Pericia

WASHINGTON— A las 23:15 del pasado sábado, después de un larguísimo debate que se prolongó a lo largo de toda la jornada, el pleno de la Cámara de Representantes aprobaba una de las reformas más importantes que han pasado por el Congreso en muchos, muchos años.

El tema a debate: la reforma del maltrecho sistema sanitario estadounidense. El problema: 50 millones de personas sin cobertura médica y unos costes relacionados a la salud que crecen muy por encima del desarrollo económico del país; el sistema se dirige hacía un peligroso cul de sac en el que la sanidad representa una rebanada cada vez mayor del gasto. El dilema: dos visiones contrapuestas sobre cómo enfrentar el problema.

Desde la derecha, la ortodoxia Republicana y su interpretación anal del libre mercado claman por la no intervención, por dejar que los mercados hagan su magia y que sean las aseguradoras privadas las que encuentren los esquemas e incentivos necesarios para llegar a la población sin cobertura. Un wishful thinking sin parangón en los anales de la testarudez política.

Apenas el viernes pasado, Martin Feldstein, reputado economista de Harvard y algún día candidato a presidir la Reserva Federal —y asesor cercano de Reagan—, argumentaba en el Washington Post que bajo el plan que discute el Congreso, el número de personas con seguro médico podría no sólo no aumentar, sino incluso disminuir. Por medio de un argumento impecablemente razonado —pero que sólo se centra en las aseguradoras y los incentivos económicos— explicaba los peligros de alterar el statu quo. En otras palabras, aconsejaba no hacer nada porque…las cosas podrían ser mucho peores. En síntesis, el argumento con el que lobbies e intereses especiales han paralizado cualquier reforma en la materia desde hace casi un siglo.

En el otro lado del espectro político, el partido Demócrata —liderado por un decidido Obama— finalmente parece listo para asumir los riesgos políticos que conlleva una reforma de estas dimensiones —de manera directa toca a más del 6% del PIB—. Hasta hace muy poco, los riesgos de abordar el tema se consideraban demasiado altos y las propuestas de reforma solían caer, en el mejor de los casos, en el ámbito de la pusilanimidad.

La propuesta votada y aprobada el sábado por la Cámara de Representantes —un paso histórico en sí mismo, ninguna propuesta había alcanzado el pleno— desafía al statu quo y propone un complejo esquema—desarrollado a lo largo de casi 2.000 páginas— que por medio de la reducción considerable del margen de maniobra de las aseguradoras y la obligación a los particulares a contratar seguro médico, conseguiría un importante resultado: ampliaría la cobertura a más de 36 millones de personas.

Del pacto actual quedan fuera inmigrantes indocumentados y un número reducido de personas en los márgenes del sistema que no califican para los programas de protección del Gobierno.

Desde el ángulo en el que se mire, la reforma aprobada es el paso más importante que ha dado Estados Unidos en la ampliación de los derechos sociales en los últimos 50 años. Ningún presidente Demócrata había logrado llevar tan lejos sus propuestas. De Clinton a Carter e incluso hasta Johnson —que logró aprobar un amplio paquete de protección para las personas mayores—, ninguno había tenido a su alcance la oportunidad que tiene Obama ante sí.

¿Qué sigue en el tortuoso proceso legislativo? La apretada aprobación de la propuesta en la Cámara de Representantes en una votación de 220 contra 215 traslada por ahora la presión al Senado. Un órgano más difícil de sortear que exige la aprobación por mayoría calificada. El acomodo actual de 59 Demócratas y 40 Republicanos deja un estrecho margen para Harry Reid, líder del Senado, que en las próximas semanas tendrá que votar la propuesta en el pleno.

Una vez aprobada allí, el proceso entraría en su etapa final: la negociación para homogeneizar versiones y la votación final.

El viernes, a última hora de la noche y ante la perspectiva de ser derrotada por Demócratas antiabortistas, Nancy Pelosi, líder de los Representantes, permitió introducir enmiendas a la propuesta que restringen de manera importante las opciones disponibles a las mujeres. Una lamentable concesión que pone de relieve los riesgos del proceso legislativo y los pactos políticos.

Obama se enfrenta a las últimas semanas de la negociación con vientos a favor en las velas y el puerto de destino ya a la vista. Ha sido su talento y pericia política las que han llevado el barco hasta aquí. La concreción del objetivo cambiaría no sólo el sistema sanitario del país, cambiaría la naturaleza de su presidencia.

Del presidente de los grandes discursos y las ideas claras, pasaría al presidente de las negociaciones, las concreciones y el comienzo de la transformación.