Mitos

Hace unas semanas, en plenos preparativos navideños, cuando la Casa Blanca se preparaba para mandar la tradicional postal de fin de año a más un millón de conocidos del presidente y su esposa, se suscitó una polémica típicamente norteamericana que ejemplifica y retrata los problemas y tormentos de una sociedad que, desde afuera, y a causa de su papel actual en el mundo, normalmente es juzgada a través de una maniqueísmo en el que, o represente el bien y la esperanza o, como cada vez es más común, la fuente de todos los problemas planetarios. Ambas interpretaciones están equivocadas y sólo contribuyen a impedir que se entienda lo que realmente sucede en Estados Unidos.

La polémica surgió cuando grupos cristianos, al tanto del envío de la postal navideña, se inconformaron con las palabras utilizadas para redactar el mensaje del presidente. Siguiendo la tradición de algunos inquilinos de la Casa Blanca, la postal de George Bush contenía un mensaje de fin de año y después simplemente les deseaba Happy Holidays a los destinatarios. Por tradición, tratando de mantener la imparcialidad de culto y hacer efectiva la separación entre Iglesia y Estado, los mensajes oficiales del gobierno no hacen mención de celebraciones o fiestas religiosas específicas, incluidas las cristianas. Aunque en discursos públicos y mensajes presidenciales se menciona con frecuencia a Dios, nunca se hace referencia a ningún Dios en particular; se hace un referencia genérica que, desde la quisquillosa corrección política estadounidense, no se considera ofensiva o excluyente para nadie, ya que puede tratarse del Dios de cualquier denominación. Sin embargo, varios grupos cristianos, sintiéndose empoderados por la deuda electoral de Bush hacia ellos, decidieron manifestar su descontento criticando duramente a la administración republicana afirmando que Bush había “capitulado a los peores elementos de nuestra cultura” y le había “declarado la guerra a la navidad”. Según estos grupos, la tarjeta enviada por el presidente debió de reconocer “sin complejos” la herencia cristiana de la Unión Americana y desear Merry Christmas en lugar de Happy Holidays. Incluso, una mención al final de la tarjeta del Salmo 28 del Antiguo Testamento no les pareció suficientemente cristiana, ya que el texto bíblico citado no menciona el nacimiento de Jesús.

Aunque a primera vista el incidente puede parecer intrascendente –incluso bobo–, desde una lectura más suspicaz se vuelve un esclarecedor ejemplo del rol que tiene la religión en la política del país y la forma en la que la primera afecta a la segunda. La prensa europea publicó la noticia con un claro tono de incomprensión, de distanciamiento, un incidente que más bien lo caracterizó como excéntrico, cómico, casi ridículo. Sin embargo, en Estados Unidos fue todo menos eso: el tema se discutió durante varias semanas en medios impresos y televisivos con toda seriedad y grupos de presión a favor y en contra defendieron apasionadamente sus posiciones.

Lo más interesante del caso es la forma en la que un episodio aparentemente menor nos mete en las entrañas de las angustias y preocupaciones de la sociedad norteamericana contemporánea y, de paso, nos permite desmitificarla. Al final de cuentas, el incidente no trascendió del ámbito de lo que en Estados Unidos se conoce como las culture wars (el constante enfrentamiento entre los sectores más conservadores y religiosos y los más liberales y laicos). Pero, aun así, el presidente se llevó un regaño y los grupos cristianos hicieron un demostración de su influencia y poder.

El papel actual de Estados Unidos en el mundo es resultado de un complicado proceso histórico que se remonta por lo menos tres siglos y que sólo se puede entender a través de delicados matices que explican el por qué del rol mundial que juega hoy en día. Con casi 300 millones de habitantes (el cinco por ciento de la población mundial) el país es un complejo mosaico que no se puede simplificar, como frecuentemente se hace, con prejuicios y estereotipos. A menudo se caracteriza a Estados Unidos como un país con una sociedad homogénea, unidimensional, fácil de clasificar. Y sin duda tiene algunos rasgos homogéneos, pero, en su mayoría, la sociedad norteamericana se caracteriza –y se ha caracterizado históricamente– por una vibrante heterogeneidad que transforma y reinventa el país todos los días.

