Obertura

Obama goes to China. No, no es 1972. Ni el presidente de Estados Unidos es un mitómano californiano ni el secretario de Estado tiene un marcado acento alemán. Tampoco estamos más en plena confrontación soviético-estadounidense.

Quizá la primera visita de Obama a China no se vuelva tan emblemática como la de Nixon al comienzo de los años setenta —que hasta una ópera inspiró—, pero sin duda el viaje que concluye hoy el presidente estadounidense en Pekín sí es la obertura de uno de los temas internacionales que marcarán su presidencia: el manejo de la relación con China.

En esencia, Obama tiene dos opciones: o sigue el camino de su predecesor y mantiene una fría y calculada distancia o vence los prejuicios y se implica plenamente en lo que cada vez queda más claro será una de las —quizá incluso la— relaciones geopolíticas claves del siglo XXI: Estados Unidos en Occidente, China en Oriente; los dos polos sobre los que gravite el sistema internacional.

Por ahora, las señales que emana Washington van por buen camino. Mientras la presidencia de George W. Bush inauguraba la relación con China con una crisis diplomática a causa de un avión de reconocimiento americano interceptado en aguas territoriales chinas, Obama lo hace con una visita de tres días que cambia el tono y rumbo de la relación sino-americana.

Ésta se ha convertido ya en una compleja y polifacética implicación mutua que comprende desde la creación de una de las cadenas de suministros (supply chains) más complejas de la historia (algo que da tranquilidad a analistas como Tom Friedman, que mantiene que la disrupción que se pueden permitir países comercialmente tan implicados es mínima) hasta una mini carrera espacial que vuelve a convertir a la Luna en un objetivo político.

Chimérica, G-2 o como se le quiera llamar; la relación entre China y Estados Unidos se vuelve cada vez más el factor determinante en un creciente número de temas de la agenda internacional. La última muestra de ello sucedió el fin de semana, cuando en un breve comunicado los dos países sentenciaban el fracaso de la cumbre sobre cambio climático de Copenhague el mes que viene.

Ante la penosa impotencia europea, los dos líderes decidían que aún no era momento de rubricar un acuerdo vinculante que impusiera objetivos concretos en la reducción de emisiones de dióxido de carbono (el objetivo que se había marcado la cumbre; ahora, por casualidad, la responsabilidad podría recaer en manos de México, en una reunión que se celebrará en diciembre de 2010; ¿Protocolo de México? Pues haría falta mucho trabajo antes de convertirse en el nuevo referente de la lucha contra el calentamiento global).

Un día antes de la llegada de Obama a China, el New York Times hacía una curiosa pero certera caracterización de la visita. “Cuando Obama visite China por primera vez, lo hará sobre todo en el papel de deudor desbocado que va a rendirle pleitesía a su banquero”.

Después, contaba una anécdota que revela más sobre el estado actual de la relación entre los dos países que la opinión de cualquier experto.

En una reunión de alto nivel entre funcionarios chinos y estadounidenses en julio pasado, los primeros preguntaban a los segundos minucias sobre el plan de reforma sanitaria que discute el Congreso. Querían saber, específicamente, cómo afectaría al déficit público y si el Gobierno tenía un plan creíble para cubrir sus costes. En otras palabras, los funcionarios chinos sabían que directa o indirectamente financiarían la reforma.

Desde septiembre de 2008, China se ha convertido en el principal acreedor de Estados Unidos —cerca de 800.000 millones de dólares en letras del Tesoro sellan la dependencia mutua—.

En el sentido opuesto, Estados Unidos no sólo es uno de los principales consumidores de productos del gigante asiático, es el destino de miles de estudiantes chinos que se forman en sus universidades. El próximo año, China sobrepasará a India y, con más de 100.000 al año, se convertirá en el país que más estudiantes envía a las aulas estadounidenses.

El reto ahora para Obama es canalizar esta dependencia y llevarla a buen puerto. “Estados Unidos no busca contener a China”, aseguró el presidente el sábado en un discurso. “Por el contrario, el alza de una China fuerte y próspera puede apuntalar el orden internacional”.

El término que circula en los pasillos del departamento de Estado para enmarcar la nueva etapa es Strategic Reassurance. Esto es, la reafirmación de que Estados Unidos acepta el nuevo papel de China en el mundo y que, a cambio, China asume un papel confiable y constructivo en el escenario internacional.

Ése es el cometido de Obama —uno de sus principales en política exterior—. Llevarlo a cabo requerirá una compleja combinación de habilidad diplomática y realismo político. Tanto fuera como dentro de casa. Los riesgos son muchos y las oportunidades de fracaso abundan: de la interminable disputa por el valor del yuan a la guerra comercial de baja intensidad que actualmente tiene lugar.

Obama necesita de “la cooperación de Pekín en una lista creciente de temas”,  editorializaba hace unos días el New York Times, “incluyendo la estabilización del sistema financiero internacional, el combate al calentamiento global y la vigilancia cercana de Corea del Norte e Irán en el tema nuclear”.

La visita a China ha sido una clara primera muestra de que Obama reconoce esa dependencia: un buen comienzo.