Tecnología

En la heterogénea agenda del nuevo presidente, uno de los temas que más destaca, y en el que se prevén cambios importantes, es en la relación entre gobierno y tecnología; Obama se dispone a reinventar la forma en la que interactúan.

La relación entre tecnología y gobierno será uno de los temas fundamentales en el Washington de Obama, un ítem en la agenda del nuevo Gobierno que tiene el potencial no sólo de ensanchar el alcance de la revolución digital de las últimas tres décadas, sino, y mucho más importante, de incorporar estos avances al ejercicio de gobierno.

El fin no es otro que transformar la forma en la que interactúan ciudadanía y Gobierno.

Aunque la historia de esta transformación ha sido larga y multifactorial, me centro aquí exclusivamente en cómo Obama utilizó las nuevas tecnologías en campaña y cómo piensa ponerlas en práctica en el Gobierno.

La historia comenzó hace un par de años cuando un Obama inexperto, con su improbable candidatura recién lanzada, ávido de encontrar ventajas comparativas que lo diferenciaran de sus rivales, recibió el sabio consejo de consultar a expertos en tecnología del Silicon Valley. Lo hizo.

Una de las primeras personas a las que pidió consejo fue a Marc Andreessen, un mítico miembro del establishment digital que fundó Netscape, la compañía que creó el primer navegador gráfico de Internet.

El encuentro, cuentan, se produjo a altas horas de la noche en el aeropuerto de San Francisco y algún día podría ser considerado el momento en el que se produjo el maridaje entre política y tecnología.

La reunión fue corta pero sustancial: el candidato quería saber cómo se podrían utilizar los avances tecnológicos más recientes en una campaña; Andreessen, por su parte, su fue de allí con la impresión de que por primera vez un político entendía el tema y estaba dispuesto a dedicarle el tiempo y recursos que requiere su desarrollo.

Hasta ese entonces sólo dos campañas políticas habían ensayado con seriedad la utilización de nuevas tecnologías. Primero —y el crédito no siempre se le atribuye— fue Howard Dean en las primarias Demócratas de 2004. Después, como candidato, lo hizo John Kerry. Ambos se basaron en el consejo del mismo asesor: Joe Trippi —un consultor político Demócrata atípico que fue el primero en ver el potencial de las nuevas tecnologías en la organización política—.

Aunque ambas campañas dieron pasos de gigante en el momento, ninguna logró consolidar un modelo claro que perfilara un uso concreto de las herramientas —Dean contribuyó dejando claro el potencial en el tema de la recaudación; Kerry lo hizo mostrando el valor de las listas de correo electrónico para establecer un canal de comunicación directo con las bases—.

Fue hasta Obama cuando el tema despegó de verdad.

De la etapa de las primarias la contribución más importante fue la utilización de la web como punto de partida de la campaña. my.barackobama.com se convirtió rápidamente en una potente herramienta para crear una base de apoyo —dar a conocer información, convocar eventos— que regionalizó la campaña y le permitió tener un alcance que nunca hubiera logrado por los canales tradicionales.

Hasta entonces, la publicidad en televisión había sido la única manera de establecer presencia a nivel nacional.

El segundo tema —el que ha tenido quizá más impacto práctico hasta el momento—  fue la utilización de la web como instrumento de recaudación. En total, de principio a fin, Obama reunió nada menos que 750 millones de dólares. Una cifra sin precedentes que volteó de cabeza los modelos tradicionales de financiación política y cambió para siempre la naturaleza de una candidatura.

Aún más: cuatro millones de donantes contribuyeron menos de 200 dólares cada uno. La panacea de cualquier político; un modelo de financiación horizontal que evita la necesidad de mecenazgos; la posibilidad de sortear un rígido sistema cooptado por operadores políticos y lobbies.

¿Y ahora qué? Es la gran pregunta que circula entre aquellos que seguimos la implementación de la tecnología en la política.

Los primeros pasos del nuevo Gobierno van en dos vías: aumentar significativamente los niveles de financiación a nuevas tecnologías (investigación y desarrollo) y comenzar a utilizar la infraestructura de la campaña para implementar la agenda del Gobierno.

En el primer caso, un ejemplo concreto es el paquete de estímulo económico que actualmente se discute en el Congreso. Éste contempla la nada despreciable cantidad de 37.000 millones de dólares en gasto tecnológico. De aprobarse se financiarían proyectos que van desde la ampliación de la red de banda ancha en zonas marginadas y rurales hasta la digitalización de millones de historiales médicos.

En el segundo la gran pregunta es qué hará Obama con la amplia red de activistas que creó y cuyo gran activo es una lista con 13 millones de correos electrónicos. Por ahora, creó Organizing for America, una organización que depende del partido y que tiene la tarea de pensar y ejecutar acciones para conectar a estas bases con las acciones del Gobierno. En potencia, una transformación radical que podría redefinir lo que hoy se entiende por participación política ciudadana.

El primer tema que abordará la organización será la reforma sanitaria más adelante en el año; la intención es crear un nuevo tipo de ciberactivismo que ayude a destrabar una discusión que lleva casi dos décadas entrampada.

Comienzan a tomar forma los cambios de la era Obama. Sin duda el tecnológico será uno de los principales. El método, por ahora, es el de siempre: ensayo y error.

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