Provocador

Con apenas 45 años y sólo dos de experiencia en política nacional, Barack Obama, senador por el estado de Illinois, es la sorprendente revelación de las presidenciales en Estados Unidos.

“¿Senador, cuál es su lugar en la historia?” Así, con esta sugerente y presunciosa pregunta fue recibido Barack Obama en su primera comparecencia pública el día que juró el cargo de Senador a principios de 2005. La pregunta es reveladora no por la respuesta que produjo –solamente soltó una carcajada–, sino por lo mucho que dice de las expectativas con las que llegó acompañado al Congreso. Como la de pocos, la carrera política de Obama nació con los reflectores apuntados hacia él y con la certeza de que, hiciera lo que hiciera, la suya sería algún día materia de los libros de historia.

Indiferente a esa pesada losa que los medios le han colocado sobre la espalda, Obama no se inquieta; el joven político, con apenas dos años de experiencia en el Senado, no ha dejado que los humos le lleguen a la cabeza y se ha sabido mantener frío, centrado y ecuánime ante la avalancha de interés que ha suscitado su persona. Eso sí, como firme candidato al puesto de mayor importancia política en el mundo.

Dicho esto, no es exagerado decir que Barack Obama es quizá la figura política más emocionante y novedosa que ha surgido en Estados Unidos en las últimas décadas. Lo es por su manera de hablar, por su capacidad para conectarse con el público, por el contenido de su discurso, por el color de su piel, su juventud, su idealismo, su energía, su claridad de ideas, porque es osado y logra salirse de las zonas de confort en las que están instalados tanto demócratas como republicanos. En suma, por su idealismo.

Mientras que el resto de los candidatos presidenciales –o políticos de alto nivel para tal caso– han construido su carrera y reputación siguiendo un lento y metódico proceso edificado a lo largo de decenios, Obama lo ha hecho con la velocidad y el vértigo que caracterizan a estas épocas (por eso con Obama se habla de un cambio generacional).

Siendo justos, sin embargo, para explicar su popularidad habría que agregar una razón más que no es atribuible a ningún talento intrínseco del candidato y que es esencial para entender el por qué del fenómeno Obama: su historia de vida.

Se trata de una historia que nos lleva desde la empobrecida Kenia rural (de donde era su padre) hasta Kansas (de donde era originaria su madre), haciendo escalas en Hawai (donde nació), en Indonesia (donde creció), la Universidad de Harvard (donde estudió) y  los ghettos negros del sur de Chicago (donde se formó).

Su historia de vida es, en pocas palabras, sui generis, muy distinta a la del político promedio y uno de los motivos por los que ha sido propulsado a la estratosfera electoral y hoy se encuentra con sólidas posibilidades de ser el próximo presidente de Estados Unidos.

Barack Hussein Obama nació en 1961 de madre blanca y padre negro, un dato fundamental para entender de dónde viene y por qué su campaña ha significado un soplo de aire fresco al sistema. Si Bill Clinton es considerado el primer presidente negro (bautizado cariñosamente así por la autora Toni Morrison), Obama sería el primero post-racial. Su discurso es un provocador alegato que busca superar muchas de las barreras que tradicionalmente han dividido a la sociedad norteamericana (las raciales, económicas y sociales).

Después de terminar la universidad en Nueva York, Obama tomó una de las decisiones más importantes de su vida política: rechazar ofertas de trabajo bien remuneradas para enrolarse como organizador comunitario en un barrio marginado de Chicago cobrando una fracción de lo que hubiera podido.

La experiencia sería fundamental y marcaría el comienzo de su maduración política. Posteriormente, el senador por Illinois se entrenaría como abogado en Harvard y regresaría a Chicago a dar los primeros pasos formales de su carrera política.

Elegido congresista estatal en 1996, Obama combinó la docencia con la actividad política hasta que, ya como candidato al Senado en 2004, pronunció un apasionado discurso en la Convención Demócrata que lo lanzó a la fama y lo estableció instantáneamente como estrella política. Ese verano en Boston, entre otras cosas, dijo: “no existe una América negra, una blanca, una hispana y una asiática, existen los Estados Unidos de América”.

Como ningún otro político –mucho menos candidato presidencial–, Obama ha logrado hilvanar un discurso que logra trascender las marcadas líneas ideológicas y partidistas del Estados Unidos contemporáneo; de manera creíble y natural logra presentar al servicio público como una virtud cívica que necesita restablecer su prestigio ante los ojos de unos ciudadanos cansados de asociar la política con abusos de poder y oportunismo.

Carente todavía de ideas concretas y un programa político claramente delineado, el ímpetu inicial de su campaña ha consistido en hacer un enérgico y valiente llamado a repensar la manera en la que se ha venido haciendo política en los últimos años. Aunque frágil todavía, su candidatura está tomando impulso no sólo entre un electorado hambriento de cambios y renovaciones, también lo hace entre empresarios liberales (imprescindible fuente de recursos para la campaña) que quieren tener la certeza de que el próximo inquilino de la Casa Blanca sea un demócrata.

¿Existen las condiciones para que Obama obtenga la nominación del partido y derrote a su rival republicano en noviembre del año que entra? Sí, sin duda. ¿Lo hará? Es demasiado pronto para saberlo. Decir otra cosa sería jugar al oráculo.

Lo que sí puedo afirmar es que el estilo y las ambiciones de Obama no se mezclan bien con las formas que imperan actualmente en Washington. Uno terminará cambiando al otro. Y aunque pueda parecer más fácil que el sistema cambie a Obama, no me sorprendería que sucediera lo contrario.