A exactamente dos años de que el próximo presidente de Estados Unidos jure su cargo, en los últimos días, el sí de tres figuras políticas de renombre echó a andar la que será una larga y peleada campaña por suceder a George W. Bush. El sí de una de ellas en particular ya está cambiando la contienda.

El martes pasado fue el senador negro por el estado de Illinois Barack Obama; luego vino el archiesperado lanzamiento de la también senadora Hillary Clinton el sábado, que con un escueto ‘I’m in’ en su página de Internet se sumaba a la lucha; finalmente, no queriéndose quedar atrás, el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, también reconoció sus ambiciones el domingo por la mañana.

Se trata de las tres últimas figuras que se lanzan al ruedo de las aspiraciones presidenciales demócratas. Con estos últimos, suman ya ocho los aspirantes que han comenzado formalmente a conjuntar esfuerzos para conseguir la nominación de su partido en agosto de 2008 (la elección general tendrá lugar el 4 de noviembre del mismo año).

En el complicado mundo de las elecciones presidenciales estadounidenses, cualquier aspirante al cargo requiere de un largo y dedicado esfuerzo que le permita recorrer el país varias veces, gestar y calibrar un discurso propio, crear estructuras organizativas a nivel local –no hay que olvidar la importancia de la política estatal–, y, lo más importante de todo, recaudar dinero, mucho, mucho, dinero.

Son estas exigencias las que han provocado que cada vez sea más frecuente que los aspirantes presidenciales se destapen con mayor anticipación; sólo un esfuerzo concertado de años les permite llegar con posibilidades a la etapa decisiva conocida como las primarias (el momento en el que los delegados de cada estado votan por su candidato). Una campaña presidencial no es una carrera de velocidad, sino una de fondo que exige perseverancia, estrategia y recursos.

Es dentro de este escenario que se acaban de insertar Obama, Clinton y Richardson. En orden inverso de importancia comento algunas de las razones por las que su incorporación será crucial para la contienda electoral de 2008.

Bill Richardson, actual gobernador de Nuevo México y funcionario de alto nivel de la administración de Bill Clinton, inicia esta carrera desde la retaguardia. Él mismo lo reconoce en el video con el que lanzó su campaña.

Richardson busca capitalizar tres aspectos de su perfil: su experiencia internacional como embajador ante Naciones Unidas, su conocimiento de temas energéticos adquiridos como secretario del ramo y, finalmente, su ascendencia hispana.

Pero, siendo realistas, el gobernador de Nuevo México sólo tendría posibilidades de ganar la nominación si la actual favorita, Hillary Clinton, polariza al partido a tal punto que se genere dentro de éste un grupo anti-Clinton (anything-but-Clinton, algo similar a lo que le pasó a Howard Dean en 2004). Richardson aportará experiencia a la campaña y, a los ojos del partido y en caso de necesitarlo, una nada despreciable alternativa a los punteros de la contienda.

La importancia de Hillary Clinton, por otra parte, es casi obvia. El lanzamiento presidencial de la senadora por Nueva York era algo esperado desde hace meses. Se podría decir, incluso, que Clinton lleva preparándose para este momento desde hace décadas.

Primero fueron ocho años como Primera Dama. Éstos los utilizó hábilmente para entender mejor el funcionamiento del gobierno, para presentar propuestas legislativas propias –no siempre con éxito– y, sobre todo, para conocer de cerca a sus rivales políticos. Desde entonces Clinton se convirtió en una figura divisiva que apasiona a unos y enfurece a otros.

Luego vendría el Senado. Clinton fue la primera ex Primera Dama en buscar un cargo de elección popular. Aunque en un principio existieron dudas sobre su capacidad, pronto demostró tener talante político, reflejó que la suya no era una extensión de la carrera política de su marido y, más importante aún, comprobó tener un pensamiento político propio.

A lo largo de los últimos seis años Clinton ha realizado un calculado viaje al centro con el objetivo de cubrirse el flanco derecho y deshacerse del estigma liberal y elitista que la persigue; su reto ahora consiste en ser capaz de ocupar el centro de una manera auténtica y creíble y de no descuidar por completo el flanco contrario.

Por último, llegamos a Barack Obama. Sin duda, la sorpresa de la temporada y sobre quien recaen las expectativas iniciales. El joven senador (45 años) de Illinois se presenta, tan solo declarar su candidatura, como –junto con Clinton– uno de los favoritos.

Entender el fenómeno Obama no representa mayor reto: un discurso electrificante en la Convención Demócrata de 2004 (en la tradición de Roosevelt, Kennedy o Clinton), una historia personal que tiene resonancia con la del país (hijo de un académico keniano negro y una mujer blanca de Kansas) y un genuino hartazgo con la clase gobernante que sabe transmitir y contagiar a través de su carisma personal.

Esta es la verdadera novedad de la naciente campaña presidencial. Un nuevo tipo de político, un discurso renovado, una capacidad para trascender las marcadas líneas ideológicas y apelar al interés común de los ciudadanos. Un discurso que, en resumidas cuentas, presagia el comienzo de una nueva generación política.

Al menos, eso es lo que promete Obama. Todavía tiene mucho por demostrar y un largo trecho que recorrer antes de estar al frente del Despacho Oval. Ya sea que gane la presidencia o ni siquiera alcance la nominación de su partido, Obama, de manera inadvertida, ya comenzó a cambiar la forma en la que se hace política en Estados Unidos.

Aquí comienza el largo viaje que tiene como destino el 1600 de la avenida Pensilvania. Una elección que promete ser una de las más emocionantes de las últimas décadas. Colofón: la acción tendrá lugar en su pantalla, pero no en la de su televisor, sino en la de su ordenador.