Religiosidad III

El eslabón que conecta la esfera religiosa privada con la pública se materializa en un sinfín de grupos religiosos que operan a lo largo y ancho del país y que son los responsables de politizar temas como la investigación con células madre y el aborto.

A través de organizaciones de base (grassroots), presentes en todo el país, diversos grupos religiosos han logrado formar una verdadera máquina política capaz de influir en todos los niveles de gobierno y de descarrilar la carrera de cualquier político que abiertamente se oponga a sus intereses.

Algunas de las prioridades más altas de estos grupos (entre muchos otros, se encuentran la Moral Majority de Jerry Falwell, la Christian Coalition de Pat Robertson y la Traditional Values Coalition de Louis P. Sheldon) es la prohibición tanto de la investigación con células madre como del aborto. Insatisfechos con su influencia desde el púlpito, los grupos, que entienden estos dos temas como la columna vertebral de su lucha, se han embarcado en una cruzada que les permita acumular el poder político necesario para ilegalizar unas prácticas que consideran permisivas y degradantes.

En agosto de 2001, y debido a la presión de estos grupos, el presidente Bush firmó un decreto que impide cualquier tipo de financiamiento a la investigación con células madre. Los grupos religiosos consideran que al extraer células de embriones se está, al mismo nivel que el aborto, atentando contra la vida. La fuerza e influencia de los grupos es tal que, en un país donde el avance científico y tecnológico se realiza a costa de lo que sea, esta práctica en concreto ha sido parada en seco, incluso en contra de intereses médicos y de la salud.

En el caso del aborto nos encontramos ante un escenario similar. Legalizado a nivel federal por un fallo de la Suprema Corte en 1973, el aborto se ha convertido en uno de los temas más divisivos y espinosos de la política estadounidense.

Desde que se emitió el fallo los grupos han establecido como máxima prioridad revertirlo con uno nuevo que elimine el precedente. En 2003, de la mano de la administración Bush, lograron uno de sus mayores avances hasta la fecha: convertir en ley el Partial-Birth Abortion Act. De una manera muy astuta, reconociendo lo complicado del tema, los grupos religiosos, conscientes de que no pueden obtener lo que buscan de un plumazo, se han propuesto conseguir su objetivo por partes.

Haciendo sutiles incorporaciones al léxico del discurso público, frases como Partial-Birth Abortion (que se podría traducir como aborto de nacimiento parcial) –u otras como Pro-life para denominar a los que están en contra del aborto– han sido usadas de una manera muy inteligente para ganarse a amplios sectores de la opinión pública que no tenían una postura al respecto. A través de estrategias como esta, los grupos religiosos han logrado hacer avanzar su agenda y abrir el camino para conseguir lo que llevan soñando desde hace décadas: revertir Roe vs. Wade –el fallo que legalizó el aborto–.

Entender quiénes son y cómo operan estos grupos es materia muy extensa para este espacio. Pero, existe un personaje, que haciendo un breve repaso de su trayectoria, nos ayuda a entender mejor la presencia del discurso religioso en la esfera política. Se trata del telepredicador Billy Graham.

Cristiano evangélico, nacido en Carolina del Norte hace 88 años, Graham comenzó su carrera en los años 50 y pronto fue catapultado –gracias al poder de la televisión– a ámbitos nacionales e internacionales. Impulsado por el zar de los medios de comunicación de esa época, William Randolph Hearst, Graham inventó una nueva forma de religiosidad que borró espacios geográficos y que, convenientemente, comenzó a transmitirse directamente a las salas de televisión de millones de familias.

La carrera de Graham ha servido para formar a la mayoría de los líderes evangélicos actuales y  ha sido el modelo que han seguido muchas de las organizaciones religiosas para construir sus respectivos movimientos. La importancia espiritual y cultural del predicador es tal que desde hace décadas vive exiliado en las montañas de Carolina de Norte –creó su propia City upon a hill, siguiendo el ejemplo de los primeros colonizadores puritanos– y sólo baja cuando tiene lugar alguna de sus “cruzadas” espirituales.

La última de ellas se llevó a cabo en junio de 2005 en Flushing Meadows, Nueva York, donde reunió a más de 200,000 personas y tuvo como invitados de honor a la senadora Hillary Clinton y a su esposo, el ex presidente Clinton. Las “cruzadas” son una combinación de pláticas de auto-ayuda, mensajes espirituales y referencias a noticias del momento. En su cruzada en Nueva York, el predicador habló de dos temas que estaban en los titulares de esos días (la desaparición de una adolescente de Alabama y tres niños encontrados muertos en la cajuela de un automóvil) y los puso como ejemplos de advertencias de Dios de que el fin del mundo se avecina.

Este tipo de eventos multitudinarios, dirigidos por algún famoso predicador, se han convertido en una de las formas más comunes de expresión religiosa en Estados Unidos. Sus organizadores cuentan con presupuestos multimillonarios y vanguardistas sedes nunca antes vistas. Algunas de ellas cuentan, in situ, con cafeterías Starbucks, cadenas de cine y pizzerías. Una particular fusión Mall-Iglesia –consumo/espiritualidad– orgullosamente Made in the USA.

Graham es famoso por su amistad con líderes políticos y religiosos de alrededor del mundo. Su relación con uno de ellos basta para entender el grado de influencia que tienen personajes como él en la vida política de Estados Unidos. George W. Bush, el actual presidente de Estados Unidos, con problemas de alcohol hasta los 40 años, cuenta que fue gracias a los consejos de Graham que finalmente pudo dejarlo y reencontrar su fe religiosa. De ahí que, al igual que el 30% de la población –alrededor de 100 millones de personas– el presidente de Estados Unidos se considera a sí mismo un Born Again Christian.