Con un producto interno de 11 billones de dólares (equivalente a más del 20% de la producción mundial), su influencia se hace sentir en medio mundo; su dominio de la ciencia y la tecnología, su potente industria cultural y su presencia militar en amplias zonas del planeta, entre otros factores, han contribuido a crear una serie de mitos y malos entendidos en torno a la sociedad estadounidense que nos impiden comprender lo que verdaderamente pasa en ella y, lo más grave de todo, han creado una visión muy distorsionada y desapegada de su realidad.

Después del 11 de septiembre, el sistema político internacional se encuentra ante un parteaguas histórico que definirá el tipo de orden internacional (o desorden) que tendremos durante buena parte del siglo XXI. A poco más de cuatro años de estos acontecimientos, todavía es demasiado pronto para saber hacia dónde se dirigen las cosas en esta nueva etapa. De lo que no queda duda es del papel que está jugando (y jugará) Estados Unidos en trazar el camino: con un presupuesto militar de alrededor de 500 mil millones de dólares (mayor al de las 15 siguientes potencias juntas), su peso, influencia e intereses se han convertido en axiomas de la política internacional imprescindibles para hacer cualquier análisis del rumbo de los acontecimientos mundiales.

Por tanto, para entender la política internacional contemporánea, es imprescindible comprender el rol que juega Estados Unidos en el escenario internacional. Tratar de utilizar, como frecuentemente se hace, modelos imperiales decimonónicos para comparar el papel actual de Estados Unidos en el sistema internacional, sólo se presta a confusión y a ignorar el fondo de muchas de sus acciones.

Después de hacer un viaje de norte a sur y de este a oeste, el filósofo francés Jean Baudrillard concluyó que Estados Unidos es la primera sociedad primitiva del futuro. Uno de los aspectos más fascinantes y desconcertantes de la sociedad norteamericana contemporánea es la convivencia simultanea de las expresiones humanas más modernas y sofisticadas y las más primitivas e irracionales (lo que otro francés, Bernard-Henri Lévy, llama una condición pre y post histórica). Hollywood y la cultura popular se han encargado de promover las primeras; el deslumbramiento que provoca su dominio de la técnica y su poderío actual nos han camuflado las segundas. La imagen del Estados Unidos omnipotente, diligente, eficiente, omnipresente, con las mejores universidades del mundo, con la tecnología más moderna a su disposición, es sólo una cara de una misma moneda.

A lo largo de loa próximos meses, la columna que hoy inicia buscará acercarse a algunos de estos mitos y distorsiones para poder comprender con mayor apego a la realidad lo que pasa social y políticamente en el Estados Unidos contemporáneo.

Mejor ejemplo de estos contrastes no podríamos encontrar que el caso de la actual Secretaria de Estado Condoleezza Rice. Proveniente del sur negro y marginado, Rice venció todos los obstáculos imaginables para llegar hasta donde está hoy en día. Doctora en asuntos soviéticos, habla ruso, francés y español, es una brillante concertista de piano y fue dirigente de la Universidad de Stanford y de varias grandes multinacionales. Más aptitudes individuales y méritos intelectuales sería difícil encontrar en un mismo personaje: encarna el sueño americano hecho realidad. Sin embargo, en septiembre pasado, cuando recorría la zona de su Alabama natal devastada por el huracán Katrina, le solicitaron que ofreciera algunas palabras de alivio para los damnificados que no habían recibido asistencia en semanas. Rice, la Secretaría de Estado del país más poderoso del mundo, subió a un podio y, llena de confianza, dijo: “Jesucristo nuestro señor llegará a tiempo, si sólo lo sabemos esperar”.