Estado de la Unión

En su sexto discurso del Estado de la Unión el martes pasado por la noche, George Bush hizo la defensa más sólida y agresiva de sus cinco años de gobierno. Claro, seguro y sin las ambiciosas frases y las propuestas revolucionarias de discursos pasados, el presidente aseguró que Estados Unidos cuenta con el liderazgo adecuado en un momento de su historia en la que está en juego la supervivencia misma del país. Tratando de dejar atrás el año más difícil de su presidencia y consciente que con su discurso se inauguran oficialmente las campañas congresionales de medio término, Bush se defendió atacando y trazó una estrategia clara para él y su partido en este decisivo año electoral. De lo que pase en los próximos meses dependerá si Bush se logra reestablecer políticamente y sale del precipicio en el que cayó el año pasado o si esta tendencia se confirma y termina su presidencia como el aborrecido lame duck (pato cojo irrelevante políticamente).

El discurso del martes los podemos dividir en dos partes: en la primera el presidente explicó su visión respecto al momento histórico que vive Estados Unidos y defendió la forma en la que su gobierno ha respondido al desafío del terrorismo; en la segunda, en un ámbito más doméstico, Bush utilizó el discurso para destacar el desempeño de su gobierno y esbozar vagas propuestas sobre innovación y competitividad en la economía.

De los casi 55 minutos que duró el discurso, la mitad de ellos fueron dedicados a reafirmar la respuesta del gobierno a los acontecimientos del 11-S –indirectamente atacando a los demócratas por su falta de apoyo a sus iniciativas–. Dos temas sobresalen: aunque ya lo había dicho antes, Bush volvió a defender agresivamente su autorización a interceptar llamadas telefónicas dentro de Estados Unidos (práctica que fue seriamente restringida y penada después de Watergate). Según el presidente, las escuchas son legales y están ampliamente justificadas por tratarse de un frente más en la guerra contra el terrorismo. No todos están de acuerdo con el presidente –incluso dentro de su mismo partido– y hay algunos que creen que cometió una “impeachable offense” (acusación por la que podría ser destituido). El segundo tema rescatable de esta parte del discurso fue que Bush estableció la estrategia republicana de cara a las elecciones de otoño próximo. Centrando reiteradamente la atención en el tema de la seguridad nacional y la exitosa forma en la que los  republicanos la han mantenido después del 11-S, Bush descalifica a los demócratas y los hace perecer como un partido incapaz de garantizar la seguridad del país a quien no se le debería confiar esta importante tarea (con esa misma estrategia los republicanos ganaron las elecciones de 2002 y 2004).

En el frente doméstico no hubo grandes novedades. Bush se limitó a hacer un repaso de los rubros más importantes en temas como la economía, la seguridad social, la reforma migratoria, et al. Destacan dos iniciativas que, aunque vagas y ya planteadas por otros presidentes, de llevarse a cabo tendrían importantes consecuencias: la primera, cortar drásticamente la dependencia energética de Estados Unidos con Medio Oriente. Cómo hacerlo nos lleva a la segunda. Bush propuso volver a convertir en una prioridad nacional la enseñaza de las matemáticas y las ciencias y así recuperar la competitividad e innovación que Estados Unidos perdió en las últimas décadas frente a otros países. Ambas propuestas son importantes, pero, debido al deteriorado estado de las finanzas públicas, Bush no tiene el margen de maniobra necesario para implementar estos planes en la escala en la que realmente harían una diferencia.

El martes fue un día importante en Estados Unidos. A parte del discurso del Estado de la Unión, varios ciclos se cerraron ese día. Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, concluyó 18 años al frente de la misma; Samuel A. Alito fue confirmado a la Suprema Corte de Justicia, con lo que los 24 años de la primera jueza en el supremo terminaron; murió Coretta Scott King, esposa del defensor más importante de los derechos civiles –y tema que Estados Unidos no ha acabado de resolver–. En fin. El país se adentra en un periodo de incertidumbre histórica en el que los próximos meses serán claves para saber si la propuesta de Bush y los republicanos sobre cómo enfrentar esta coyuntura histórica se afianza o si, por el contrario, los demócratas logran convencer al electorado que existe una alternativa; lo que es cierto es que, en noviembre próximo, los republicanos corren el riesgo de perder la mayoría en el Congreso. Ambos partidos sienten que su estrategia es la correcta, aunque, hasta el momento, la astucia política sin duda ha estado del lado del partido del elefante.