Filibusterismo

Con la transición viento en popa y Obama actuando como Presidente electo con la misma diligencia que le caracterizó como candidato, la batalla del momento no se lucha en el frente presidencial; tres disputas en el Senado podrían transformar el escenario.

Dos semanas después de la elección no sólo no conocemos el resultado final de la disputa presidencial —el estado de Misuri sigue contando votos—, más importante aún, en el Senado, lo que inicialmente pareció una mayoría demócrata que se quedaba corta de los 60 escaños que le darían dominio legislativo a prueba de fuego, en los últimos días seis disputas irresueltas en el Congreso han dado un giro inesperado que finalmente podría poner al partido de Obama por encima de la codiciada cifra.

Ni remotamente nos encontramos en un escenario similar al que empañó las elecciones presidenciales del año 2000 y en menor medida 2004. Florida en primer término y Ohio en segundo fueron casos de incompetencia electoral que pusieron en serios aprietos a instituciones clave de la democracia.

En términos generales, la elección de hace dos semanas transcurrió con normalidad y dejó claro que el país ha corregido y aprendido de sus errores.

Sin embargo, siempre hay excepciones.

En 2008, los problemas electorales más importantes se registraron en las elecciones al Congreso. Al día de hoy, son seis elecciones sin resolverse: tres en la Cámara de Representantes y tres en el Senado.

En el primer caso y debido a la amplia mayoría de los demócratas en la cámara baja la trascendencia del desenlace es menos importante —con una diferencia de 80 escaños en la Cámara de Representantes los demócratas tienen un margen más que amplio para controlar el órgano—.

En el Senado, sin embargo, la situación es distinta. Dependiendo de cómo y en qué sentido se resuelvan las tres elecciones en disputa, el escenario político con el que arrancará el nuevo Congreso —y el próximo Presidente— en enero podría ser significativamente distinto.

En disputa está un escaño de Minnesota, uno de Georgia y uno de Alaska. Si los demócratas logran la victoria en los tres —un escenario “difícil pero no improbable” según un barón demócrata— el partido de Obama alcanzaría los 60 escaños en la Cámara Alta —el reparto actual es de 57 vs. 40—. Los resultados no los sabremos hasta mediados de diciembre.

El simbolismo de la cifra radica en que en el centro de la cuestión está un procedimiento legislativo del que ya se había hablado en este espacio que se conoce como filibusterismo. Por oscuro, burocrático y poco interesante que pueda sonar en este momento, importará. Y mucho.

¿Cómo funciona? La minoría en el Senado puede —como último recurso— detener una iniciativa de ley bloqueando su voto en el pleno. Su puesta en práctica es muy simple: un miembro opositor monopoliza la tribuna hasta que el plazo de la votación expira —el caso más célebre fue el del senador sureño Strom Thurmond en 1957, ocupó la tribuna durante 24 horas ininterrumpidas en las que leyó desde la guía telefónica de Washington hasta el recetario de su abuela—.

El recurso, por primitivo que parezca, es legítimo, legal, incluso vanguardista —¿cómo mejor proteger la voz del grupo parlamentario en minoría?—. La única forma en la que se puede invalidar es con una mayoría calificada de 60 votos.

Imagino varios escenarios en los próximos meses y años en los que tener o no los 60 votos podría hacer la diferencia para la agenda legislativa de Obama —especialmente para aquella parte relacionada con los grandes cambios que planteó el candidato a lo largo de la campaña—.

Aprobar el tipo de gasto público que exige la coyuntura económica actual, reformar el sistema sanitario, imponer estándares de emisión más estrictos a Detroit o conseguir la aprobación de un juez tanto al Supremo como a las cortes federales son temas todos en los que más de un republicano estaría dispuesto a dejar el pellejo sobre el suelo del Senado antes que consentir una medida de ese tipo.

La primera señal sobre la importancia que Obama le otorga al Congreso en su agenda legislativa la dio él mismo dos días después de haber sido elegido al realizar su primer nombramiento como Presidente electo y pedirle a Rahm Emmanuel que se convirtiera en su jefe de Gabinete.

Emmanuel, a parte de llevar una vida en política y de haberse formado en la Casa Blanca de Clinton, es uno de los negociadores más hábiles y duros del Capitolio. Por eso lo contrató Obama: será la bisagra clave entre la batería de propuestas legislativas que tendrá que presentar el ejecutivo y su ejecución en el Congreso.

Si, como algunos pensamos, la derrota del 4 de noviembre surte un efecto de radicalización al interior del Partido Republicano y provoca que éste se refugie en sus elementos y propuestas más divisivas, la principal batalla política de los próximos cuatro años se dará en los pasillos del Congreso —así descarrilaron parcialmente los republicanos a Bill Clinton—.

Las promesas de cambio y renovación con las que Obama obtuvo su magnífico triunfo el 4 de noviembre muy pronto se toparán con la dura realidad de lo que en Washington llaman beltway politics: lobbies, grupos de interés, sindicatos, think tanks, comentaristas políticos, etcétera. Obama lo sabe y hasta ahora ha navegado con impresionante habilidad las aguas que desembocan en el Potomac.

A partir del 20 de enero, Obama contará con una ventana inicial de poco menos de dos años —hasta las elecciones legislativas de noviembre de 2010— para poner en marcha su ambiciosa agenda. Después de eso nada está garantizado, todo puede pasar. En el arranque, tres demócratas más en el Senado podrían hacer la diferencia.