Populista

No, no me refiero a Hugo Chávez. Y no, tampoco se trata del tipo de política que vuelve a estar de moda en Latinoamérica. Populista, en su connotación estadounidense, es la palabra que mejor define a John Edwards, uno de los tres candidatos demócratas con posibilidades de ganar la nominación de su partido.

La carrera profesional de John Edwards llegó a su clímax cuando, en su rol como abogado defensor –que jugó con gran éxito durante décadas antes de convertirse en político– ganó una demanda multimillonaria contra un fabricante de filtros de alberca defectuosos que, en el caso del cliente de Edwards, atrapó bajo el agua y le succionó los intestinos.

El juicio le dio fama y fortuna a Edwards y lo colocó en el pináculo de una de las profesiones más controversiales de Estados Unidos: la de los abogados defensores (trial lawyers).

Aunque la anécdota pueda parecer trivial en la vida de un candidato presidencial, en el caso de Edwards no lo es. Antes que político, John Edwards es un muy exitoso abogado. Y aunque en Estados Unidos muchos de éstos son odiados con singular intensidad, ello no quita que jueguen un papel vital en una sociedad que sanamente tiende a dirimir sus conflictos sociales por la vía judicial.

Resulta imposible evitar pensar en los incontables filmes en los que Hollywood ha contado la historia de solitarios y valientes abogados que luchan por mantener la integridad de un sistema saboteado por toda clase de fallas humanas: desde clásicos como To Kill a Mockingbird (1962) de Robert Mulligan y The Verdict (1982) de Sydney Lumet, hasta otros más recientes como The Firm (1993) y Runaway Jury (2003), ambos basados en novelas del maestro indiscutible del género, John Grisham.

Guardadas las proporciones temáticas y temporales, John Edwards bien podría ser el protagonista de cualquiera de estas historias. En la muchas veces simplona simbología cinematográfica estadounidense, la trama de estas películas funciona como una exaltación idealizada de la justicia que intenta demostrar las virtudes de un sistema que permite que débiles y desposeídos se enfrenten (y ganen) a ricos y poderosos en un terreno neutro en el que ambos están (en teoría) en igualdad de condiciones.

En síntesis, como si de una película se tratara, esta es la historia de John Edwards: de cómo llegó a ser quien es y por qué quiere ser presidente de Estados Unidos.

Edwards nació en Carolina del Sur en 1953 (junto con Barack Obama, es el candidato más joven). Creció con las costumbres de la clase obrera de los estados del sur, su padre, un supervisor de un molino textil y, su madre, una repartidora postal, lucharon, en la tradición más fiel del “sueño americano”, porque sus hijos rompieran el círculo de la pobreza ingresando a la universidad. Edwards fue el primero en su familia en lograrlo.

Formado como abogado, sus primeros años profesionales los ocupó construyendo una reputación como uno de los juristas defensores más hábiles del país. Se especializó en la mal reputada rama de “lesiones personales” o, como se le llama despectivamente en Estados Unidos, ambulance chasers (caza ambulancias).

Sin embargo, Edwards afirma siempre haberlo tenido claro. Para él nunca se trató de las indemnizaciones millonarias que solía cobrar para sus clientes, ni de la fama, ni de la reputación. Los “abogados defensores pueden ayudar a personas que no se pueden ayudar a sí mismas, que no pueden luchar por ellas mismas”, dice Edwards. Y es esta clave, más que ninguna otra, la que nos devela la forma en la que el candidato entiende el servicio público: la política como máxima forma de redención en un mundo lleno de injusticias.

Repentinamente –y en parte influenciado por la trágica muerte de su hijo adolescente–, a Edwards le pareció limitado el impacto social de su trabajo y decidió dar el salto a una esfera en la que éste pudiera tener mayores repercusiones.

Así, en 1998, ocupando por primera vez un cargo público, se convirtió en senador por Carolina del Norte. Muy rápido comenzó a destacar por su gran habilidad retórica –sin duda su arma más fuerte como candidato– y, en tan sólo un par de años, logró escalar la osificada jerarquía demócrata y situarse entre los miembros más influyentes del partido.

Edwards saltó a la fama cuando, tan pronto como 2001, tres años antes de la próxima elección –y a sólo tres de su debut político–, comenzó a planear su candidatura presidencial. Aunque no obtuvo la nominación de su partido en 2004, logró consolidar su reputación con su mensaje sobre las “Dos Américas” –una rica y una pobre– y se convirtió en el compañero de fórmula del candidato presidencial derrotado, John Kerry.

Construida sobre las lecciones de su primer intento, la campaña actual tiene un blanco definido y concreto: los 37 millones de estadounidenses que viven en la pobreza. Los ejes de su campaña son un ambicioso plan para erradicarla en su totalidad antes del 2036 y la introducción de un plan universal de cobertura sanitaria (una verdadera osadía en un país en donde nadie gana elecciones proponiendo aumentar el tamaño del Estado).

Aunque puntero en el caucus de Iowa –la primer cita del calendario electoral– según las últimas encuestas, Edwards se ubica en un distante tercer lugar a nivel nacional y, según las predecibles dinámicas electorales –captación de fondos–, la brecha sólo se hará más grande.

El aspecto más interesante de la candidatura de Edwards es, a mi parecer, lo que ésta nos dirá sobre el propio Partido Demócrata: Clinton y Obama se refugian en cómodas políticas centristas diseñadas alrededor de la corrección política y a prueba de tempestades; Edwards, por su parte, con mayor naturalidad y soltura, toma riesgos y fuerza la inclusión de temas que molestan y rompen el mito de la igualdad estadounidense.

¿Con quién se alineará el partido? De la respuesta a la pregunta depende en gran parte si los Demócratas son capaces de recuperar la presidencia el año que entra. Edwards quizá no sea el favorito, pero, hasta ahora, es el que ha identificado los verdaderos problemas sociales de Estados Unidos y ha tenido la valentía de llamarlos por su nombre.