Fuerza

Nunca antes en la historia de la humanidad había existido un Estado con la capacidad bélica, la sofisticación tecnológica, el alcance geográfico y el dominio vis à vis en el terreno como el que tiene Estados Unidos hoy día. Ninguna comparación histórica  –el imperio Romano, el Imperio Austro-Húngaro, la Inglaterra decimonónica– nos sirven para entender la dimensión del poder del ejército de Estados Unidos. Una cifra basta para poner en relieve la capacidad militar del país: se calcula que tiene los suficientes megatones (poder nuclear) para destruir 10 veces el planeta.

Para adentrarnos en la máquina de guerra del ejército norteamericano podemos hacer dos cosas: citar una cantidad interminable de cifras que representen su superioridad o, podemos ver en directo la vida del ejército. Me decidí por la segunda y a finales del invierno visité la base de la Fuerza Aérea Peterson, ubicada en Colorado Springs, en medio del estado de Colorado y estratégicamente en el centro del país.

Al pie de las montañas Rocallosas, la base aérea Peterson es el centro neurálgico de las operaciones espaciales del ejército de Estados Unidos. En ella se encuentran los cuatro comandos que controlan estas actividades: el ‘Air Force Space Command’ (dedicado a la explotación de tecnología espacial), el ‘21st Space Wing’ (encargado de detectar misiles), el NORAD (comando de defensa de América del Norte –del cual es parte el territorio mexicano–) y el ‘United States Northern Command’ (el responsable militar de prevenir y responder a acciones terroristas).

Cumplidos previamente los requisitos de acreditación, la entrada a la base fue muy sencilla: fui recibido por el responsable de prensa y entré sin mayor contratiempo. Las instalaciones, para mí sorpresa, no parecen las del ejército más poderoso del mundo. Construida en plena Segunda Guerra Mundial, la base es un ordenado microcosmos de calles que desembocan en lo que parecen bodegas, almacenes y edificios anónimos que se repiten uno detrás de otro. Aun estando en la base recorriendo sus calles y edificios, es difícil imaginar que dentro de ellos se albergan algunas de las tecnologías más sofisticadas para observar el universo, detectar misiles y monitorear la actividad espacial.

Según Nina Armagno, Teniente Coronel de la Fuerza Aérea, Peterson tiene tres misiones principales: detección de misiles, vigilancia y control espacial (claras reminiscencias de la Guerra Fría). La base es responsable de coordinar todas las actividades espaciales del ejército: la base Schriever, por ejemplo, a unos cuantos kilómetros al sur y dependiente de Peterson, controla los 24 satélites del sistema de posicionamiento global conocido como GPS.

Al igual que el resto del ejército, la base Peterson se encuentra revisando, actualizando y redefiniendo su misión. Con el fin de la Guerra Fría, el papel de las fuerzas armadas cambió drásticamente: la Unión Soviética se desvaneció y el gasto militar que había sostenido Estados Unidos durante varias décadas se percibió, súbitamente, injustificado.

Durante la década de los noventa, en parte a causa del fin de la confrontación mencionada y en parte a la menor propensión bélica del partido Demócrata, el gobierno de Bill Clinton redujo el gasto militar de manera significativa.

A partir de 2002, sin embargo, en gran parte debido a los ataques del 11-S, el gasto militar de Estados Unidos ha aumentado significativamente: cerca del 40 por ciento (sin incluir los costos de la guerra de Irak). De un presupuesto que rondaba los 300 mil millones de dólares en 2001 se ha pasado a uno de más de 400 mil en 2006; Estados Unidos, por sí solo, tiene un gasto en defensa mayor al del resto de los países del mundo combinados.

Este incremento ha tenido principalmente un objetivo: lo que se conoce como RMA (acrónimo en inglés de Revolución en Asuntos Militares). RMA es el intento por modernizar y poner al día no sólo las estrategias militares, sino también los métodos de organización, el armamento, las comunicaciones y el control informático del ejército. A lo largo de los últimos cinco años, la obsesión del Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha sido transformar por completo al ejército: pasar de un fuerza de miles de efectivos, pesada, lenta, terrestre y con una guerra tradicional (entre estados) en mente, a una comandada por computadoras, ligera, veloz, aérea y con una guerra asimétrica (estados vs. grupos no estatales) como modelo.

Bases como Peterson fueron diseñadas en épocas muy diferentes a las actuales en las que los objetivos militares eran otros. Al preguntarle a la Teniente Coronel Armagno sobre el peligro de ser atacados con un misil (un método poco probable en la actualidad), contestó: “aunque esa amenaza [la Unión Soviética] ya no está tan presente, el riesgo todavía existe”. Históricamente el ejército ha sido uno de los soportes fundamentales sobre los que Estados Unidos ha proyectado su poder e influencia en el mundo; hoy se encuentra en medio de una transformación que será clave para entender qué papel asumirá en el futuro sistema internacional.

Cuando gestionaba telefónicamente el permiso para visitar la base Peterson con el encargado de prensa del Pentágono, éste, con un tono cortante y marcial, sintiendo que mis razones –conocer mejor el funcionamiento del ejército– no justificaban el permiso, me dijo: “¿quiere saber qué hace el ejército de Estados Unidos?”, y el solo se contestó, “Sencillo. Implementa decisiones políticas por medio del uso de la fuerza”. Lentamente Estados Unidos comienza a darse cuenta que, a pesar de no tener rival militar en el horizonte, el uso de la fuerza como instrumento de política tiene claras limitaciones. De cuánto tiempo le tome asimilar esta lección dependerá el que recupere su legitimidad y vuelva a jugar un papel constructivo dentro del sistema internacional.