La revolución Bush

La prueba más alta de virtud es poseer poder ilimitado sin abusarlo

—Lord Macaulay

La administración de George W. Bush, de una manera extremadamente veloz y efectiva ha redefinido la política exterior estadounidense y le ha dado todo un nuevo significado a la manera de hacer política desde la derecha. En sólo tres años la administración republicana ha declarado la guerra en dos ocasiones, ha despreciado o renunciado a cuatro tratados internacionales vitales para garantizar la seguridad mundial y ha violado gravemente las reglas del sistema multilateral de comercio. En suma, en este breve lapso de tiempo, el gobierno de Bush ha cambiado las reglas que han regido las relaciones internacionales a lo largo de los últimos 50 años. Pero, más allá de una discusión moral estéril acerca de la arrogancia y prepotencia de la administración republicana, ¿qué intereses han conducido las cosas por este camino?, ¿quiénes están detrás de estos cambios?, ¿están siendo motivados por intereses económicos, políticos, ideológicos?

Los cambios han sido tales que un estudio reciente de dos académicos de la Brookings Institution en Washington se titula America Unbound: The Bush Revolution in Foreign Policy. Esta “revolución” empezó desde que Bush asumió el poder en enero de 2001 y se aceleró enormemente después del 11 de septiembre. A partir de entonces y asumiendo quizá por primera vez el papel de hiperpotencia –como acertadamente la calificó el ex ministro francés Hubert Vedrine–, Estados Unidos ha redefinido su papel en el mundo. El problema con esta redefinición es que ha sido hecha en contra de algunos de los principios más importantes del derecho internacional y de su sustento teórico: la igualdad jurídica de los estados. La violación de estos principios por parte de Estados Unidos –el actor con mayor peso en el sistema internacional– supone un grave riesgo para la consolidación de la legalidad internacional y la posibilidad de regular jurídicamente la conducta de los estados en el plano supranacional.

Las causas de esta redefinición estratégica son múltiples, así como también son múltiples sus responsables. Inevitablemente, en primer término, es necesario hablar de la influencia de los denominados “neoconservadores”, aunque, como veremos, éstos no han sido los únicos que han influido. Para entender a fondo estos cambios en la política exterior estadounidense es necesario dejar de ver a la administración republicana como un ente monolítico que actúa y decide en base a los mismos intereses y entender los matices y las diferencias de las distintas visiones que han promovido los cambios. Mucho se ha escrito acerca de los objetivos maquiavélicos y unilateralistas que tiene el gobierno actual, pero poco se sabe sobre la forma y la sustancia en la que se han hecho estos cambios. ¿Quiénes son los denominados neoconservadores?, ¿en qué ha consistido realmente su influencia?, ¿son ellos los únicos responsables de los cambios que Estados Unidos ha adoptado en los últimos tres años?

El termino “neoconservador” se acuñó a mediados de los años setenta para hacer referencia a un grupo de funcionarios y académicos que solían congraciar con ideas de izquierda pero que, “debido a los excesos del sistema de bienestar y a la pérdida de confianza del poder americano después de Vietnam” giraron hacia la derecha. De esa época hoy no queda ningún miembro. Los actuales neoconservadores pertenecen a una “segunda generación” que está principalmente conformada por altos cargos de varias secretarías que son directamente responsables de planear la política exterior –tanto desde la perspectiva política como de la militar­–. Entre los miembros más influyentes del grupo está Paul Wolfowitz, antiguo decano de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins, subsecretario para la política de defensa en la administración de Bush padre, ex número dos del Pentágono y actual presidente del Banco Mundial (el semanario británico The Economist, sintiendo que era insuficiente describirlo como halcón, creó un nueva categoría especialmente para él: velociraptor); Stephen Hadley, asistente del Secretario de Defensa en asuntos de seguridad internacional con Bush padre y actual Asesor de Seguridad Nacional; Richard Perle (apodado “Príncipe de las Tinieblas”), asistente del Secretario de Defensa en asuntos de seguridad internacional con Reagan y ex miembro del Comité de Políticas de Defensa del Pentágono –sus últimas propuestas en política exterior se encuentran en su reciente libro An End to Evil: How to Win the War on Terror–; Douglas Feith, opositor desde los años setenta de cualquier acuerdo de control de armas, fue empleado de Perle en el Pentágono durante la administración de Reagan y fue subsecretario de Defensa para Política en el primer gobierno de Bush (su oficina fue la directamente responsable de hacer la planeación de la posguerra en Irak); y Robert Zoellick, subsecretario de estado para asuntos económicos con Bush padre, ex representante de Comercio y actual número dos en el Departamento de Estado.

