Escatológico

En una época en la que se ha vuelto deporte nacional e internacional arremeter contra Bush y su gobierno, resulta sano olvidarnos del Presidente por un momento y recordar algunas de las debilidades de la Unión Americana que nada tienen que ver con él.

Para ello resulta pertinente la reciente aparición de la cinta norteamericana Fast Food Nation, un film que aunque en una primera impresión no destaca por su agudeza, originalidad, ni brillante dirección, analizada con mayor detenimiento nos dice valiosas cosas sobre cómo vive, piensa y actúa la sociedad estadounidense contemporánea.

La película es un minucioso y bien representado catálogo de aquellos aspectos que están en el origen de la degradación social estadounidense y son la fuente de algunas de sus disfunciones más importantes y características; hace un buen trabajo recopilando, en una trama unificada y creíble, diversas lacras sociales representativas de una populosa clase media que está muy alejada de lo que muchos se imaginan al pensar en cómo se vive en el corazón de la superpotencia.

Empresas obsesionadas con aumentar sus márgenes de ganancia a cualquier costo; adolescentes desencantados con sus perspectivas en el medio rural; una cultura del consumo basada en un sistema de crédito que atrapa a las personas desde temprana edad; una legislación de inmigración que se hace de la vista gorda y, en colusión con intereses económicos, permite que se explote a una fuerza laboral sin derechos; el descrédito de los partidos y medios políticos tradicionales; un sistema de alimentación dominado por grandes corporativos que en pro de la rentabilidad no encuentran inconveniente en alimentar con mierda a sus clientes. Sí, mierda, deshechos fecales.

Todos estos argumentos forman parte de la historia de Fast Food Nation, llevada a la pantalla por el tejano Richard Linklater y basada en el libro homónimo del periodista Eric Schlosser.

Coproducida por BBC Films, la trama de la película aborda todos estos temas y nos exhibe un lado de Estados Unidos rara vez mostrado, un lado que se pierde de vista cuando la máquina de cultura popular que es Hollywood normalmente ignora estos aspectos y se centra sobre aquéllos que el público digiere con mayor facilidad. Este film, sin duda, es una afortunada excepción a esa molesta propensión.

La trama de la película es tejida a través de dos historias que se van entrecruzando a lo largo de la cinta y terminan por fundirse en una escena final que muestra, por medio de una simple pero reveladora alegoría, el fin y principio de un ciclo perverso del que hoy son parte tanto autoridades como ciudadanos.

Por un lado, un grupo de inmigrantes mexicanos comienzan su travesía en una ciudad no identificada del norte de México con el objetivo de cruzar el desierto e ingresar en Estados Unidos. Por el otro, una compañía de comida rápida no sin intención llamada Mickeys (el director no da espacio a la imaginación y deja claro que podría tratarse de cualquiera de las archiconocidas cadenas del ramo) se enfrenta a un problema de sanidad al descubrir que la carne de sus hamburguesas contiene altos niveles de deshechos fecales.

La película arranca cuando un ejecutivo de Mickeys es enviado a un pueblo en Colorado a inspeccionar las instalaciones de la empacadora que les surte carne. El film lo acompaña a lo largo de su travesía y muestra cómo descubre el submundo de la planta y la vida de las personas que trabajan en ella. A través de este viaje se encuentra con una realidad que no esperaba: trabajadores indocumentados capacitados en un idioma que no entienden, relaciones laborales corrompidas y una cultura empresarial que se niega a ver y reconocer el impacto de sus prácticas.

Sobre todo –y en esto radica el valor de Fast Food Nation–, el film es una parábola de un país en el que muchos han perdido la capacidad para preguntarse el por qué de muchas cosas; es un alegato político en contra de la complacencia, la apatía, la cultura empresarial como credo social, la pasividad. En palabras del director, es una película sobre “la política de la vida cotidiana” –la micro política, la de la vida diaria, no la que se hace en los pasillos del Congreso– y cómo, sin darse cuenta, las personas se apartan y vuelven indiferentes ante los procesos que las afectan.

El largometraje lo ejemplifica contando la historia de un grupo de estudiantes que, inconformes con las prácticas de la empacadora, deciden liberar a las 100.000 y tantas vacas de su propiedad cortando la cerca del corral donde las pastan. Para el desconcierto de los estudiantes, una vez liberadas éstas no so mueven, están sueltas pero permanecen inmóviles. Frustrados, el grupo de bien intencionados emancipadores sólo puede concluir que hay quines simplemente prefieren vivir dentro de la seguridad y comodidad del corral a aventurarse y arriesgarse afuera.

Más aún, la película, quizá incluso sin pretenderlo, hace una crítica implícita al mitificado “sueño americano” y su deteriorado estado de salud. El film se enfrenta a él de manera cruda y realista y lo pone al día mostrándonos lo que yo llamaría el “techo del sueño americano”: el conformismo que caracteriza a un gran estrato de la sociedad norteamericana que hoy en día sólo es capaz de entender su libertad política a través de la obtención de bienes de consumo.

En otras palabras, el sueño americano, ese abstracto y difuso ideal que ha encantado y deslumbrado la imaginación de millones dentro y fuera de Estados Unidos, se encuentra estancado, inerte, incapaz de renovarse y motivar a millones de estadounidenses que al final de la semana, con 60 horas de trabajo a sus espaldas, sólo anhelan realizar su peregrinaje habitual al mall local.

El diálogo que cuadra el argumento del film sucede cuando, en una magnífica interpretación, Bruce Willis, personificando a un cínico y autocomplaciente supervisor regional de Mickeys coludido con la empacadora, chantajea al ejecutivo para que no comente nada a sus superiores y le concluye diciendo: “es un hecho triste de la vida, pero la verdad es que, de cuando en cuando, todos tenemos que comer un poco de mierda”.

En el fondo, las referencias escatológicas son centrales al argumento y juegan un doble sentido: uno literal que hace referencia a la carne contaminada y otro metafórico que crudamente nos recuerda el costo que algunos tienen que pagar para que un sistema de la envergadura del estadounidense funcione.

Para los pugilistas profesionales que sólo saben golpear a Bush, Fast Food Nation les resultará un fresco recordatorio de que los problemas más arraigados en Estados Unidos nada tienen que ver con él. El Presidente tiene los días contados (657 para ser exactos); estos males, sin embargo, no. Seguirán allí mucho después de que Bush haya dejado la Casa Blanca.