Derrumbe

La pasada semana no sólo vimos el derrumbe de los mercados financieros internacionales, también atestiguamos cómo la campaña de McCain recogía los frutos de su estrategia y se despeñaba; un triunfo arrollador de Obama es hoy posible.

“Llegó el momento de que John McCain despida a los miembros de su campaña”, decía el ideólogo republicano William Kristol en su columna de esta semana en el New York Times. “No tiene nada que perder. Su equipo se encuentra completamente superado por el de Obama”, observaba.

Los vientos políticos cambian, y lo hacen a gran velocidad. Hace apenas unas semanas los republicanos salían marchando triunfantes de su convención convencidos de que a pesar de estar viviendo el ocaso de una de las presidencias más impopulares de la historia el partido podría vencer a los demócratas —apelando a los temas sociales más divisivos— y aferrarse a la Casa Blanca un cuatrienio más.

Detrás de la selección de Sarah Palin a la vicepresidencia estaba esa ilusión. Su elección tuvo un cierto grado de osadía política, pero, al mismo tiempo, reflejó la debilidad de la campaña ante las propias bases del partido y su falta de confianza en ser capaces de presentar un programa político que no ofreciera más de lo mismo en un momento en el que el 80 por ciento del país cree que éste se dirige en la dirección equivocada.

Fue así que durante semanas vimos cómo la estrategia republicana se centró en evitar cualquier contacto con los temas sustanciales y se refugió detrás de la gobernadora; la convirtieron en un fetiche que utilizaron para ahuyentar cualquier contacto con la realidad —me recuerda el espíritu de aquel famoso comentario de Karl Rove muy al comienzo de la presidencia de Bush en el que dijo que la fuerza de Estados Unidos era tal que creaba su propia realidad—.

Hasta la semana pasada Palin dispensaba consejo y se movía con una creciente seguridad —se rumorea que de la mano de la derecha cristiana ya planea presentarse como candidata en 2012—. En una conversación que William Kristol reprodujo en su columna de la semana pasada, la gobernadora aconsejaba que McCain se “quitara los guantes” y que centrara su estrategia en asociar a Obama con figuras controvertidas que debilitaran su imagen. “No entiendo por qué esas asociaciones no se discuten más”, le confesaba Palin a Kristol.

McCain, alarmado por la erosión de sus números en las encuestas, siguió el consejo. Y lo hizo con ese doble lenguaje —hace mucho que el Straight Talk Express encalló— que caracteriza a la política en ese nivel: un velo de aparente cortesía al rival al tiempo que se le ataca por otros medios (a través de las misma Palin y de calumnias en televisión).

La estrategia no sólo no dio resultado en las encuestas —Obama siguió subiendo—, a finales de la semana llegó a su clímax con un penoso episodio que simboliza el punto de no retorno para McCain. El viernes, en un rally en Minnesota y ante la intervención de una de las participantes, el senador recogió los frutos de su estrategia: “es un, es un, es un árabe” dijo una mujer mayor en referencia a Obama. A McCain no le gustó nada lo que escuchó y sin dejarla terminar le arrebató el micrófono; recuperado el control, se limitó a decir “no señora, no, es un hombre de familia decente, un ciudadano con el que yo simplemente tengo algunos desacuerdos”.

El incidente, que podría parecer trivial, no lo es. No sólo dejó en evidencia los efectos intoxicantes de una campaña que miente y acusa como modus operandi; también, y más importante, dejó claro que debajo de la aparente calma y tolerancia social, en ciertos sectores sociales continúan palpitando sentimientos de rechazo racial irresueltos —en otros eventos republicanos de los últimos días se han podido escuchar consignas como “¡que le corten la cabeza!”, “terrorista”, o un insulto que invoca al racismo sureño del siglo pasado, “boy”, como forma de referirse a un hombre de raza negra—.

E.J. Dionne del Washington Post formula dos preguntas esenciales en relación a esta serie de incidentes: “¿Estamos atestiguando el resurgimiento de la extrema derecha como una fuerza política en Estados Unidos? ¿Se ha convertido John McCain —quizá de manera inadvertida— en el responsable de empoderar a un movimiento político que gira en torno al miedo, la xenofobia, el racismo y la ira?”

Desde hacía algunos días, McCain repetía una pregunta retórica mal intencionada que buscaba instigar miedo y confundir a los electores: “¿Quién es el verdadero Barack Obama?, ¿Quién es el verdadero Barack Obama?”, preguntaba una y otra vez.

Lo que buscaba McCain con ese aparentemente inocente juego retórico era asociar a su rival con su ex reverendo (“god damn America”), con William Ayers (un ex activista radical de los años sesenta con el que Obama ha tenido encuentros esporádicos), e incluso, con Osama Bin Laden (en algunos estados el partido republicano reparte panfletos que lo asocian con el terrorista saudí). Hasta que sucedió el incidente de Minnesota.

El lunes, en un giro de 180 grados, McCain estrenaba estrategia y discurso: finalmente reconocía que sí, la economía era un factor fundamental en la preocupación de los votantes. Pero lo cierto es que ya es tarde para el senador de Arizona. El daño está hecho.

Aunque aún faltan tres semanas para la elección, la pregunta que poco a poco comienza a flotar en el ambiente es por cuántos votos electorales derrotará Obama a McCain. Si los números de las encuestas más recientes son una guía, los demócratas podrían acercarse —o superar— los 350 votos —algo que equivale a un triunfo aplastante, el ganador sólo necesita 270—.

Si Obama lo consigue su triunfo será triple: será el presidente demócrata más votado desde Franklin Roosevelt, el primer presidente negro y habrá logrado su primer triunfo legislativo: el nacimiento de una mayoría en el Congreso con la que a partir del 20 de enero pueda comenzar a gobernar.