Licuadora

WASHINGTON— El jueves, la versión digital de Politico —la más reciente adición al mundo de los medios en Washington, un diario principalmente electrónico con una pequeña tirada en papel creado para la era digital— amanecía con una auténtica bomba de relojería en portada: el Washington Post, el diario por tradición de la clase política, el que se lo jugó todo publicando los Pentagon Papers, el que derribó a un presidente mitómano, comenzaría a vender acceso a sus reporteros y equipo editorial.

La historia en Politico explicaba cómo en una de las reorganizaciones recientes del Post, el equipo que encabeza la sección comercial decidió incorporar a las actividades del diario la organización de eventos y conferencias que reunirían a políticos, lobbies y a los medios. En otras palabras, el periódico pretendía erigirse como punto de encuentro entre los principales jugadores políticos de Washington.

Hasta aquí nada anormal o decididamente llamativo. El escándalo está en quiénes y a qué coste podían acceder a los eventos. El primero de ellos, programado para el 21 de julio y centrado en el tema más caliente del verano en Washington —la discusión de la reforma sanitaria—, tenía un precio de nada menos que 25.000 dólares y se celebraría en casa de Katherine Weymouth, directora general del periódico, nieta de la legendaria Katherine Graham —la mujer que hizo del Post un diario serio y reputado a principios de los años setenta—. La maquinación fue tal que incluso se ofrecían atractivos paquetes: 11 eventos a lo largo del próximo año por sólo 250.000 dólares.

La historia es fascinante porque encapsula el espíritu de los tiempos que se viven en Washington: cómo funciona e interactúa el poder político y mediático; cómo se pierde y se gana acceso al Gobierno; y, sobre todo, cómo los nuevos medios están transformando a una velocidad aterradora la forma en la que funciona la propia manera de hacer política en la capital.

Los salones y restaurantes en los hoteles más caros de Washington ceden a otro tipo de vehículos a través de los cuales hoy se practica la política (pregúntenselo a la enigmática Sarah Palin, desaparecida en Alaska desde hace días pero que puntualmente arenga a sus seguidores a través de mensajes en Facebook).

El contexto es más amplio. Con su circulación en claro y sostenido descenso, la sección de clasificados desapareciendo a aún mayor velocidad, nueva competencia en Internet y lectores cada vez menos acostumbrados a leer en papel, el Post —y muchos otros diarios— buscan cómo reinventar su negocio. Nuevos servicios que mitiguen la sangría presupuestaria que sufren.

Aunque organizar eventos y conferencias no es una nueva ocurrencia, que un periódico bien conectado y prestigiado utilice su marca y redacción para vender acceso político, resulta más que sorprendente.

“El acceso, y su prima hermana, la influencia, definen la cultura política en Washington”, dice David Carr, columnista de medios del New York Times, un diario que no escapa a los problemas del cataclismo que ha supuesto para la prensa escrita la llegada de Internet. “Se gastan millones de dólares para contratar al lobby, a los publicistas y los abogados correctos, para tener la oportunidad de compartir una noche con las personas que controlan su destino”. Y quién mejor para conectar a todos estos intereses —pensaron los que vigilan las cuentas del diario— que el Washington Post.

La reacción al escándalo ofrece también varias reveladoras lecciones sobre cómo se reconfigura la influencia y el poder.

En cuestión de minutos, la noticia, que como ya decía apareció por primera vez en Politico —otro dato irónico: la publicación fue fundada por dos ex redactores del Post hartos de los corsés de los medios impresos—, se había reproducido por la red a una velocidad que habría impedido que hasta el equipo de relaciones públicas más competente evitara los efectos de su propagación.

El defensor del lector del propio Post respondía así a la noticia horas después de su publicación: “Para un periódico con historia y tradición que cuida su reputación y sus estándares éticos, esto se acerca mucho a un desastre en las relaciones públicas”. En el largo plazo, sugiere, la única forma de reparar el daño es con buen periodismo; en el corto, sometiéndose a los mismos niveles de transparencia que exige el diario de las instituciones e individuos que cubre.

Así, el círculo parece cuadrarse: en la era de Internet, la información está conectada por vasos comunicantes omnipresentes y bidireccionales; su monopolio se ha evaporado casi por completo; sea el de los diarios, el Gobierno o las grandes corporaciones (quizá estas últimas continúan siendo las más hábiles para mantenerlo).

Por lo pronto, el diario que derribó a Nixon canceló los eventos y pidió disculpas. Faltan por aclarar muchos detalles sobre cómo y quién fraguó la idea. Pero no importa, la lección más importante quedó clara desde el principio: el acceso, la influencia y la propia información se dispersan, se licuan y reaparecen de formas sorprendentes e inesperadas.