Portavoz

WASHINGTON— La relación entre la Casa Blanca y la prensa es una de las más fascinantes y contenciosas de Washington; una charla reciente entre tres voceros presidenciales ahonda en los entresijos del Ala Oeste.

Dana Perino, la portavoz de George Bush, es quizá una de las pocas personas que pueden mostrar un estigma físico producto del ataque con los zapatos al Presidente la semana pasada en Bagdad. Debajo del párpado derecho, el rostro de la atractiva rubia muestra un moretón provocado por el forcejeo que se produjo después del doble zapatazo.

El jueves, en Washington, contaba lo sucedido: “estaba en primera fila, a sólo unos metros…me empujaron y me golpeé debajo del ojo”. Sobre la reacción de Bush, comentó: “el Presidente no se lo tomó muy en serio, le causó risa”, decía. Y el presentador de la charla en el Brookings Institution no pudo resistir un chiste: “según una encuesta, el 95% de los iraquíes están de acuerdo con que se encarcele al atacante…por haber fallado”.

Chistes aparte, el motivo del evento en Brookings —una institución no partidista dedicada a la investigación y diseminación de políticas públicas— era serio y reunía a nada menos que tres voceros o ex voceros presidenciales: Perino, Mike McCurry (Bill Clinton) y Ron Nessen (Gerald Ford). Tres generaciones de portavoces que ofrecieron una fascinante visión sobre cómo interactúa la Casa Blanca y la prensa y cómo las nuevas tecnologías están transformando esta imprescindible relación.

El leit motiv de la charla fue el cambio; el cambio en el sentido más amplio: de tecnologías, de ritmos de trabajo, de tiempos, del quehacer informativo mismo, de los formatos, de la interacción con los ciudadanos.

Nessen, portavoz de Ford de 1974 a 1977, comenzó hablando de ciclo noticioso de entonces y los plazos a los que estaba sujeto: “en esencia, teníamos un plazo al día, a las seis y media de la tarde, la hora a la que comenzaban los noticieros de la noche”.

Estábamos en la era de Walter Cronkite, Chet Huntley y David Brinkley, tres de los presentadores estelares de la cadenas informativas en ese entonces; en esencia los amos y señores de la plaza pública.

La segunda intervención fue de McCurry (1995-1998). El cambio esencial para ese entonces fue la consolidación de CNN o, lo que es lo mismo, del modelo de noticias omnipresente 24/7. La televisión era el medio de información dominante y en ese entonces resultaba difícil imaginarse quién podría destronarla. “Cuando dejé el cargo en 1998”, comentó McCurry, “la Casa Blanca montó una de sus primeras páginas de Internet, en ellas transcribían mis conferencias de prensa diarias…nadie las leía”.

En términos tecnológicos, hablamos de la prehistoria de la Red. “En ese entonces” bromeaba McCurry, “existía un medio llamado periódico que ahora se puede ver en el Smithsonian [un museo]…los cambio que han acontecido son sencillamente impresionantes”.

La avalancha de cambios en la última década ha tenido como resultado un escenario informativo irreconocible hace sólo un lustro en el que los nuevos amos de la información son canales como YouTube, Twitter, Facebook y RSS, por nombrar sólo cuatro ejemplos de formatos de distribución que han cobrado mayor popularidad y por los que cada día fluye un mayor número de información.

Para Perino (2007 al presente) el nuevo ciclo informativo presenta ventajas y desventajas. La de Bush fue la primera presidencia —que no el primer Presidente— que tuvo que enfrentar ciclos informativos de 24 horas en Internet. La portavoz actual cree que la velocidad de la información ha tenido un precio que principalmente se ha pagado en la precisión con la que se informa.

“El cambio fundamental”, añade McCurry, “es la posibilidad de interacción que las nuevas tecnologías le brindan al ciudadano educado…podría convertirse en un modelo que incentive la participación política”.

Y esto nos lleva directamente a Robert Gibbs. El hombre que el próximo 20 de enero se convertirá en el portavoz del Presidente Obama. Gibbs será el primer portavoz del primer candidato nativo de la era de Internet que se convierta en el primer Presidente digital —el tópico se ha vuelto: Roosevelt aprendió a dominar la radio, Kennedy la televisión y Obama Internet—.

Las implicaciones son amplias y más profundas de lo que parecen. Aunque ya se han comenzado a redefinir, será la presidencia de Obama la que establezca las reglas sobre cómo se relacionan los medios y el poder en la era digital.

¿Cómo y en qué términos se define la libertad de prensa en la era de Internet?; una de las múltiples preguntas que se tendrán que responder en los próximos años y en las que Gibbs será instrumental (un artículo en la última revista dominical del New York Times se pregunta qué significa ser transparente en la era digital: “Algunas veces la prensa cree que ser transparente y abierto implica llevar todas las deliberaciones internas de un proceso a la web para que puedan ser observadas”, comenta una colaboradora de Obama que no comparte la definición).

Ejemplos existen muchos, pero uno en particular da fe de las posibilidades de la transformación. Me refiero al establecimiento de una conversación directa con los ciudadanos —sin intermediarios—. Un método con el que Obama experimentó a lo largo de la campaña y que hoy se afianza como instrumento central de su estrategia de comunicación. Se trata de un bypass de los medios de comunicación tradicionales que equivale nada menos que a desafiar la sacrosanta trinidad que ha sostenido a toda democracia moderna: gobierno-medios-ciudadanía.

A la pregunta sobre si estas nuevas formas de comunicación funcionarán y cambiarán la manera en la que el Gobierno interactúa con los ciudadanos, David Plouffe, el jefe de campaña de Obama respondió: “no lo sé, nunca antes se ha intentado”. No será lo primero —ni lo último — en lo que Obama desafíe al statu quo. La aventura comienza el próximo 20 de enero.