En gran parte sí, son ellos los responsables de la invasión a Irak y de la insistencia de que Estados Unidos, antes que cualquier otro rol, ejerza un papel de potencia militar en el mundo. Pero, ¿cómo y a través de dónde han influido? La influencia especifica del grupo sobre las actuales políticas de la administración republicana se ha realizado principalmente a través de trabajos académicos hechos –mucho antes de que Bush asumiera la presidencia en enero de 2001– en centros de investigación privados (Think Tanks) y en el mismo Departamento de Planeación Política del Pentágono.

La mayor parte de los miembros del grupo llegaron a Washington a finales de los años sesenta y principios de los setenta invitados por altos funcionarios de las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford a trabajar en proyectos de defensa que se oponían a las políticas de contención y reducción armamentista. Formados en plena Guerra Fría, a la mayoría los marcó una época caracterizada por la amenaza del terror nuclear, la bipolaridad y la conspiración externa; fue en ese contexto donde desarrollaron una visión belicista de las relaciones internacionales. A través de los años y adaptando esta visión a la posguerra fría, le fueron añadiendo otro elemento que quizá es el que hoy realmente permite identificarlos como grupo y lo que justifica que el filósofo francés de origen búlgaro, Tzvetan Todorov, no los llame neoconservadores, sino, neofundamentalistas: la convicción de que la primacía de los valores judeocristianos se encuentran bajo amenaza exterior y que sólo se puede garantizar su supremacía a través del ejercicio y monopolio del poder militar.

A lo largo de los años ochenta y principios de los noventa los miembros entraron y salieron del gobierno (combinando sus funciones públicas con la academia y los negocios –varios de ellos trabajando directamente para el complejo militar-industrial,  como famosamente lo llamó el presidente Eisenhower–) sin participar en decisiones significativas de política exterior o militar. No fue hasta 1992, con la filtración de un reporte de alto nivel, poco antes de terminar la administración de George Bush padre, cuando por primera vez describen con precisión sus ideas y delinean el proyecto político que después promoverían a través de varios Think Tanks. El documento secreto se tituló Defense Policy Guidance y se supo de él por un borrador filtrado y publicado en The New York Times en mayo de 1992. Los autores del reporte fueron Paul Wolfowitz y I. Lewis (“Scooter”) Libby –actual portavoz del vicepresidente Cheney–, ambos eran en ese entonces parte del Departamento de Planeación Política del Pentágono. El documento fue escrito en un momento clave del reacomodo geopolítico que tuvo lugar al final de la Guerra Fría en donde Estados Unidos se redefinía estratégicamente. En ese contexto, el documento mencionado proponía una nueva política de defensa basada, entre otras cosas, en la preeminencia militar estadounidense sobre Europa y Asia y en prevenir a toda costa el surgimiento de cualquier potencia que pudiera disputar su dominio militar (en clara respuesta a la lección que los autores sacaron del enfrentamiento con la Unión Soviética). Para garantizar esta condición, se propuso por primera vez –10 años antes de ser adoptado oficialmente– el recurso del ataque preventivo. Así mismo, el documento sostenía que la OTAN debería ser mantenida como el instrumento de seguridad de Europa Occidental y el medio a través del cual Estados Unidos pudiera seguir influyendo en política europea. Aunque seguía apoyando la integración europea, el texto pedía explícitamente bloquear cualquier acuerdo intereuropeo en materia de defensa e insistía en que todo lo relacionado a defensa europea se canalizara a través de la OTAN.

De lo propuesto en el Defense Policy Guidance poco o nada se pudo hacer. Meses después de haber sido redactado terminó el gobierno de Bush padre y llegaron Clinton y los demócratas al poder con una visión muy distinta del papel que Estados Unidos debería jugar en el mundo. Fue hasta 1997 cuando el grupo que hoy se conoce como “neoconservador” decidió unir fuerzas y contrarrestar lo que consideraba una política exterior y de defensa “a la deriva”. Fue hasta ese entonces cuando se formuló un proyecto específico y se delinearon líneas de influencia concretas. Al grupo lo unía la convicción de que Estados Unidos, en su condición de líder del “mundo libre”, estaba dejando pasar la oportunidad de moldear el sistema internacional en base a sus intereses. Con esto en mente, el grupo se unió por primera vez alrededor de algo que denominaron The Project for the New American Century. En su declaración de principios el grupo manifestó que Estados Unidos había perdido el rumbo como líder mundial durante la presidencia de Bill Clinton y que para recuperarlo era necesario reformular tanto su política exterior como la de defensa. Para hacerlo, la breve declaración proponía recuperar el espíritu de la política exterior de Reagan: anteponer la claridad moral y respaldarla con una fuerza militar inigualable.

