Contrainsurgencia

Instrumento mítico del poder norteamericano, el ejército es la columna vertebral de la superpotencia. Un nuevo manual de operaciones publicado en diciembre nos revela algunas pistas sobre cómo piensa y opera éste en el campo de batalla.

De todos los elementos que componen la base de poder estadounidense, el ejército es quizá el más mitificado y, por lo mismo, el más desconocido de todos. Explotado hasta el cansancio por la imaginación cinematográfica, pocas de las cosas que han aparecido en la pantalla reflejan fielmente la forma en la que piensa y opera el ejército más poderoso, no sólo de la actualidad, pero de todos los tiempos.

Las fuerzas armadas, al final de cuentas, están conformadas por hombres y mujeres que cometen errores, abusan de su poder y, en ocasiones, utilizan benignamente una fuerza militar desplegada a lo largo y ancho del globo.

¿Cómo piensan?, ¿cómo entrenan? y ¿cuáles son los objetivos de las fuerzas armadas?: aunque imposible contestar a cabalidad (ya que mucha información al respecto es secreta), un manual del ejército publicado en diciembre nos ofrece valiosas pistas acerca de cómo se prepara al soldado, qué prioridades tiene en el teatro de guerra y cuáles son los retos a los que se enfrenta en la cambiante y dinámica empresa de hacer la guerra en el siglo XXI.

Se trata del Counterinsurgency Field Manual, un documento doctrinal que utilizan los altos mandos de las fuerzas armadas para establecer los principios bajo los cuales se entrena al soldado. Actualizado por primera vez en los últimos 20 años, el manual es –por razones que veremos a continuación– la prueba más fehaciente de que el ejército sabe que fracasó en Irak y que la naturaleza de los conflictos armados mismos está cambiando.

El documento pone al día las políticas de las fuerzas armadas respecto a cómo se enfrentan a movimientos insurgentes; muchos de los cambios obedecen a lecciones sacadas de la experiencia reciente en Irak.

Las operaciones de contrainsurgencia están diseñadas para combatir a grupos armados que buscan sabotear o desestabilizar los esfuerzos por establecer orden en un territorio determinado. El ejemplo más reciente y sonado –que seguramente muchos ya se imaginan– es el de Irak. Las fuerzas armadas estadounidenses están próximas a cumplir cuatro años peleando no con un ejército tradicional y establecido, sino con fuerzas irregulares mejor conocidas como insurgencia.

Y este es precisamente el punto en el que un desconocido manual utilizado por los altos mandos del ejército se vuelve interesante para aquellos que buscamos entender los resortes del poder estadounidense. Durante la mayor parte del siglo XX Estados Unidos se preparó militarmente para luchar grandes y complicadas batallas. Tanto sus aptitudes marciales como su gasto en defensa reflejan la preponderancia que ha tenido la construcción de sistemas y armamentos diseñados para enfrentarse a ejércitos de dimensiones y capacidades similares a las suyas.

Por medio de la creación de una industria de guerra –el famoso military-industrial complex del presidente Eisenhower–, la estrategia de defensa estadounidense se ha basado en mantener una constante y robusta producción armamentista (Raytheon, Boeing, Northrop Grumman, Lockheed Martin, etc.) y en sostener una superioridad absoluta en relación a las capacidades bélicas de sus rivales.

Entonces, ¿por qué ha sido un fracaso la intervención en Irak? Consideraciones políticas aparte, porque la naturaleza de la guerra está cambiando. Sabedores del insuperable dominio técnico de Estados Unidos, sus enemigos ya no se enfrentan a la superpotencia en el campo tradicional de batalla; ahora lo hacen desde un modelo asimétrico de lucha que explota sus debilidades y para el que no está preparado el ejército.

El manual de contrainsurgencia nos dice dos cosas valiosas sobre el futuro de la guerra y la forma en la que Estados Unidos la peleará: uno, las batallas del mañana serán contra fuerzas irregulares que carecen de la sofisticación tecnológica para las que el ejército ha sido entrenado hasta ahora; y dos, la fuerza física –entendida como coerción– comienza a perder relevancia estratégica dentro de las fuerzas armadas como herramienta predilecta para conseguir los objetivos trazados.

En otras palabras, el soldado tiene que ser entrenado en una nueva serie de aptitudes relacionadas con tareas no militares. Éste tiene que ser “tanto un guerrero como un constructor de naciones…tiene que estar preparado para ayudar a erigir nuevas instituciones y restablecer el estado de derecho”, anuncia la nueva doctrina. Paradójicamente, ahora resulta, es la sofisticación tecnológica de las fuerzas armadas la que está comprometiendo su correcto desempeño.

Aunque pueda parecer un planteamiento lógico, analizado desde el punto de vista estratégico, implica un cambio significativo en la mentalidad del ejército. En pocas palabras, lo que nos dice este nuevo enfoque es que Estados Unidos lleva décadas preparándose para el tipo de guerra equivocada.

Esto, sin embargo, de ninguna manera quiere decir que debamos descontar la influencia y poderío del ejército estadounidense en escenarios geopolíticos futuros. Por el contrario, si bien las fuerzas armadas están pasando por un momento difícil en Irak –en lo que a su prestigio y efectividad se refiere–, lo que este nuevo manual nos enseña es que están aprendiendo sus lecciones y empiezan a transformarse.

“Este es un juego [la guerra] de ingenio y voluntad. Tienes que aprender y adaptarte para sobrevivir”, comienza diciendo el primer capítulo del manual. Y para eso, cabe recordar,  pocos son tan hábiles como los estadounidenses. Aunque algunos hoy lo pongan en duda, Estados Unidos continuará siendo la fuerza militar dominante del siglo.