¿Por qué ganó Bush?

Una primera lectura a los resultados de la elección presidencial permite llegar a la conclusión de que por encima de muchos de los temas que se tocaron a lo largo de la campaña, uno en particular ha sido el decisivo y el que mejor describe lo que estaba en la mente de los electores cuando reeligieron a George Bush el martes pasado: los llamados valores sociales y morales; al final de cuentas, la elección se decidió por el candidato que, desde el punto de vista de los electores, demostró tener la mayor claridad y congruencia moral.

Al repasar los resultados que arrojan los primeros conteos y algunas de las encuestas de salida, podemos llegar a dos simples conclusiones: primero, que una gran cantidad de gente salió a votar –el mayor porcentaje desde la elección de 1968– y, segundo, que la gente que votó no lo hizo satisfecha con el record de Bush.

Si tomamos en cuenta algunas de las cifras que arrojan las encuestas semanales que se estuvieron realizando a lo largo de la campaña, podemos obtener mayor perspectiva al respecto. Desde principios de este año, el índice de aprobación del presidente registró cifras menores al 50%; la misma semana previa a la elección, a la pregunta si se estaba satisfecho con el desempeño de Bush, éste sólo logró un 43% de aprobación; sobre el rumbo del país, sólo el 38% de los electores estaban satisfechos; o, sobre el divisivo tema de Irak, sólo el 51% de los electores apoyaban la forma en la que el presidente ha manejado el conflicto.

No, Bush no fue reeligido porque los electores estuvieran satisfechos con el trabajo que ha hecho a lo largo de los últimos 4 años.

Varios factores contribuyeron a la reelección del presidente, pero, el que sin duda explica con mayor contundencia los sorpresivos 3 millones y medio de votos que separaron a los dos candidatos, es el de los principios, la moral y la capacidad que tuvo el presidente para hacer de esta elección una elección entre dos maneras de concebirlas.

John Kerry, desde antes de ser elegido candidato de su partido, ya había sido estigmatizado como un político oportunista sin principios. El crédito se lo llevan los estrategas republicanos, que con gran pericia lograron, desde muy temprano en la elección, convertir la campaña en una competencia por demostrar cuál de los candidatos tenía mayor claridad y congruencia moral. Los asesores de presidente, conscientes de las debilidades de Bush y de su record en temas como la economía (déficit de 420 mil millones), la perdida de empleos (más de un millón de empleos perdidos desde 2001) o Irak, fueron muy hábiles para “protegerlo” y reenfocar la atención en el contrincante y sus contradicciones. Prácticamente desde el inicio de la campaña, ésta se convirtió en una elección entre un “presidente de Guerra” con decisión y coraje y un senador sin la determinación suficiente para ganar la guerra contra el terrorismo, que titubeaba constantemente y que, por tanto, ponía en riesgo la seguridad del país.

Las cifras que se conocen hasta el momento sobre quién votó el pasado martes son un claro indicativo del porqué ganó Bush. No sólo se trató de su poder de convocatoria con la base republicana, también logró llevar a las urnas a un sector de la derecha religiosa que no vota con frecuencia y que en esta ocasión fue movilizado en masas. Entre las principales congregaciones movilizadas estuvieron los cristianos evangélicos –sólo en los denominados swing states representaron millones de votos–. Entre algunas de las estrategias utilizadas para llevarlos a las urnas, hubo una particularmente astuta: lograron que en 11 estados, varios de ellos indecisos, se incluyera en la papeleta una consulta sobre si se debería prohibir el matrimonio entre los homosexuales. En  todos –entre ellos Ohio– ganó la prohibición por abrumadora mayoría. Muchos de estos grupos estaban más motivados por votar para prohibir el matrimonio entre homosexuales que en hacerlo por el presidente; pero, ya en la casilla y ante la elección entre la moral de Bush y la de Kerry, no tuvieron ninguna duda. Este grupo de votantes fue determinante para el triunfo de Bush; una de las relaciones más claras que se pueden establecer con los datos de las encuestas de salida es entre el candidato que eligieron y la frecuencia con la que los votantes asisten a la Iglesia: de las personas que asisten una vez a la semana, 64% votaron por el presidente; de las que nunca lo hacen, 62% votaron a favor de Kerry.

Al final de cuentas, no se votó tanto por las propuestas y los programas de los candidatos, sino, por dos maneras diferentes de concebir la moral pública de cada uno de ellos: una religiosa y absoluta –con afirmaciones contundentes, aunque se sepan equivocada– y otra moderada con grises intermedios –que no siempre tiene respuestas tajantes e inmediatas–. La ironía del segundo gobierno de Bush será que el mandato electoral, que él mismo ya dijo tener, no fue obtenido por la satisfacción de los electores con sus primeros cuatro años de gobierno; el voto del martes fue más un voto de aprobación a la moral de Bush –o de castigo a la de Kerry, como se quiera ver–. Sin embargo, por la contundencia de la victoria y con el antecedente de la elección del año 2000 en mente –en la que el presidente no ganó el voto popular–, el  nuevo gobierno de Bush se sentirá que la gente le dio su confianza y le emitió un cheque en blanco.

La votación demostró que el partido republicano tiene un monopolio de facto sobre los temas relativos a la moral. En ningún momento a lo largo de todo el siglo XX estuvo el movimiento conservador estadounidense en mejor posición que en la que queda después de esta elección.