cuatro candidatos todavía buscando oficialmente la nominación, aunque sólo dos tienen posibilidades reales de ganar. Durante la jornada de este martes habrá elecciones en 10 estados (California, Connecticut, Georgia, Maryland, Massachusetts, Minnesota, Nueva York, Ohio, Rhode Island y Vermont) que elegirán a mil 406 de los 2 mil 162 delegados necesarios para lograr la nominación.

En los 10 cuacuses y 12 primarias que se han llevado acabo se han escogido a sólo mil 81 delgados de los 4 mil 322 que nominarán al candidato en la Convención Demócrata en Boston a finales de julio.

Después de que Dean abandonó sus aspiraciones por la nominación, el pasado 18 de febrero, la carrera se redujo a los senadores John Kerry y John Edwards. El primero por Massachusetts y el segundo por Carolina del Norte, no podían tener perfiles más distintos.

Kerry, católico, hijo de un ex diplomático estadounidense que tuvo varias misiones en Europa, fue educado primero en un internado en Suiza y luego en algunas de las escuelas más elitistas de Nueva Inglaterra. Después de terminar la universidad en Yale, se enlistó voluntariamente en la Marina y se fue a Vietnam.

En 1984 Kerry fue electo al senador por Massachusetts y desde entonces ha sido reelegido en tres ocasiones (este año cumple 20 años de carrera en el Congreso). Principalmente, su discurso de campaña se ha centrado en la seguridad nacional y en su experiencia en política exterior.

Edwards, por su parte, es metodista, sureño, hijo de un obrero y una empleada del servicio postal, y toda su vida asistió a escuelas y universidades públicas. Al terminar la universidad empezó una exitosa y lucrativa carrera como abogado, presentando demandas por daños y perjuicios. En 1998 decidió dejar las cortes y lanzarse a la política como senador. El año pasado renunció a buscar la reelección y anunció su búsqueda de la candidatura. El tema predominante en su campaña ha sido la creciente división de Estados Unidos en lo que él llama las “dos Américas”: una, la de los intereses empresariales y las grandes fortunas; y otra, de los obreros y los ciudadanos comunes y corrientes.

Es debido a estos perfiles tan distintos y a los intereses diversos que cada uno representa (Kerry al norte y a la experiencia en seguridad y política exterior; Edwards al sur y a los intereses laborales y progresistas) que en las semanas recientes se ha comentado la posibilidad de que si Kerry gana la nominación, éste le pida a Edwards que sea su compañero de fórmula en la elección general.

Con 20 de las 22 primeras elecciones ganadas, el apoyo de la central sindical más grande del país (AFL-CIO, de 13 millones de miembros), las encuestas y la historia a su favor (ningún candidato que haya ganado Iowa y New Hampshire ha perdido la nominación), Kerry podría asegurar su nominación en el súper martes. Si después de ésta, Kerry y Edwards logran resolver sus diferencias, es muy probable que pronto veamos a ambos en una misma boleta compitiendo por la Presidencia y la Vicepresidencia de Estados Unidos.