Júbilo

CHICAGO— Estados Unidos eligió al primer Presidente negro de su historia; Estados Unidos se dispone a reinventarse, nuevamente; comienza un proceso de incierto destino que transformará al país —y al mundo, posiblemente—.

De todos los ángulos, de todos las puntos de vista desde los que se puede analizar el triunfo de Barack Obama el martes por la noche, el de la raza es el más simbólico y el que permite entender la verdadera de dimensión de lo que pasó el día de la elección y de lo que puede pasar en Estados Unidos en los próximos años.

La importancia no es la raza en sí misma, sino el contexto histórico que enmarca las relaciones sociales en Estados Unidos desde su fundación como país independiente.

Diarios como el New York Times, haciendo una lectura histórica del triunfo, titulaba así su edición del miércoles: “Obama elegido Presidente al tiempo que se elimina una barrera racial”. En la siguiente línea y sin complejos utilizaba el nombre completo del candidato y decía: “Barack Hussein Obama fue elegido el cuadragésimo cuarto Presidente de Estados Unidos para así convertirse en el primer jefe del ejecutivo de raza negra”.

El Times tiene razón, la noticia es doble: después de ocho años de la administración Bush y de 21 meses de campaña, finalmente sabemos quién va reemplazar al Presidente más impopular de la historia. La segunda —y quizá más importante— es que lo hará un hombre de raza negra en un país en el que hasta hace sólo 143 años podía haber sido un esclavo.

El cambio, la reinvención que eso requiere, no es menor.

Escribiendo en el Guardian de Londres, el historiador británico Timothy Garton Ash describe la trascendencia del momento contando esta anécdota: “en un barrio pobre [de Washington, D.C.] en donde el mío era el único rostro blanco, un pastor Baptista me contaba cómo muchos afroamericanos, que votaban por primera vez, traían a sus hijos para que atestiguaran el momento con el que tanto soñó el Dr. King”. Y concluye diciendo: “sólo escuchando sus voces se puede apreciar realmente cuál será el impacto que provocará el hecho de que una familia negra ocupe la Casa Blanca”.

Y lo más importante de todo es que Obama lo consiguió sin apelar a su color de piel, sin apelar a esa amarga historia de división racial que ha marcado las relaciones entre negros y blancos desde que la lucha por los derechos civiles derrumbara todos las barreras formales entre las razas en los años sesenta.

Su triunfo, como lo dejaron claros los largos meses de campaña y los dos rivales a los que tuvo que enfrentar Obama, fue un saludable espaldarazo a una institución típicamente norteamericana que en años recientes había caído en desuso: la “meritocracia” —palabra que, por cierto, no existe en español—.

Obama ganó, asegura Timothy Egan del New York Times, “porque demostró ser más inteligente, tener mejores ideas y un liderazgo a prueba de fuego”.

Ésta, considera Egan, fue la primera verdadera elección del siglo XXI: “un rechazo a la incompetencia de la administración Bush, a las tácticas de división de Karl Rove y de algunos medios de comunicación”. La elección del martes, asegura, simboliza el regreso de Estados Unidos a la comunidad internacional.

Y sobre los cambios inmediatos que tendrá la llegada de Obama al Despacho Oval, Egan apunta hacia el principio del fin de lo que en Estados Unidos llaman “affirmative action” (discriminación positiva). Un paso fundamental para desmontar por completo ese legado racista que el país no ha superado del todo.

Otro de los cambios inmediatos que acompañarán la llegada de Barack Obama a Washington será la reconfiguración de las relaciones de poder en la capital; el nuevo Presidente no sólo llegará con mayoría en ambas cámaras del Congreso, también, todo indica, encabezará la constitución de una nueva generación política: formada por una amplia base de votantes jóvenes provenientes de un Estados Unidos heterogéneo (el Estados Unidos púrpura del que habló el candidato a lo largo de la campaña).

Los cambios no se reducirán solamente a las fronteras de Estados Unidos.

No han pasado ni 72 horas del triunfo y ya comienzan a surgir todo tipo de especulaciones acerca de cómo la Presidencia de Obama podría resultar transformadora en diferentes contextos y latitudes.

Escribiendo ayer en openDemocracy, Sunder Katwala, del Observer londinense, comentaba las implicaciones de la victoria de Obama en la política británica. “Porqué un Obama británico está más cerca de lo que pensamos”, es el título de un artículo que analiza desde diversas perspectivas cómo el triunfo del demócrata obligará a que se replanteen aspectos sobre las relaciones entre minorías y poder.

En el Guardian, Rebecca Walker, una escritora afincada en Hawai, comenta los efectos del triunfo de Obama en la percepción internacional de Estados Unidos y cómo éste ha abierto súbitamente la oportunidad de cambiar el discurso del declive de la superpotencia a un momento “épico de redención”. En un texto titulado “Una página ha sido pasada”, Walker afirma que “América se ubica al final de una historia y al comienzo de otra”.

Y desde España, Juan Luis Cebrián de El País es sucinto pero preciso: “América vuelve a ser América”. Con la llegada de Obama, Estados Unidos, asegura Cebrián, “puede recuperar lo mejor de sus raíces: el aliento de la libertad y la pasión por la solidaridad. El mundo lo necesita para salir del agujero actual”.

A falta del tiempo que nos confirme —o desmienta— el poder transformador de la presidencia de Obama, me quedo con una frase de su primer discurso como Presidente electo la noche de su victoria: “Si alguien duda todavía si Estados Unidos es un lugar en donde todo es posible, a los que se preguntan si el sueño de nuestros fundadores está vivo en nuestro tiempo, a los que cuestionan el poder de nuestra democracia, esta noche es su respuesta”.