Bush 2005-2009

La segunda administración de George W. Bush comienza de manera oficial el próximo 20 de enero; siendo éste uno de los presidentes más divisivos y controversiales de las últimas décadas –tanto a nivel interno como externo–, son muchas las especulaciones que se hacen sobre cuál será la forma de su nuevo gobierno y dónde estarán las prioridades de éste. Las opiniones, tanto internacionales como nacionales, están igualmente divididas: entre aquellos que piensan que Bush es el líder que Estados Unidos y el mundo necesitan y aquellos que cruzaron los dedos el 2 de noviembre esperando que éste no fuera reelecto.

Debido al peso que tienen las acciones de Estados Unidos en el sistema internacional y la importancia de éstas para la mayor parte de los países en el mundo, es importante alejarnos por un momento de los prejuicios y estigmas que marcaron a la primera administración, para así poder buscar claves sobre la segunda y sobre aquellos temas que pueden marcar una diferencia importante entre ellas. Partir de que la segunda administración será una repetición de la primera impedirá entender y evaluar con objetividad al nuevo gobierno; si se quiere comprender a éste, será necesario, primero, no asumir que la segunda administración tendrá el mismo modus operandi que la primera y, segundo, saber que los temas que moverán políticamente a Estados Unidos a lo largo de los próximos cuatro años serán otros.

La situación del país es muy distinta en este comienzo de 2005 que cuando Bush llegó a la Casa Blanca: desde entonces el país sufrió el peor ataque terrorista de su historia, inició dos guerras de gran escala, terminó uno de los ciclos de expansión económica más largos de su historia y revertió un superávit fiscal de más de 200.000 millones de dólares en un déficit de más de 400.000 millones de dólares.

Con un clima económico y político tan diferente al de comienzos de 2001, la pregunta se vuelve entonces, ¿dónde estarán las prioridades de esta nueva administración y cómo afectarán éstas al resto del mundo?

Comencemos por el controversial tema de la política exterior. Parece improbable que Estados Unidos utilice la misma estrategia que usó en los últimos años; atada a la crisis de Irak, su política exterior estará condicionada por un cada día más complicado conflicto en ese país que le impedirá tener la movilidad que quisiera en los otros frentes de sus relaciones internacionales. Si Estados Unidos sale de Irak anticipadamente, el costo político será muy alto, especialmente en el tema del cuestionamiento a su capacidad para asumir un papel de liderazgo mundial; si se queda, el costo militar y la desmoralización de sus tropas y de la opinión pública también los pagará caros. Por tanto, y tomando en cuenta la coyuntura en la que inicia la segunda administración, ésta podrá aspirar, en el mejor de los casos, a reducir la violencia en Irak y hacer un traspaso efectivo de responsabilidades a las autoridades locales hacia finales del cuatrienio. En los otros frentes de la denominada guerra contra el terrorismo, Estados Unidos no podrá hacer otra cosa que seguir presionando a los llamados rouge states –Irán y Corea del Norte principalmente– para que abandonen sus programas nucleares. Aunque, en ambos casos, es importante mencionar, una intervención militar está prácticamente descartada: Estados Unidos no tiene el personal militar ni el apoyo internacional para intentar ningún tipo de acción bélica. En Oriente Próximo, aunque tendrá que involucrarse más, le cederá la iniciativa, como ya lo ha hecho, a Gran Bretaña.

Entonces, si la segunda administración comienza con una política exterior restringida –anclada al tema de Irak–, que le quitará movilidad en el resto del plano internacional, ¿cuál será el tema de la agenda que tenga el mayor impacto sobre la política internacional?

El de sus finanzas públicas. Ensombrecido a lo largo de los últimos cuatro años por la preponderancia de la política exterior, el tema del deterioro de las finanzas públicas de Estados Unidos recién comienza a ser apreciado en su justa magnitud (descontando las advertencias semanales que el economista Paul Krugman ha hecho a sus lectores en The New York Times). En este comienzo del segundo mandato, pocos temas tienen el potencial de causar tan serios daños al sistema internacional como los que provocaría que Estados Unidos perdiera el control de sus déficits gemelos –más de 600.000 millones en cuenta corriente y más de 400.000 millones en términos fiscales–. Después de  cuatro años al frente del gobierno, George W. Bush deja un balance económico que no es la envidia de ninguno de sus predecesores: estancamiento generalizado en los principales índices bursátiles, pérdida de más de 200 mil empleos netos, un dólar a la baja que amenaza con hundirse más y los dos déficits ya mencionados.

La estrategia de la administración, guiada por una fe absoluta en la eficiencia de los mercados, se ha centrado en la reducción masiva de impuestos a los estratos económicos más altos para promover, según justifica el gobierno, la recuperación económica vía el incentivo a la empresa y el subsecuente aumento de la actividad económica (lo que se conoció en la época de Ronald Reagan como trickle down economics o la creencia de que el mejor método de redistribución es beneficiando a las clases altas para que a través de éstas se extiendan los beneficios económicos hacia abajo). Después de haber logrado tres grandes recortes fiscales en los últimos cuatro años –dirigidos principalmente al 1% más rico de la población–, los resultados de la gestión económica son decepcionantes: la recuperación sigue siendo muy frágil, las desigualdades aumentan y no se ha logrado siquiera llegar a los niveles de empleo que dejó Clinton –en total se han perdido alrededor de 2 millones de puestos de trabajo (contra los 22 millones que creó Clinton), el peor récord de los últimos 70 años–.

Entre otras consecuencias, los déficits gemelos han aumentado año con año de manera sustancial: el de cuenta corriente se sitúa en el 6% del PIB, mientras que el fiscal alcanza el 4,5%. Pero, ¿qué estrategias está usando la administración para financiarlos? Esencialmente dos: emitiendo deuda (bonos) –adquiridos principalmente por los bancos centrales de China y Japón para mantener la paridad de sus monedas– y apoyando extra oficialmente una política de dólar débil (buscando abaratar sus exportaciones y encarecer sus importaciones). En total, Estados Unidos necesita atraer 2.000 millones de dólares diarios de los mercados internacionales para solventar sus finanzas.

Ambas políticas son altamente riesgosas –debido al estatus de moneda reserva que tiene el dólar– y podrían, de perder control el Tesoro, desestabilizar seriamente el orden económico internacional. El ex presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, afirmó recientemente que una crisis del dólar de gran magnitud tiene un 75% de probabilidades de suceder en los próximos 4 años. El impacto que esto tendría sobre la economía mundial no hace falta mencionarlo.

Hasta ahora, los planes económicos de la nueva administración prometen profundizar las reformas del primer periodo de Bush. Su prioridad se centra en la creación de lo que Bush denomina una ownership society –el desmantelamiento de las instituciones del New Deal básicamente– a través de tres estrategias: privatizar la seguridad social, hacer permanentes los recortes de impuestos y simplificar el código fiscal eliminando el régimen de impuestos progresivos para establecer un impuesto plano. Implementar los tres programas costaría miles de millones de dólares.

Si la nueva administración no toma medidas concretas en los próximos meses para revertir los déficits y sanear sus finanzas públicas, pronto nos podríamos enfrentar a una crisis de confianza del dólar sin precedentes que podría hacer que Bush sea recordado como el presidente que desestabilizó no sólo la política internacional de principios de siglo, sino también la economía.