Legislativo

Con todos los reflectores apuntados a la batalla por la Casa Blanca, no se puede perder de vista la lucha por el Congreso; ésta también la lideran los demócratas; el resultado será clave para saber en qué condiciones asumirá Obama la presidencia en enero.

A seis días de la elección presidencial las encuestas apuntan decididamente hacia un mismo lugar: Barack Obama será elegido presidente de Estados Unidos el martes. Sólo queda por conocerse la distribución exacta de los votos: el delineado final de ese mapa de azules y rojos que parpadeará en los televisores a lo largo de la noche electoral.

Donde los pronósticos son más inciertos es en el Congreso. La elección allí, si bien nunca ha tenido el atractivo y sex appeal de la batalla presidencial, sí resulta clave para determinar la musculatura política del próximo presidente.

Cualquier manual de política estadounidense alerta rápidamente sobre la importancia del Congreso en el ejercicio del poder en Washington; el legislativo fue la pieza central del diseño de los Founding Fathers.

Una de las innovaciones principales de este diseño fue que el sistema permite elegir gobiernos divididos: la Presidencia en manos de un partido al tiempo que el Congreso recae en las de otro.

Históricamente, ése ha sido el acomodo casi siempre preferido por los electores. Pocos han sido los periodos en los que esta regla se ha roto; el que comenzará en enero, sin embargo, será uno de ellos.

El martes, una tercera parte del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes se enfrentan a las urnas. Y, al igual que en la carrera presidencial, los demócratas llegan con una considerable ventaja que no sólo les permitirá mantener la mayoría que tienen desde 2006, con toda probabilidad la ampliarán.

Detengámonos primero en la Cámara de Representantes. 435 escaños en liza. De acuerdo a las últimas estimaciones los demócratas podrían ganar entre 25 y 30 asientos. Así, de la división actual de 233 demócratas y 202 republicanos podríamos pasar a una diferencia de alrededor de 60 escaños.

En el caso del Senado los resultados podrían ser igual o más favorables para el partido de Obama; de acuerdo a las últimas proyecciones éste podría alcanzar o rebasar la  mágica cifra de los 60 escaños. Mágica porque con ella le arrebatarían a los republicanos su arma de oposición más cotizada: el filibusterismo —otra particularidad del sistema estadounidense: una regla del Senado que permite bloquear el voto de una ley prolongando indefinidamente el debate; se puede romper con 60 votos o más—.

De conseguir la hazaña, los demócratas en el Congreso tendrían el equivalente a un cheque legislativo en blanco.

Estos buenos augurios para los demócratas ponen en evidencia cambios importantes en Estados Unidos que en parte tienen como explicación la irrupción de Obama en el escenario político nacional.

El aumento significativo del voto negro es uno de ellos; se espera que en esta elección se rompan todos los récords relacionados a la participación política de la comunidad afroamericana. Por primera vez en más de 40 años, los demócratas comienzan a ver la luz al final del túnel en el sur del país —“there goes the South for a generation” dijo con clarividencia Lyndon Johnson cuando firmó el Civil Rights Act en 1964—.

Así, por ejemplo, tenemos el caso del senador republicano por Georgia Saxby Chambliss. El Economist lo llama su “Obama problem”: el tirón del candidato aunado al entusiasmo entre sectores sociales que no suelen votar han hecho mucho más reñidas elecciones que solían ser pan comido. Hoy ya no lo son. A unos días de la votación, Saxby aventaja a su rival por sólo dos puntos.

Algo similar sucede en otro bastión republicano, Carolina del Norte. Elizabeth Dole —esposa del ex aspirante presidencial republicano Bob Dole— se ubica abajo en las encuestas en un estado en el que hasta hace pocas semanas resultaba impensable que algún miembro de su partido tuviera problemas reeligiéndose.

Y lo mismo en Kentucky. El líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch  McConnell, lucha palmo a palmo contra un candidato demócrata poco conocido sin trayectoria política.

Sí, en parte se trata de Obama y su función “transformadora” —parafraseando la acertada elección de palabras que utilizó Colin Powell para describir el impacto de Obama y darle su apoyo—.

Pero, si tomamos en cuenta que la propia popularidad de Obama no es más que una reacción colectiva al tipo de política que se ha venido practicando en Washington a lo largo de los últimos ocho años, descubrimos que hay algo más de fondo.

Lo que parece estar sucediendo ante nuestros ojos es el desfondamiento del proyecto conservador. No me refiero solamente a la administración Bush, sino a ese proyecto que se comenzó a fraguar en 1964 con la estrepitosa derrota de Barry Goldwater y que, con altibajos, ha dominado el escenario político desde entonces.

La confirmación la tendremos el martes. Por la noche, cuando el torrente de cifras de la elección presidencial comience a invadir la pantalla, no pierdan de vista los resultados del Congreso. Si los demócratas logran sobrepasar los 60 escaños en el Senado, la mesa estaría puesta para poner en marcha una transformación social de gran calado. Una verdadera revolución institucional.