En septiembre del año 2000, en un documento mucho más especifico y detallado titulado Rebuilding America’s Defenses: Strategy, Forces and Resources For a New Century, el Project for the New American Century presentó su propuesta estratégica para Estados Unidos en el nuevo siglo. En su preámbulo y siguiendo con lo manifestado en los reportes anteriores, el documento sitúa como piedra angular de la estrategia global de

Estados Unidos impedir el surgimiento de cualquier potencia rival que pudiera representar un reto a sus intereses en el mundo.

Este documento representó un paso importante en una cadena de reportes y trabajos académicos que finalmente consolidó y unificó al grupo. A diferencia de los conservadores tradicionales, más preocupados por temas como la pérdida de valores sociales y familiares, la reducción del tamaño del gobierno y la disminución de misiones militares en el extranjero, a este nuevo tipo de conservador lo caracteriza, parafraseando el título del nuevo libro de Juan Luis Cebrián, un “fundamentalismo democrático”. El neoconservador tiene la convicción de que la libertad y los valores democráticos de Estados Unidos están bajo amenaza exterior y que para salvaguardarlos son necesarias dos cosas: asumir el liderazgo moral en el sistema internacional y respaldarlo con la disposición de hacer uso de la fuerza militar en contra de cualquiera que amenace estos valores o los intereses estratégicos del país. Entre las conclusiones más importantes del reporte se incluyen sugerencias especificas como: abandonar el Tratado Antibalístico de Misiles (piedra angular de la seguridad nuclear desde 1973 –se abandonó en junio de 2002–) para posibilitar la construcción del mítico proyecto reaganiano conocido como Star Wars (se encuentra ya en fase de pruebas), tomar control del espacio y del ciberespacio como medida estratégica, incrementar el gasto en defensa entre 15 y 20 mil millones de dólares al año y desarrollar una nueva familia de armas nucleares para enfrentar los “nuevos requerimientos militares”. El reporte concluye que para preservar la “pax Americana” es necesario que el orden mundial se sustente en la “incuestionable preeminencia militar estadounidense”.

Y así llegamos al gobierno de George W. Bush. Después de criticar en campaña el involucramiento de Estados Unidos en conflictos que no afectaban sus intereses nacionales, Bush candidato prometió retirar al personal militar norteamericano de intereses no esenciales y de no volver a involucrarse en operaciones de lo que se conoce como Nation Building. Hasta ese momento, las ideas que tenía Bush y su equipo de política exterior distaban mucho de los intereses neoconservadores. Sin embargo, a sólo nueve meses de haber empezado la presidencia del político tejano sucedió el trágico 11 de septiembre. Ese día, no solamente se derrumbaron las Torres Gemelas, también se derrumbó el mito fundacional estadounidense que hacía sentir seguros a los ciudadanos gracias a la protección que les brindaban dos grandes océanos. Ante ese abrupto cambio, argumenta Sam Tanehaus en una crónica para Vanity Fair, George Bush “necesitaba un plan, necesitaba más que un plan, necesitaba una respuesta, una manera de mirar a Estados Unidos y su lugar en el mundo, los neoconservadores, con su idealismo muscular, ya lo tenían preparado”. Aprovechando esta coyuntura, la administración republicana adoptó la esencia del trabajo que había venido haciendo este grupo de neoconservadores y lo volvió parte de la política oficial del gobierno. En septiembre de 2002, con la publicación de The National Security Strategy of The United States of America, la administración republicana adoptó la esencia del contenido de los documentos Defense Policy Guidance de 1992 y de Rebuilding America’s Defenses: Strategy, Forces and Resources For a New Century de 1997. La importancia de este documento publicado en 2002 es que por primera vez se incorpora a la estrategia oficial de seguridad de Estados Unidos recursos como el de ataques preventivos y principios como el de la defensa de la preeminencia militar como forma de asegurar los intereses estratégicos de Estados Unidos en el mundo.

Una vez adoptada esta nueva estrategia de defensa la respuesta de la administración republicana fue inmediata. Tal como lo sugería el Defense Policy Guidance de 1992, Bush pidió un incremento de 15 mil millones de dólares en el presupuesto militar para el ejercicio fiscal 2002-2003, elevando a más de 425 mil millones de dólares el gasto total en defensa –actualmente Estados Unidos es responsable del 40% del gasto militar mundial y sobrepasa el de las siguientes 15 potencias militares juntas (sólo en programas nucleares gastó más de 16 mil millones de dólares en 2004)–. De la misma manera, a sólo unos meses de haber proclamado esta nueva estrategia de defensa, el gobierno de Bush hizo uso del recurso de ataques preventivos: en marzo de 2003, violando la esencia de los artículos 2.4, 51 y 53 de la Carta de Naciones Unidas (que señalan en qué casos está permitido el uso de la fuerza), Estados Unidos invadió Irak. Al no haber recibido autorización del Consejo de Seguridad, la administración republicana violó el régimen del uso legítimo de la fuerza del derecho internacional y sentó un peligroso precedente sobre el uso de la fuerza preventiva en las relaciones internacionales cuando las justificaciones para ésta resultaron ser inexistentes –como fue el caso de las  armas de destrucción masiva–.

