Conservador

De la decena de candidatos Republicanos que compiten por la nominación de su partido, Mitt Romney, un mormón de Massachussets, ha sabido cortejar al voto duro conservador y encabeza ya las preferencias de la crucial cita en Iowa. ¿Se podrá mantener?

Mitt Romney tuvo una revelación. Sucedió el 9 de noviembre de 2004. Después de una reunión con un asesor científico que le explicó algunos detalles sobre diversos procedimientos abortivos y de investigación con células madre, el entonces gobernador de Massachussets cayó en cuenta lo equivocado que había estado defendiendo una práctica que, repentinamente, le pareció “abarataba el precio de la vida” e iba en “contra de la dignidad humana”.

De entrada, la anécdota podría parecer la historia de algún político converso más que, después de alguna experiencia esclarecedora o años de reflexión y debate, simplemente cambia de postura. Pero no lo es. Si hacemos una lectura más profunda de la carrera política de Mitt Romney, resulta fácil darse cuenta que el cambio de posición obedece, más bien, a un hábil y calculado zigzagueo político que le permitió, a pesar de ser un republicano conservador, convertirse en gobernador de uno de los estados más liberales de Estados Unidos.

La historia de cómo entró Romney en política es una particular mezcla de suerte, lazos familiares, éxito en los negocios y una sobredosis de ambición.

Pocos los saben, pero, al igual que la familia de George W. Bush, la de Romney también es parte de una saga política que se remonta varias décadas. Su padre, George W. Romney, fue un afamado gobernador de Michigan que compitió sin éxito por la nominación presidencial republicana –contra Nixon– y terminó ocupando una secretaría de Estado en el gobierno de éste.

(George W. Romney tiene un ángulo que a muchos lectores les resultará interesante: nació en el estado mexicano de Chihuahua debido a que sus abuelos –mormones– se establecieron allí después de ser perseguidos en Estados Unidos por practicar la poligamia. Al comienzo de la Revolución Mexicana la familia regresó a la Unión Americana y se estableció en la que se habría de convertir en la meca mormona, Salt Lake City, Utah)

Menciono estos antecedentes porque, si bien muchos en Estados Unidos presumen y se enorgullecen de su envidiable sistema meritocrático, no se nos puede olvidar que así como existe un Barack Obama o un Bill Clinton –casos por antonomasia de políticos creados a sí mismos–, también existe un  George W. Bush o un Mitt Romney.

El logro político más importante de Romney, hasta la fecha, han sido sus cuatro años al frente del gobierno de Massachussets. Antes, sin embargo, ya había intentado entrar en política por la puerta equivocada: en 1994 inocentemente intentó desbancar al imbatible senador por Massachussets Ted Kennedy, perdiendo por un margen de casi 20 puntos; la derrota fue tal que pasarían cerca de 10 años antes de que Romney volviera a probar suerte.

Después de una corta pero relativamente exitosa gubernatura, Romney hizo un cálculo político que espera desemboque en la nominación presidencial de su partido. Consciente del desprestigio que ha sufrido el movimiento conservador durante la segunda administración Bush, Romney tiene sus esperanzas puestas en un minoritario pero influyente nicho del electorado: la derecha religiosa.

La estrategia actual, aunque difícilmente lo llevará por sí sola hasta la nominación en septiembre del año próximo, muestra cierta astucia y visión política.

Las campañas presidenciales en Estados Unidos –especialmente en sus etapas de nominación interna– están construidas con el objetivo de crear un ímpetu inicial –tanto mediático como financiero– que les permita sobrevivir los primeros procesos de selección y así llegar con vida a las primarias de los estados con mayor peso poblacional.

Sí, por una parte se trata de un carrera de fondo para la que hay que tener condición y resistencia; pero, por otra, un sprint inicial es fundamental para mantenerse con vida durante las primeras etapas del proceso y poder seguir avanzando –en especial para los candidatos menos conocidos–.

Aunque todavía en fase incipiente, la estrategia le está funcionando a Romney. Según datos publicados la semana pasada por Zogby International, Romney en el lado Republicano y Edwards en el Demócrata, encabezan las preferencias electorales de la primera cita de la campaña: el ‘caucus’ de Iowa del próximo 14 de enero (Romney también aparece adelante en la primaria de New Hampshire).

¿Qué quiere decir esto? Romney, a falta de uno mejor, se está convirtiendo en el candidato por ‘default’ de un sector del electorado conservador por definición, con mucha influencia sobre el proceso político y, más importante aún y llegado el momento, con la capacidad para inclinar la balanza a favor de uno u otro candidato.

¿Se podrá mantener Romney a la cabeza? Difícilmente. Sobre su candidatura rondan dudas, incongruencias y una estrategia arriesgada que tiene notables limitaciones. Por lo mismo, me atrevería a decir que es poco probable que el próximo presidente de Estados Unidos sea mormón.

La importancia de Romney en el proceso radica, más bien, en que será el candidato que marque la pauta y establezca la agenda de un sector del electorado que se siente abandonado, a la deriva y en búsqueda de un líder moral que le de voz a sus reclamos.

Si durante la naciente campaña presidencial se quiere saber hacia dónde soplan los vientos conservadores en Estados Unidos, sólo hará falta saber la trayectoria que siga Mitt Romney.