¿Empoderamiento?

Uno de los correlatos de la pasada elección presidencial fue el vuelco del voto hispano a favor del Partido Demócrata; sí, éste se consolida como un cotizado bloque nacional, pero, ¿eso necesariamente se traduce en un empoderamiento político?

“Los hispanos son republicanos”, cuentan que Ronald Reagan le comentó a un publicista californiano en los comienzos de la campaña presidencial de 1980. “Simplemente no lo saben todavía”.

En aquel entonces nos encontrábamos en los albores de la participación política hispana en Estados Unidos. Reagan se lleva el crédito por haber sido uno de los primeros candidatos que vieron el potencial electoral del grupo y se lanzaron con avidez a buscar fórmulas para cortejarlo y establecer una relación sólida y duradera —algo similar a lo que sucede con los demócratas y los sindicatos o los republicanos y los cristianos—.

Desde entonces y con altibajos, el voto de la expansiva comunidad hispana en Estados Unidos ha sido pretendido por demócratas y republicanos sin que ninguno lo haya ganado de manera convincente. Esto es, hasta la elección de Barack Obama.

El pasado 4 de noviembre Obama logró remontar la descomunal tendencia en su contra de las primarias —el grupo votó dos a uno a favor de Hillary Clinton— y estableció la que hasta ahora parece la señal más inequívoca de que los demócratas tienen voto hispano para rato.

Desde donde sea que se analicen, los números del Presidente electo con el electorado hispano fueron rotundos.

En términos geográficos el candidato demócrata no sólo consolidó —y acrecentó— los bastiones hispanos tradicionales (California, Illinois, Nueva Jersey), sino también incursionó en territorios en los que este grupo había sido particularmente hostil a su partido: Florida, principalmente.

Con la ayuda de puertorriqueños en el centro del estado, Obama ganó el voto hispano por 15 puntos —en 2004 Kerry perdió por 12— y dio un importante paso hacia el resquebrajamiento de la tenaza que la comunidad cubana ha mantenido en Florida durante casi medio siglo.

Los demócratas también lograron importantes avances en estados como Colorado, Nuevo México y Nevada, territorios considerados indecisos y que en 2004 se habían inclinado a favor de Bush.

El aspecto por el que quizá más se congratulan Obama y los demócratas es precisamente este. Después de la elección de Bush en 2000, Karl Rove se impuso la tarea de reelegir al Presidente en 2004 con una proporción mayor del voto hispano. Lo consiguió. Ese año Bush logró el 40 por ciento del apoyo e hizo soñar a los republicanos con la posibilidad de un vuelco permanente del electorado hispano.

La pasada elección, sin embargo, fue una contundente refutación que ahora hace pensar justamente lo contrario: con la excepción del flirteo hispano con Bush en 2000 y 2004, este grupo del electorado es y seguirá siendo esencialmente demócrata.

Este año, una proporción nunca antes vista de hispanos votó demócrata: 66 por ciento a favor de Obama contra 31 de McCain. Más aún: los hispanos, como proporción total del electorado alcanzaron un 9% —un aumento de un punto respecto a 2004—; en estados del oeste como Nuevo México, Colorado o Nevada, la proporción aumentó en nueve, cinco y cinco puntos respectivamente —para alcanzar un 43%, 15% y 13% del total—.

En papel, el ascenso es claro, contundente, innegable.

Pero, en las cinco semanas que han transcurrido desde el día de la elección, otro fenómeno quizá más importante ha quedado manifiesto respecto al papel político que juega la comunidad hispana en Estados Unidos: su creciente peso electoral se traduce en peso político.

De los cientos de nombres que han circulado durante las últimas semanas para llenar los miles de puestos en el gobierno naciente, prácticamente ninguno tiene relación con esta comunidad —el 15% de la población del país—.

Hasta ahora, sólo dos han sido los hispanos nombradas a cargos de importancia en el Gobierno de Obama: Cecilia Muñoz, enlace de la Casa Blanca con los gobiernos estatales y Bill Richardson, el gobernador de Nuevo México y uno de los apoyos más importantes que recibió el Presidente electo en pleno fragor de las primarias.

Richardson, es importante recordar, no buscaba cualquier puesto en el nuevo Gobierno; ambicionaba nada menos que la secretaría de Estado. La de Comercio fue un premio de consolación. En sentido contrario a la lectura que algunos le han dado a la noticia, el nombramiento no es un avance para los intereses de este grupo, es, en realidad, un retroceso.

Comercio es una cartera de segundo rango carente del protagonismo político que tanto Richardson como los hispanos buscan en Estados Unidos.

Así, la asimetría está clara: el peso electoral hispano sigue sin traducirse en un avance político significativo; cuando se trata de formar gobierno, simplemente no están invitados.  Hasta ahora, el tan comentado empoderamiento político hispano se circunscribe esencialmente al plano electoral.

El señalamiento no es un reclamo por la exclusión de hispanos de la nueva administración —todos los nombramientos hechos hasta ahora persiguen un único objetivo: competencia—; se trata, sólo, de una obvia constatación de la realidad