Ahora bien, es importante entender que estos cambios en política exterior no han sido decididos sólo por los neoconservadores: existe una diferencia muy importante entre la justificación teórica/práctica que éstos le han proporcionado a la “revolución” y los responsables de las decisiones que la pusieron en práctica. Por encima de todos los funcionarios del grupo ya mencionados hay miembros de la administración de mayor rango que tienen intereses distintos y que han sido muy influyentes en la formulación de estos cambios. Me refiero a gente como: el vicepresidente Dick Cheney, ex dirigente de la petrolera Halliburton e íntimamente relacionado con los intereses petroleros del Golfo; Condoleezza Rice, Secretaria de Estado, ex académica de Stanford y también ligada a compañías petroleras (formó parte del consejo de administración de Chevron; debido a ello, uno de los cargueros de la compañía llevó su nombre hasta unos días antes de formar parte del gobierno de Bush); Donald Rumsfeld, el Secretario de Defensa más joven de la historia con Ford y el único que ha ocupado el cargo dos veces (actualmente lo hace con Bush); Colin Powell, responsable militar de la primera Guerra del Golfo y Secretario de Estado durante el primer gobierno de Bush, aunque inicialmente no estuvo de acuerdo en ocupar Irak, después fue el encargado de presentar evidencias en aquella famosa y ya frívola presentación ante el Consejo de Seguridad acerca de las supuestas armas de destrucción masiva; Karl Rove, estratega y asesor en jefe de Bush; y, por supuesto, el mismo George W. Bush, que aunque no es ningún experto en asuntos internacionales, en diversas ocasiones ha demostrado que el que está al mando es él (entre algunas de las más importantes está la vez cuando, como documenta Bob Woodward en Bush en Guerra, le puso un alto a la sugerencia de Paul Wolfowitz de invadir Irak unos días después del 11 de septiembre).

Entre algunas de las acciones promovidas por estos últimos funcionarios está la obstrucción sistemática de la Corte Penal Internacional, el rechazo al Protocolo de Kyoto, al Tratado de Minas Antipersonales y al Tratado Comprensivo de Prohibición de Pruebas Nucleares, así como la imposición ilegal de aranceles a las importaciones de acero (removidos sólo hasta que la Organización Mundial del Comercio autorizó a los países afectados a imponer sanciones). Estas acciones han sido sólo algunas de las medidas que han alejado a Estados Unidos de la comunidad internacional y las que han provocado que en encuestas recientes la opinión pública internacional mencione a Bush y su gobierno como una de las amenazas más importantes para la seguridad mundial. Es importante hacer esta distinción ya que el giro que ha dado Estados Unidos en su política exterior va mucho más allá de los intereses neoconservadores; todos los funcionarios mencionados anteriormente tienen mayor rango que cualquiera de los neoconservadores y no responden necesariamente a sus intereses.

La política exterior del segundo gobierno de George W. Bush será muy importante para comprobar si la tendencia señalada se consolida o si, por el contrario –y como ya ha habido algunas señales– Estados Unidos comienza a darse cuenta que su superioridad militar no le bastará para garantizar la paz y la seguridad en el sistema internacional –como nos lo acaban de recordar los atentados del pasado jueves en Londres–.  Sólo un esfuerzo multinacional coordinado, en donde Estados Unidos busque alternativas para definir el rol que jugará como la última superpotencia del siglo XX y la primera del XXI, puede garantizar que se consolide un orden jurídico internacional más legítimo y que se avance en la erradicación de fenómenos como el que vimos esta semana en Londres. De lo contrario, sucesos como este sólo se harán más frecuentes.

En un discurso ante la Conferencia de San Francisco (en la cual se creó la Organización de las Naciones Unidas) en 1945, el presidente Harry S. Truman dijo ante los delgados: “Todos tenemos que reconocer –sin importar cual grande nuestra fuerza– que nos tenemos que denegar la licencia para hacer siempre lo que queramos. Ninguna nación o grupo religioso debe ni puede esperar privilegios especiales que dañen a otra nación…Ése será el precio que toda nación tendrá que pagar para lograr la paz mundial”. En gran medida, la consolidación de un orden internacional más estable y pacífico dependerá de que el presidente de Estados Unidos y sus sucesores entiendan esta sencilla lección que Truman expresó hace más de medio siglo.