Nobel

Lo han llamado injusto, inmerecido, arbitrario, anticipado, extraño, absurdo y vergonzoso, un premio de la izquierda para la izquierda. Entre muchos otros adjetivos; todos entrecomillados. Peggy Noonan, comentarista conservadora del Wall Street Journal y antigua redactora de discursos de Reagan, incluso lo calificó de “perverso”.

“Es absurdo y vergonzoso. Sería exasperante si no se tratase de una declaración con tal grado de vacuidad. El Comité noruego se ha avergonzado a sí mismo y abollado el prestigio de un premio que solía tener algún valor”, dice la comentarista conservadora y una de las voces más respetadas de la derecha.

Los premios —sean literarios, cinematográficos o de cocina —suelen ser controvertidos. Pero lo que hemos visto la pasada semana con la noticia de que el Parlamento Noruego otorgó el Premio Nobel de la Paz 2009 a Barack Obama, cae en el ámbito de lo ridículo.

Dentro de Estados Unidos, la oposición ha utilizado la concesión del premio para seguir ensayando su, esta sí, perversa estrategia de deformar a la opinión pública intentado hacer pasar a Obama como un líder de poca cintura que lleva al país camino de la capitulación y perdida de influencia internacional. La eterna —y cansada— recriminación que ha utilizado el partido Republicano durante décadas para hacer oposición y desgastar a sus rivales.

Con el premio, los republicanos cogen nuevos bríos y se abastecen de municiones para continuar disparando al presidente: todo retórica y nada de resultados; buenas intenciones envueltas en palabras que no se sostienen; premiado por las élites europeas pero desconectado en casa. Y así, una larga retahíla de tópicos.

En un artículo que circula en estos días entre élites republicanas, Charles Krauthammer, consentido entre consentidos en círculos conservadores, habla del “declive voluntario” de Estados Unidos y la Administración Obama; de cómo el presidente ha elegido ceder la autoridad moral del país y está perdiendo terreno frente a otras potencias.

“La política exterior actual de Estados Unidos”, escribe Krauthammer en The Weekly Standard, “representa un ejercicio de contracción. Se basa en la demolición de la autoridad moral del dominio estadounidense”. Para después pasar a criticar lo que algunos republicanos llaman el Apology Tour: los principales discursos internacionales que, de Cairo a Ankara pasando por Accra y Naciones Unidas, ha pronunciado Obama desde que asumió la presidencia.

Fuera de Estados Unidos resulta más difícil explicar las reacciones que ha suscitado el premio. De manera general, se podrían englobar en dos campos: el de los sempiternos antiamericanos, que lo critican simplemente por tratarse de un logro que proviene de Estados Unidos; y el de los que veneran la institución y prestigio del premio. Los que consideran que es un símbolo que sólo debería asociarse con estadistas y acciones tangibles. Cuando en realidad, la lista de premiados está llena de casos objetables que van de la abierta miopía del Comité —Henry Kissinger, Menachem Begin y Yasser Arafat— a personajes cuyas acciones se han circunscrito a ámbitos quizá demasiado específicos—de Muhammad Yunus a Wangari Maathai a Shirin Ebadi, tres de los últimos siete Nobel de la Paz—.

Si, en palabras del presidente del comité que concede el premio, Thorbjørn Jagland, el criterio esencial para otorgarlo es la respuesta a la pregunta “¿quién ha hecho más para afianzar la paz mundial durante el último año?”, entonces el Nobel a Obama no sólo no rompe con la tradición del premio, sino claramente resulta merecido.

¿Quién, durante los últimos 12 meses, ha conseguido, a la escala que lo ha hecho Obama, empujar una agenda tan amplia y con consecuencias tan visibles para tantas personas como la del presidente de Estados Unidos? ¿Qué figura o institución ha logrado convertirse en portadora de una mensaje respetado y admirado alrededor del mundo? Porque en un objetivo como la paz mundial, el capital político y moral, importan. E importan mucho.

El Comité del Nobel, evidentemente, no premió la consecución de la paz mundial. Ni tampoco un conjunto de iniciativas concretas —como sucede con la mayoría de los premiados— . Premió, sobre todo, una agenda, una manera de entender la política, un estilo de liderazgo. No simplemente por ser contrario al de George W. Bush, como algunos argumentan, pero porque en sí mismo se ha convertido ya en una nueva manera en la que el país más poderoso del planeta se relaciona con el mundo.

Pero también, y quizá involuntariamente, el premio es un reconocimiento de un segundo aspecto con frecuencia olvidado. Ser presidente de Estados Unidos hace una gran diferencia; el grado de influencia que se tiene por el simple hecho de ocupar el Despacho Oval es inconmensurable. Punto. Y si lo ocupa un presidente con el carisma, la visión y popularidad de Obama, lo es todavía más. El viernes, los cinco miembros del Comité lo reconocieron.

Obama tiene una nueva gran oportunidad ante sí, otro discurso estelar que bien manejado podría representar el paso decisivo en la búsqueda de reinsertar plenamente a Estados Unidos en el escenario internacional.

La cita es en el parlamento noruego, en Oslo, el próximo 10 de diciembre.