Greenspan

En plena campaña presidencial de 1996, la revista Fortune, evocando la frase In God We Trust de los billetes norteamericanos, tituló su artículo principal In Greenspan We Trust, refiriéndose a Alan Greenspan,  presidente de la Reserva Federal de 1987 a enero pasado. La revista equiparó su poder con el de Dios y afirmó que no importaba quién ganara la elección presidencial de ese año, mientras su permanencia en la Reserva estuviera asegurada, el tema de qué partido se quedara en la Casa Blanca pasaba a un segundo término.

A lo largo de los últimos 18 años, Alan C. Greenspan tuvo una de las responsabilidades más importantes dentro del mundo económico y financiero: dirigió el organismo encargado de establecer los tipos interés de la economía norteamericana y, como resultado, marcar el ritmo de la economía mundial.

Pero, ¿quién es esta figura cuasi mítica? ¿Quién es este banquero central en el que mundo entero confió –por lo menos durante los últimos dos lustros– el desempeño de la economía internacional? ¿Es él el responsable del crecimiento económico de los últimos años? ¿Qué instrumentos de política monetaria utilizó y exactamente qué organismo dirigió?

Alan Greenspan ingresó en la Reserva Federal en agosto de 1987 nombrado por el entonces presidente Ronald Reagan y sucedió a Paul Volcker, el encargado de terminar con la estanflación de los años setenta y de bajar drásticamente la inflación. Después de una larga y exitosa carrera en el sector privado, Greenspan ingresó al gobierno como  asesor económico de los presidentes  Richard Nixon y Gerald Ford.

El mandato de Greenspan al frente de la Fed comenzó con uno de los cracks bursátiles más dramáticos de la historia; tan sólo dos meses después de asumir la presidencia de la Reserva, se enfrentó al famoso lunes negro de 1987 (19 de octubre de 1987). Ese día la bolsa de Nueva York perdió más del 22 por ciento de su valor y puso en serios aprietos a los mercados financieros internacionales. La prensa económica especializada reconoció de inmediato el buen manejo que hizo el presidente de la Reserva de la crisis y así, con ello, comenzó su mítico ascenso; que, 10 años después, lo llevaría a ser considerado por algunos el mejor banquero central de la historia.

Greenspan presidió la Reserva Federal (el equivalente al banco central de cualquier país); su influencia, muy en particular, la ejerció encabezando las reuniones del Federal Open Market Comitte (FOMC), el comité encargado de establecer la política monetaria del país mediante el tipo de interés de corto plazo. A través de esta aparentemente sencilla tarea, la Reserva Federal juega uno de los papeles reguladores más importantes de la economía norteamericana (y como consecuencia mundial): mantener la estabilidad de precios vía una baja inflación sin, por ello, obstaculizar el crecimiento económico. En otras palabras, la Reserva Federal tiene la complicada tarea de medir la temperatura de la economía para así poder determinar el tipo de estímulo que requiere. Balancear y coordinar estos tres elementos es quizá el reto más importante de las economías de mercado y el componente del cual depende su estabilidad. A lo largo de sus 18 años al frente de la Reserva Federal, Greenspan lo logró y es quizá la razón más importante por la que en el mundo económico se le atribuye este estatus de semi Dios.

En 1991, confiado de que el prestigio del presidente de la Reserva sería un factor clave en su reelección, George Bush padre renombró a Greenspan en su cargo meses antes de la elección presidencial de 1992. Como todos saben, Bush padre perdió, Clinton ganó y aquella fue la elección de la famosa frase It’s the economy, stupid! Años después, Bush culpó al ex presidente de la Reserva por su derrota al no haber bajado los tipos de interés con la suficiente rapidez después de la recesión de principios de los años noventa.

Greenspan se entendió de inmediato con Clinton –el primer presidente demócrata para el que trabajó–. A partir de ese momento y a lo largo de los siguientes casi 10 años, Greenspan, de la mano de dos de los mejores Secretarios del Tesoro que ha tenido Estados Unidos (Robert Rubin y Larry Summers) presidió la etapa de expansión económica en tiempos de paz más larga de la historia. Apostando por una política monetaria laxa (tipos de interés bajos) y por las mejoras tecnológicas que traería el sector informático, supo darle la liquidez y estímulo necesario a la economía para que ésta siguiera creciendo sin inflación. Aunque, de manera paralela, estas políticas engendraron lo que unos años después se convertiría en uno de los puntos negros de su legado: la quiebra de las empresas punto com al principio de la presente década. Ya lo había advertido en 1996 con su famosa frase de la “exuberancia irracional” en la compra de acciones de empresas tecnológicas, pero, fuera de esa advertencia, Greenspan hizo poco por evitar la crisis desde el punto de vista de la política monetaria.

Junto con su incapacidad para pinchar la burbuja tecnológica, la crítica más importante al legado de Greenspan es el estado en el que deja a la economía estadounidense actual. En palabras del semanario británico The Economist, el ex presidente de la Fed deja los “desequilibrios económicos más grandes de la historia de Estados Unidos”. Aunque el semanario reconoce que los instrumentos de política monetaria disponibles son limitados, insiste en que tuvo mucho que ver en crear los déficits fiscales y de cuenta corriente más grandes de la historia del país. Al apoyar los masivos recortes fiscales de la primera administración del presidente Bush, Greenspan le dio el espaldarazo a una política económica fuera de su jurisdicción que colocó a la economía estadounidense en un delicado estado en el que depende de los bancos centrales asiáticos para financiar su deuda (al insostenible ritmo de 2.000 millones de dólares diarios). Un último punto que se le critica al ex presidente de la Reserva es que, al mantener los tipos de interés bajos durante la primer mitad de esta década, contribuyó a crear otra burbuja: la inmobiliaria. Ésta todavía no truena, pero, una vez que lo haga, una buena parte de su legado dependerá de la intensidad con la que reviente y de cómo afecte al resto de la economía en su conjunto.

Como sucesor de Greenspan se queda Ben Bernanke, un economista entrenado en Princeton que presidió el Consejo de Asesores Económicos de Bush y que en términos económicos sigue los preceptos de su antecesor. El reto principal de Bernanke será estabilizar los desequilibrios macroeconómicos del país y demostrar que tiene la capacidad y el calibre para encargarse del banco central más importante del mundo. Estar a la altura de Greenspan no será tarea sencilla; aunque eso mismo se dijo de éste y su antecesor.

Se cuenta que Greenspan tomó las decisiones más importantes de su mandato a las cinco y media de la mañana sumergido en su bañera revisando los últimos datos sobre producción industrial y nivel de inventarios. Sin duda, una parte de la relativa estabilidad y crecimiento de la economía estadounidense y mundial de los últimos 18 años se debe a estas decisiones tomadas en ese lugar tan íntimo. Seguramente, su sucesor tomará las suyas en algún lugar mucho más convencional; de lo que no cabe duda es de que con un déficit de cuenta corriente de más 700.000 millones de dólares y uno fiscal de más de 400.000, Bernanke tomas las riendas de la Fed en un momento de incertidumbre económica en el que o Estados Unidos logra equilibrar algunos indicadores macroeconómicos o su economía —y la mundial— se dirige hacia tiempos de creciente inestabilidad.