Historiar

Arthur Schlesinger creía en el gobierno. Creía en sus virtudes, en sus capacidades organizativas, en su papel como nivelador social, confiaba, sobre todo, en sus aptitudes para resolver los problemas sociales e impactar positivamente la vida de las personas. Mientras que hoy el discurso político estadounidense está plagado de dudas y reproches al gobierno y pocos ven la menor pizca de nobleza en la actividad política, Schlesinger, que vivió y retrató el poder desde sus entrañas, lo concebía de otra manera.

Entender quién era Arthur Schlesinger y por qué jugó un papel relevante en la política norteamericana de la segunda mitad del siglo XX nos requiere adentrarnos en dos aspectos de su vida: el primero, su actividad académica. Schlesinger fue un precoz intelectual que con sólo 27 años cambió algunas preconcepciones de la historia del Estados Unidos decimonónico al publicar un controversial estudio sobre la consolidación democrática del país.

El segundo, el que lo distinguió de cualquier otro historiador y le dio un lugar privilegiado en el establishment político de Washington prácticamente hasta el día de su muerte, fue su papel como confidente del poder en algunos de los episodios más tensos y trascendentes de los últimos 50 años.

Se cuenta que días antes de la toma de posesión del Presidente Kennedy, allá por el comienzo de la década de los sesenta del siglo pasado, el presidente electo visitó en persona a Schlesinger en su casa de Cambridge (Massachussets) y le propuso el cargo de Asistente Especial de la Casa Blanca.

Aunque aquella visita sería el inicio de una de las presidencias más cortas de la historia, la colaboración de Schlesinger en la administración Kennedy marcó época en la política exterior del país y definió una nueva forma de relación entre los intelectuales y el poder.

A la par de ser, en palabras del mismo Kennedy, el in-house historian de la Casa Blanca, Schlesinger jugó un papel importante como asesor en asuntos de política exterior. En 1962 acompañó al entonces Embajador ante Naciones Unidas, Adlai Stevenson, en su famosa comparecencia ante el Consejo de Seguridad en la que presentó pruebas sobre la escalada armamentista soviética en Cuba durante la crisis de los misiles.

En 1965, con sus cuadernos de apuntes de los escasos dos años y medio que duró la presidencia de Kennedy, Schlesinger publicó A Thousand Days: John F. Kennedy in the White House, un retrato de la esfera íntima del mítico presidente y un recuento histórico sui generis donde el historiador fungió como sujeto y narrador.

Nacido en Ohio en 1917, Arthur Schlesinger provenía de una familia académica muy representativa de la burguesía liberal del este. Creció en la apacible Cambridge donde su padre era un profesor universitario de prestigio que desde temprana edad introdujo a Arthur a la crema y nata de la “inteligencia” estadounidense. De mente perspicaz y una proclividad a discutir desde pequeño, un artículo de prensa publicado en 1965 retrata cómo en una ocasión en que su madre le pedía guardar silencio para darle una indicación, Arthur, con no más de 12 años, le contestó: “Mamá, como puedo guardar silencio si insistes en hacer aseveraciones que no se apegan con precisión a los hechos”.

Así fue como con sólo 15 años terminó la preparatoria y continuó su travesía académica en la Universidad de Harvard. Se graduó de ella con honores en 1938 y antes de cumplir los 30 produjo una de las obras seminales de la historiografía estadounidense: un denso volumen que estudia la presidencia de Andrew Jackson (1829-1837) y refuta pasadas interpretaciones sobre la consolidación democrática del país. Más de medio siglo después, la suya es la que prevalece.

Gran admirador del New Deal de Roosevelt, ese fue el siguiente tema hacia el cual el historiador dirigió su mirada. A finales de la década de los cincuenta realizó un extenso estudio –quizá el más detallado de ellos– en el que analizó los pormenores de la época y explicó cómo Roosevelt fue capaz de construir fructíferos consensos durante una etapa de la vida nacional particularmente difícil.

Su trabajo sobre el tema le mereció uno de los dos premios Pulitzer que ganó durante su vida.

El último asunto que robó la atención del octogenario historiador fue la administración Bush y su política en Irak. Con su habitual combatividad y razonado argumento, Schlesinger publicó en 2004 el que sería su último libro en vida. Titulado War and the American Presidency, el autor, haciendo alusión a su texto clásico The Imperial Presidency (sobre Richard Nixon), critica duramente la forma en la que Bush abusó de las prerrogativas del poder ejecutivo para justificar una guerra basada en “fantasía, engaño y auto-engaño”.

La democracia –y las dificultades para obtenerla– atraviesan transversalmente la obra de Schlesinger. Las verdaderas democracias, nos dice, no se pueden forjar a punta de bayoneta ni obtener por decreto; cualquier proceso de consolidación democrática requiere sacrificios, diálogo, capacidad de deliberación y, sobre todo, madurez política e institucional.

Y aunque se mostraba pesimista sobre el presente y futuro inmediato de Estados Unidos, en el largo plazo, Schlesinger creía en el porvenir de su país: una verdadera democracia tiene mecanismos de auto corrección inherentes a ella que le impedirán, una y otra vez, destruirse a sí misma.

Arthur Schlesinger fue uno de los máximos representantes de una especie, hoy en extinción, que sabe tender puentes entre el pensamiento y la acción política. Con su muerte Estados Unidos perdió una lúcida conciencia que por medio de la escritura, el debate, la reflexión y la crítica, contribuyó a fortalecer la república. El país le echará de menos.