Capitalismo

Oxford, Reino Unido– Amartya Sen, John Gray, Timothy Garton Ash, Bill Bradley, George Soros, Paul Krugman, Ronald Dworkin, Tony Judt, Robin Wills, Robert Skidelsky, Alan Ryan, Robert Silvers, entre varios otros.

La mayoría no necesita presentación. Se trata de algunos de los intelectuales y académicos europeos y estadounidenses más destacados del momento. Economistas, políticos, editores, historiadores, premios Nóbel y filántropos, todos reunidos para contrastar opiniones en un pequeñísimo auditorio parte del sindicato estudiantil de la universidad.

La reunión, titulada The New Face of American Capitalism and its Impact on the World y organizada por el Rothermere American Institute de la mencionada universidad, tenía un doble propósito: homenajear a los editores de una de las publicaciones más prestigiosas y valientes del escenario cultural estadounidense, ‘The New York Review of Books’ (ampliamente recomendado para todos aquellos que no la conozcan) y hacer un diagnóstico del momento que vive el capitalismo en Estados Unidos –y, como resultado, en el mundo–.

Con más de cuarenta años de publicación ininterrumpida, el Review, que nació como consecuencia de una huelga de impresores en Nueva York a comienzos de la década de los sesenta, es una isla que brilla en un opaco y uniforme mar de publicaciones que sacrifican fondo por forma y confunden opinión con análisis.

Bajo la batuta del septuagenario e incansable Robert Silvers (su coeditora, Barbara Epstein, murió el año pasado), el Review se caracteriza por extensos y mordaces análisis que recorren un amplio espectro de temas: desde las mentiras que utilizó Bush para justificar la invasión de Irak hasta el último estreno en Broadway, pasando, como fue el caso aquí en Oxford, por matizados análisis sobre los altibajos y miserias del sistema capitalista.

¿Qué se dijo en la conferencia? Lo suficiente para llenar dos jornadas de sol a sol. Aquí algunas de las intervenciones más destacadas.

La salva inicial la disparó Paul Krugman, uno de los economistas más reconocidos a nivel mundial y columnista del New York Times. Comenzó diciendo que la euforia económica que se vivió a partir de la segunda mitad de los noventa y hasta el pinchazo de la burbuja tecnológica a principios de este siglo se debió en parte a un espejismo provocado por inversores que inundaron de capital toda empresa con el sufijo .com pegado a ella.

La vanagloriada “nueva economía” de los noventa, en pocas palabras, nunca existió. Si bien las nuevas tecnologías de la información han traído consigo indudables avances y mejoras en una amplia gama de procesos, nunca tuvieron la magia que la comunidad financiera les atribuía: desafiarían el axioma clásico de la ciencia económica sobre la inevitabilidad de los ciclos económicos y harían que éstos pasaran a la historia. En otras palabras, estas nuevas tecnologías –creían los inversionistas– reducirían los costos marginales de la producción a cero y abrirían posibilidades ilimitadas de ganancia.

Mentiras, dijo Krugman. Con la claridad que lo caracteriza y jugando su típico papel de aguafiestas, los refutó y tachó de ilusos. Explicó que el crecimiento económico estadounidense de la última década ha sido impulsado, más bien, por factores mucho más convencionales y bastante menos innovadores, a saber,  el ‘boom’ inmobiliario que recién termina y el preocupante hecho de cómo éste ha sido utilizado para financiar el gasto de los consumidores por medio de hipotecas (sin añadir, cabe recalcar, valor alguno a la economía en el proceso).

Bill Bradley (ex candidato presidencial demócrata), por su parte, se mostró perplejo ante una de las lacras del capitalismo norteamericano contemporáneo: 47 millones de personas sin ningún tipo de seguro médico. Esto es, una sexta parte de la población a merced de uno de los sistemas de salud más costosos del planeta.

La polémica la introdujo un asistente al preguntar sobre la falta de una corriente de izquierda fuerte en la tradición política del país. La respuesta vino en varias formas: desde aquéllos que lo atribuyeron a la astucia y capacidad de la generación conservadora que actualmente ocupa el poder hasta los que culparon a los demócratas y su aburrido y poco imaginativo uso del lenguaje político.

Yo, sin embargo, me quedo con la explicación que ofreció Amartya Sen. Con su frágil y tímida voz, el premio Nóbel indio le recordó al auditorio la desconfianza histórica que los norteamericanos sienten tanto hacia las instituciones públicas como hacia el Estado mismo. Aunque parezca contradictorio, los estadounidenses se caracterizan por seguir al pie de la letra aquello dictado por el Estado, mientras, simultáneamente, coexiste en ellos una profunda y arraigada sospecha hacia él. Difícilmente podría surgir una izquierda fuerte y eficaz en un espacio de convivencia pública acotado por esta desconfianza.

Por último, George Soros se metió de lleno en el campo de las preferencias presidenciales. El financiero convertido filántropo advirtió que si Estados Unidos quiere recuperar prestigio e iniciativa política en el plano internacional, más le vale elegir a Barack Obama como su próximo presidente; sólo él sería capaz de, tanto a nivel externo como interno, revertir el daño hecho por Bush a lo largo de los últimos años.

El tema que implícitamente dominó la reunión, sin embargo, fue el de la creciente desigualdad económica. Y es aquí donde, en mi opinión, yace el verdadero reto del capitalismo norteamericano: ¿cómo reasignarle valor al trabajo en una economía post industrial en la que, según los estándares actuales, son cada vez menos las personas que le añaden valor? Lentamente, cada día son más los estadounidenses que se hacen la pregunta. No me queda duda que tarde o temprano obtendrán una respuesta. Y, como en tantas otras materias, le terminarán mostrando el camino a ese resto del mundo aletargado que, enfrentado a problemas similares, sólo espera e imita.