La recién concluida gira de Barack Obama por Oriente Próximo y algunas capitales europeas nos ofrece un botón de muestra sobre los claroscuros del candidato.
“Las puertas se abrieron a las cuatro de la tarde”, cuenta una crónica de Der Spiegel, un semanario alemán, “los que llegaron temprano se apretujaron alrededor de la Columna de la Victoria, en medio del parque berlinés Tiergarten”. Eran miles y miles, continúa, “hicieron fila como una compacta falange a lo largo del medio kilómetro que une el monumento con la puerta de Brandenburgo”.
En total, más de 200,000 personas. ¿A dónde esperaban ingresar? ¿A un concierto de rock? ¿A la edición más reciente del Love Parade berlinés? ¿A un partido de futbol? Nada que se le parezca. El casi cuarto de millón de asistentes querían ser testigos del discurso estelar de la gira internacional del candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Barack Obama —el diario popular Bild lo denominó una “estrella política pop”—.
Se trata del discurso sobre el que se especuló durante semanas: ¿en qué monumento de la capital alemana tendría lugar? Obama quería nada menos que la puerta de Brandenburgo; pero, otros pensaban, ¿qué ha hecho el senador para merecer un foro reservado a discursos de altos dignatarios? ¿Estaba intentando utilizar la ciudad con fines electorales?, se cuestionaban algunos más. La controversia se zanjó sólo después de que interviniera el presidente Bush, la canciller Angela Merkel y las autoridades de la ciudad; al final, la neutralidad del Tiergarten, a tiro de piedra del sitio pretendido por Obama, logró el consenso.
No se recuerda algo similar: un candidato —ni siquiera nominado por su partido— que atrae a cientos de miles de asistentes que en su gran mayoría no podrán votar por él a un discurso de corte eminentemente político, peor aún, eminentemente electoral. Inusitado.
La obamanía, pues, en su encarnación internacional.
El discurso fue una mezcla de idealismo wilsoniano, lugares comunes de la política internacional y una retórica que preocupa cada día más: llena de buenas intenciones, llamados a la unidad, a la construcción de puentes —transatlánticos, transculturales, transcontinentales—, pero ausente de ideas concretas sobre cómo construirlos, por dónde comenzar, sobre cuáles deberían ser las nuevas prioridades. En suma, un discurso que, en directa proporción a las expectativas que ha generado el candidato, se queda muy corto —no olvidemos que estamos a menos de 100 días de la elección y a poco más de 150 del relevo presidencial—.
El contexto del discurso en Berlín no está completo si antes no nos remontamos al inicio de su gira internacional. Antes de aterrizar en Alemania, el candidato hizo dos visitas que son clave para entender la esencia del debate exterior en la elección.
Primero fue el turno de Afganistán. El país asiático es una de las piezas fundamentales en el rompecabezas exterior de Obama. Su postura hacia él la utiliza para desmarcarse de las políticas de la administración Bush y dejar claras dos cosas: reconoce la existencia de facciones internacionales que amenazan los intereses de Estados Unidos y, simultáneamente, establece que su estrategia en la lucha contra el terrorismo irá mucho más allá de la estrecha visión seguida por Bush. Lo consiguió.
Después vendría Irak. En definitiva, el clímax de su gira internacional. Lo que se propuso lograr allí era especialmente complicado. Respaldado por la reciente mejora de las condiciones sobre el terreno en Irak, su rival, el republicano John McCain, ha intentado acorralar a Obama calificando su postura de derrotista e insensata: ¿por qué retirar las tropas en el momento que más éxitos está consiguiendo la estrategia militar?, le cuestiona tramposamente el senador de Arizona.
Obama fue a Irak a cambiar el sentido de ese debate y obtener un muy necesitado respaldo en temas internacionales y de seguridad. Si nos guiamos por las primeras reacciones, lo ha conseguido. En una jugada maestra, Obama logró que su visita coincidiera con un anuncio por parte del gobierno iraquí respaldando el calendario de retirada que ha defendido desde el comienzo de su candidatura —esta semana hasta McCain habla de las ventajas de establecer calendarios—.
De regreso a Berlín. Lo decepcionante de su discurso en la Columna de la Victoria fue que careció de contenido, de ideas, de una hoja de ruta que siquiera comience a dibujar un bosquejo creíble sobre cómo piensa lograr sus objetivos.
“Si pudimos crear a la OTAN para enfrentar a la Unión Soviética”, decía el candidato en Berlín, “podemos unirnos en una nueva alianza para derrotar a los grupos que atacaron Madrid y Amán, Londres y Bali, Washington y Nueva York”. ¿Cómo hacerlo? ¿Cuáles serían las características de esa nueva alianza? ¿Quiénes participarían en ella? Ni una palabra al respecto.
O, por mencionar otro ejemplo: “Este es el momento de unirnos, a través de una constante cooperación, instituciones sólidas, sacrificios compartidos y un compromiso global con el progreso”. Cualquier parecido con el discurso de un político demagogo tercermundista es mera coincidencia; sí, lo aseguro, se trata de Obama en Berlín.
David Brooks del New York Times lo resume así: “Cuando escuché por primera vez este optimismo radical en Iowa el alma se me estremeció…pensé que se trataba de la obertura de un nuevo tipo de campaña. Pero, seis meses después, resulta que esa obertura es la sinfonía completa. La pomposa retórica impresiona menos, la evasión de las decisiones difíciles sorprende más”.
Quizá el senador tuvo un mal día, pero sus palabras en Alemania definitivamente no estuvieron a la altura de las expectativas, tanto dentro como fuera de Estados Unidos.
Y he justamente allí el problema que Obama tendrá a partir de ahora: ganar la elección le será una tarea relativamente sencilla —tiene todo a su favor—; su verdadero reto —resulta cada vez más claro— será evitar caer víctima de las expectativas que ha generado. Son altas, muy altas. ¿Las podrá administrar?