Inmigración

La inmigración hispana en Estados Unidos no es importante. Al menos no de la manera en la que la reciente cacofonía mediática y política la han hecho parecer. Para Estados Unidos el tema no es una cuestión ni de seguridad nacional, ni de derechos humanos, ni mucho menos de derechos históricos sobre parte de su territorio. Ni tampoco los grupos  de inmigrantes hispanos han adquirido más poder, ni están influenciando el debate legislativo, ni han ganado espacios de influencia en Washington. El debate sobre la reforma inmigratoria que está teniendo lugar en el Congreso ha sido producto, más bien,  de una serie de preocupaciones y necesidades internas de Estados Unidos que han distorsionado la percepción sobre la influencia hispana real.

¿A qué se debe el resurgimiento del tema en el debate político nacional?, ¿por qué se discute ferozmente el tema en medios de comunicación en los que hasta hace muy poco no se hablaba al respecto?, ¿qué ha provocado que los grupos latinos se organicen y salgan a la calle?, en suma, ¿por qué se ha prestado tanta atención a los hispanos en Estados Unidos en los últimos meses?

La respuesta es menos compleja de lo que podría parecer. Algunos factores puntuales nos pueden ayudar a entender las preocupaciones de la sociedad estadounidense y nos permiten ubicar el tema de la inmigración ilegal en su real dimensión.

Desde que inició el fenómeno, a principios del siglo XX, la inmigración ilegal ha estado íntimamente ligada a dos factores: a la necesidad de mano de obra poco calificada de la economía estadounidense y a la complicidad de sus autoridades al permitir la entrada de trabajadores indocumentados. Esta doble combinación en Estados Unidos, junto al deterioro sistemático de las condiciones de vida en los países expulsores,  ha sido el motor –y lo sigue siendo hasta el día de hoy– de la inmigración ilegal desde hace un siglo. El beneficio también ha sido en partida doble: a Estados Unidos le ha permitido dinamizar y flexibilizar su economía a través de una oferta laboral elástica que se ajusta fácilmente a las necesidades de su ciclo económico; a los países expulsores les ha servido como válvula de escape para aliviar las presiones sociales y económicas que no pueden satisfacer. A lo largo de los últimos 100 años, diversos sectores económicos en Estados Unidos se han beneficiado al contar con un ejercito de obreros listos para trabajar según lo exija la demanda del mercado. Sin embargo, la afirmación de que la economía estadounidense se desplomaría sin la presencia de trabajadores hispanos es un mito: representan sólo el 4,9% de la fuerza laboral del país y se concentran en sectores de la vieja industria que cada vez son menos importantes para la economía.

¿Qué ha cambiado en los últimos años? Desde mediados de los años noventa tres factores adicionales al económico se han sumado y han generado el ambiente en el que se desarrolla el debate actual. Los tres están ligados al mismo fenómeno: el crecimiento exponencial del número de hispanos que cruzan la frontera cada año –de 70.000 en la década de los setenta a 500 mil en los años noventa–. Solamente los inmigrantes mexicanos pasaron de 760.000 en 1970 a 11 millones en 2004, un aumento de más de 1.300%.

El primer elemento que ha contribuido a este cambio tiene que ver con la legalidad. Estados Unidos es un país de leyes donde su cumplimiento no se toma a la ligera. En años recientes y debido a la explosión de personas indocumentadas en el país, diversos sectores sociales han manifestado su hartazgo con el incumplimiento de la ley. Aunque desde hace un siglo ha habido trabajadores indocumentados en Estados Unidos, en la última década han alcanzado una cifra insospechada (se calcula que alrededor de 12 millones). A ello hay que sumarle los efectos del 11 de septiembre y la crisis de seguridad que provocaron los ataques. Las posturas más radicales en el debate migratorio las tienen aquellas personas irritadas por la falta de cumplimiento de la ley y las que consideran que la legislación vigente es demasiado permisiva con los que la rompen.

Un segundo factor es el electoral. Ambos partidos saben bien que, entre la población hispana que reside legalmente en el país, varios millones de votos están en juego cada elección. En años recientes la tradicional ventaja del partido Demócrata entre inmigrantes se ha erosionado preocupantemente (si en 2004 John Kerry hubiera ganado el mismo porcentaje de votos hispanos que los que obtuvo Al Gore cuatro años antes, el primero hubiera sido presidente). Tomando en cuenta que el grupo demográfico con mayor crecimiento poblacional es el hispano, ambos partidos buscan asociarse con sus causas y ganarse la lealtad del electorado (Bush ha sido especialmente exitoso). Aunque aquí es importante hacer un matiz. Hasta el momento su importancia electoral sólo se debe a que representan una gran cantidad de votos; su influencia no se ha traducido en la promoción de una agenda política propia, organizada y defendida a través de las instituciones políticas. La discusión actual en el Congreso, por ejemplo, no es producto del cabildeo de los grupos hispanos: ha sido la insistencia del presidente Bush en el tema y las propuestas draconianas en el legislativo lo que la ha impulsado.

El tercer y último factor tiene que ver tangencialmente con el impopular argumento del último libro del profesor de Harvard, Samuel Huntington. En 2003 los hispanos se convirtieron oficialmente en la primera minoría del país (sobrepasando a la población negra). Aunque se trata de una simple cifra, ésta tiene un gran simbolismo y enormes consecuencias en la imagen que el país tiene de sí mismo. Una de las lecturas que se pueden hacer del argumento del profesor Huntington (torpemente expresado a través de su hispanofobia y de sus temores culturales), es la creciente preocupación que existe en Estados Unidos de crear un grupo social subrepresentado desvinculado del proceso político y de los canales institucionales del país.

No se necesita ser un profesor de Harvard para saber que 1) la población hispana está poco representada en los órganos de gobierno y 2) la mayoría de los inmigrantes provienen de países despolitizados, con tradiciones democráticas poco arraigadas que, por lo tanto, no creen y están poco interesados en el proceso político. Una charla con cualquier inmigrante en las calles de alguna ciudad estadounidense es suficiente para darse cuenta que su interés por el país se reduce a obtener la remuneración que se les niega en sus países de origen. Si, en el largo plazo, los flujos migratorios continúan al mismo ritmo, Estados Unidos hace bien en preocuparse por fomentar un fenómeno (permitir la entrada de trabajadores según lo demande el mercado laboral) en el que los recién llegados se vinculan al país únicamente a través de su necesidad económica. Aunque históricamente a ciertos sectores económicos les ha sido muy rentable y conveniente, muchos estadounidenses se comienzan a dar cuenta que a la sociedad en su conjunto no.

En Los Tres Entierros de Melquiádes Estrada, la película sobre el fenómeno migratorio del director Tommy Lee Jones, un diálogo entre agentes de la patrulla fronteriza sintetiza perfectamente el dilema de la inmigración ilegal en Estados Unidos. Después de aprehender a un grupo de inmigrantes en un paraje desértico, un agente le pregunta a otro “¿cuántos se escaparon?”, a lo que le responden que fueron tres. El primer agente, en un tono burlón y sarcástico sólo replica: “alguien tiene que recoger fresas”. Al final de cuentas, el debate actual sobre la inmigración ilegal en Estados Unidos se trata de un enfrentamiento entre aquéllos que quieren que se cumpla la ley y aquéllos que se benefician económicamente del fenómeno. Estados Unidos tendrá que decidir si prefiere que sectores económicos marginales de su economía se sigan beneficiando de la presencia de una fuerza laboral indocumentada o si regulariza su situación y asume los costos económicos y políticos que ello implica. Mientras esto sucede, cada vez más norteamericanos se preguntan ¿qué está pasando en México?