Laberinto

WASHINGTON— Afganistán y su laberinto —político y de seguridad— se convierten rápidamente en el primer dolor de cabeza serio para la todavía joven Administración Obama. Una guerra heredada que acaba de entrar en su noveno año y que lenta e inesperadamente se ha vuelto ya una de las más longevas en los anales bélicos de Estados Unidos.

En un informe sobre la situación en el país asiático enviado a Obama a principios de septiembre, Stanley McChrystal, el máximo jefe militar de la misión, describió a Afganistán como un país al borde del colapso y a Estados Unidos a un paso de la derrota.

La situación es crítica y Obama pronto tendrá que tomar su primera gran decisión en política exterior. Las opciones, en esencia, son dos e implican tomar caminos opuestos.

Por un lado están los que creen que la situación es aún salvable y apuestan por un aumento significativo en el nivel de tropas y una estrategia centrada en retomar el control de ciertas zonas, entrenar a las autoridades locales y eventualmente entregar el control cuando la situación mejore. Un compromiso de varios años —al menos un lustro— que exige miles de tropas adicionales y varios miles de millones en gasto militar.

En el otro, con el vicepresidente Biden y buena parte del partido Demócrata a la cabeza, se encuentran los que creen que en términos generales la situación es insalvable y que Estados Unidos bien haría en comenzar a afinar y ejecutar una estrategia de salida. Replegar a un número de tropas mucho más reducido en dos o tres provincias claves y utilizar el poder aéreo del ejército —concretamente los Drones, los pequeños aviones sin piloto— para atacar a blancos talibanes y controlar el resto del territorio. Una estrategia que busca, sobre todo, evitar bajas y reducir los costes operativos.

En más de un aspecto es un déjà vu de la situación vivida en Irak a finales de 2006 y principios de 2007. Cuando Al Qaeda hizo su mayores avances y el Gobierno estadounidense se vio obligado a decidir entre replegarse y aceptar una u otra forma de derrota o reforzar la misión y aumentar el nivel de tropas. Lo que se conoce como the surge (un aumento súbito de 20.000 efectivos) funcionó y en poco más de un año el ejército logró doblar la esquina.

Desde el comienzo de su campaña presidencial, Obama fue un feroz crítico de la guerra en Irak y basó buena parte de su propuesta exterior en remarcar la importancia de Afganistán y la “guerra olvidada” de la Administración Bush. Una razón adicional que hace que la coyuntura actual sea aún más decisiva.

La situación actual está enfangada en el peor de los escenarios posibles: con 65.000 efectivos sobre el terreno —de 26.000 a comienzos de 2008—, el ejército está a medio camino entre un contingente ligero y ágil y uno con la presencia suficiente para tomar control de las regiones claves —en el clímax del conflicto en Irak el ejército desplegó a más de 150.000 soldados—.

La propuesta que McChrystal lanzó recientemente y que según el general es la única vía para destrabar la situación, contempla un aumento de más 40.000 efectivos en el corto plazo. Una decisión de peso económico, pero, sobre todo, de peso político.

Conforme pasan las semanas aumentan los sectores que critican al presidente por su indecisión. De izquierda a derecha Obama ve cómo la guerra en Afganistán se convierte en un laberinto de difícil salida.

Desde las izquierda lo ataca una buena parte del electorado que votó por él; el que lo hizo esperando que disminuyera la presencia militar estadounidense de la era Bush. Comentaristas influyentes como Arianna Huffington incluso sugieren medidas radicales y le piden al vicepresidente Biden que si se aumenta el nivel de tropas, renuncie.

En el otro lado del espectro político los republicanos se frotan las manos con los primeros titubeos exteriores de Obama. Hace unos días el ex vicepresidente Cheney acusaba al presidente de “vacilar” con la decisión y de poner en riesgo a las tropas y la seguridad nacional del país. Una frecuente e infundada crítica que sin embargo podría traer consecuencias importantes si la situación no mejora antes de las legislativas del próximo año o incluso las presidenciales de 2012.

La próxima fecha clave en esta saga es el 7 de noviembre, el día en que se llevará a cabo la segunda vuelta de la elección celebrada el 20 de agosto. La semana pasada Obama logró sacar un acuerdo de último momento del presidente Hamid Karzai para celebrar la segunda vuelta y darle mayor margen a la decisión que tendrá que tomar en algún momento del otoño.

Con la reforma del sistema sanitario en casa a punto de ser votada y el laberinto de Afganistán en el frente exterior, las líneas maestras del primer año de presidencia han sido dibujadas. Se comienza a asentar la nueva Administración, comienza a escribir su propia historia.