Indómito

De aquéllos que buscan la nominación de su partido para las presidenciales estadounidenses de 2008, John McCain, un septuagenario senador republicano por Arizona, es el que tiene el historial más largo e interesante de todos.

En octubre de 1967, en medio de las densas junglas de Vietnam del norte, un joven piloto de la marina estadounidense era capturado después de que su avión fue derribado por misiles anti-aéreos en una misión de rutina. A los pocos meses de su cautiverio las autoridades vietnamitas recibieron información –por medio de contactos de alto nivel en el ejército estadounidense– de que el soldado preso era hijo de un almirante de la marina. Como gesto de buena voluntad las autoridades del país asiático ofrecieron su inmediata liberación. Pero, para su sorpresa, el preso se negó a ser liberado y dejó claro que no saldría hasta que todos los prisioneros capturados antes que él fueran puestos en libertad. Liberado finalmente en 1973, la valiente decisión le significó torturas, vejaciones y, lo más impactante de todo, cinco años más de prisión que pudo haber evitado de aceptar la oferta de sus captores.

¿Se trata de la trama de una de las tantas películas estadounidenses sobre el conflicto de Vietnam?, ¿de la imaginación descarriada de un guionista cinematográfico que estira la realidad hasta convertirla en increíble?, o, quizá, ¿de la historia de uno de los incontables soldados anónimos que regresaron de Vietnam traumatizados por la experiencia de la guerra e incapaces de reinsertarse en la sociedad?

No, todo lo contrario, se trata de un capítulo de la vida real de John McCain, uno de los senadores con mayor poder e influencia en el Congreso y uno de los aspirantes más competentes y con más posibilidades de suceder a Bush en enero de 2009.

¿Quién es John McCain? Con más de 25 años en la política profesional, una destacada carrera en la marina y una breve inmersión en el mundo de lo negocios, no estamos ante un personaje fácil de encasillar; se trata, más bien, de una  elusiva figura inclasificable dentro de los típicos estereotipos en los que naturalmente encaja una buena parte de la clase política estadounidense.

Si tuviera que definir a McCain con una palabra sería con rebelde. Ante todo, se trata de un indómito personaje que se niega a aceptar las reglas del juego político tradicional, aunque lleve 25 años en él. Decidió hacer su vida en el corazón del status quo más tradicional y establecido (el ejército, el Congreso, el Partido Republicano) para desde allí luchar y cambiar algunas de las prácticas más corrosivas tanto de la política como de la sociedad norteamericana.

John McCain ingresó en política a principios de los años ochenta después de casarse por segunda vez y mudarse a Arizona. Al poco tiempo logró ser elegido a la Cámara de Representantes por parte del Partido Republicano y después de sólo dos legislaturas dio el salto al Senado.

Con un cuarto de siglo en el Congreso, McCain se mueve en la esfera íntima del poder y conoce como pocos el ritmo y las reglas de la capital (lo que en washingtonspeak se denomina beltway politics).

En 1999, el senador por Arizona decidió capitalizar esta experiencia y buscó sin éxito la candidatura de su partido a la presidencia de la República. Después de una aplastante victoria inicial en la primaria de New Hampshire, su esfuerzo parecía dirigido hacia la derrota de George W. Bush. Sin embargo, la historia, como todos sabemos, fue otra: el equipo del ahora presidente montó una dura campaña de calumnias y difamación en contra de McCain que tuvo como resultado la derrota de éste en la primaria de Carolina del Sur y el subsiguiente descarrilamiento de su candidatura.

Derrotado y con la duda de si sería capaz de sobreponerse a su fracasado intento presidencial, McCain regresó al Senado a tratar de salvar su carrera política. En los poco más de seis años que han pasado desde entonces, no sólo ha sabido recuperar su influencia, más importante todavía, ha logrado establecerse como una voz creíble y confiable en un momento en el que su partido no goza de la simpatía popular; y, simultáneamente, ha sido capaz de distanciarse de Bush sin enfrentarse a las bases republicanas.

Como el ave Fénix, McCain renació de sus cenizas y ha vuelto con más fuerza que nunca para reclamar la nominación de su partido y hacer un último intento por llegar a la Presidencia.

Su programa político gira entorno a tres temas que me parecen particularmente importantes –dos de ellos promovidos desde hace años y centrales a sus esfuerzos legislativos–. Uno, combatir la influencia del dinero en la política: McCain cree que el primero ha corrompido a la segunda y es la responsabilidad del Estado revertirlo (desmarcándose así de la línea de su partido).

El segundo es relativo al trato de los prisioneros de guerra. Como ningún otro candidato –o político en Washington– McCain ha insistido en la importancia de que Estados Unidos cumpla tanto las Convenciones de Ginebra como aquellas obligaciones emanadas del derecho internacional.

El tercero es Irak. McCain ha defendido la invasión desde el principio y, por lo mismo, su éxito electoral está íntimamente ligado a cómo se continúe desarrollando el conflicto. A finales del año pasado McCain apostó por la escalada militar y hasta la fecha promueve el envío de más tropas. Una osada decisión que puede convertirse tanto en su Némesis como en su redención.

Hace cinco años, el semanario The New Yorker publicó un perfil del candidato en donde el autor, considerando su avanzada edad, descartaba por completo su participación en la contienda de 2008. Hoy, con 70 años cumplidos, John McCain vuelve a desafiar las predicciones y se dispone a convertirse en el presidente de mayor edad que jamás haya ocupado la Casa Blanca. Aunque todas las probabilidades están en su contra, tratándose de McCain, no apostaría por su derrota.