Máquina

WASHINGTON— ¿Por qué eligieron Springfield para lanzar la candidatura de Obama? ¿Quién conformaba el núcleo central de su campaña? ¿Cómo se dividían las tareas al interior de ésta? ¿Cuál era el ritmo de una jornada típica?¿Por qué los asesores más cercanos aconsejaron a Obama no pronunciar el discurso que se convertiría en el más importante de su campaña? ¿Qué papel jugó el candidato en la redacción de éstos? Y, ¿cuál fue el momento exacto en el que el entonces senador se dio cuenta que su principal rival, Hillary Clinton, creyó podía ser derrotada?

Estas y otras preguntas las responde David Plouffe, jefe de campaña de Obama, en su recién aparecido The Audacity to Win. Un apasionante volumen que cuenta desde la visión del insider un sinfín de detalles sobre la operación de una de las máquinas electorales más eficaces de la historia reciente.

De principio a fin, el texto es un registro sincero de cómo la campaña, en contra de todo pronóstico, alzo el vuelo, fue obteniendo confianza en sí misma y terminó derrotando al statu quo del partido Demócrata y Republicano.

El libro quizá no revela nada que no supiera cualquiera que haya seguido con detenimiento el proceso. Sin embargo, sí proporciona los detalles y el contexto interno que enriquecen enormemente la comprensión de los episodios más importantes de la campaña. De cuándo se tomó la decisión final de lanzar la candidatura —el 6 de enero de 2007, a la vuelta de las vacaciones de fin de año de Obama en Hawai— a cómo reaccionó en privado el candidato después de la sorprendente derrota en la primaria de New Hampshire, una cita que de haber ganado habría sentenciado el proceso desde el comienzo —como de costumbre, lo hizo con calma, filosofía, incluso animando al resto de los asesores que creían habían perdido la nominación—.

Plouffe cuenta la prehistoria de la campaña: las primeras reuniones entre Obama, Michelle, David Axelrod y él; la preocupación de la ahora primera dama por el impacto que tendría la candidatura en la vida de su familia —antes de tomar la decisión Michelle le pidió a Plouffe que le explicara claramente cuál sería el calendario diario—; y la pregunta clave que Obama le formuló a su círculo más cercano antes de comenzar a tomar con seriedad la posibilidad de presentarse: “como político, ¿aporto algo realmente distinto al resto de los candidatos?”

Sobre el mensaje y forma de comunicarse, los asesores lo tenían claro desde el principio: “Durante la campaña al senado en 2004 Obama ya había demostrado su enorme presencia en televisión, hablando directamente con los votantes. Ni siquiera tuvimos que discutirlo: nuestra arma más poderosa sería el propio candidato, sin filtros”.

De ahí surgiría otro de los elementos esenciales de la campaña: el uso de las nuevas tecnologías para montar un esfuerzo desde las bases que comunicara de manera directa y que ampliara las bases del electorado. “Muchísimas personas están viviendo ya su vida”, explica Plouffe, “a través de la tecnología, ¿por qué deberíamos esperar que su interacción con la política sea la excepción?”

A partir de ese simple razonamiento la campaña unió de manera exitosa por primera vez en la historia y a gran escala los avances tecnológicos del último cuarto de siglo con la acción política. “Por alguna razón las campañas políticas se encontraban enfangadas en el oscurantismo tecnológico”, dice Plouffe. Pero, con el consejo de gente como Eric Schmidt de Google, “mejoramos sustancialmente nuestra estrategia y ejecución digital, diría que estábamos al mismo nivel que cualquier start-up de clase mundial”.

Sobre el discurso que en mi opinión fue el más importante de la campaña —conocido como A More Perfect Union, del 18 de marzo de 2008—, Plouffe contó el lunes en la presentación del libro en Washington que Obama lo pronunció en contra del consejo de la mayoría de sus asesores. “Él lo decidió y escribió, durante tres días seguidos de la medianoche a las tres de la mañana”, confesó. El discurso fue una matizada meditación sobre el estado de las relaciones raciales en Estados Unidos y marcó la consolidación definitiva de la imagen del candidato como un político con un entendimiento profundo de los problemas del país.

De todas la anécdotas narradas por Plouffe me quedo con una que tuvo lugar en el aeropuerto National de Washington. En el fragor de las primarias Clinton y Obama visitan brevemente la capital para emitir un voto en el Senado. Ambos se encuentran en el aeropuerto a punto de volar a Iowa para un debate esa misma noche. Del avión de Clinton desciende un hombre que se acerca al del senador y solicita un momento a solas entre los candidatos. Momentos después, Obama baja la escalinata y mantiene un breve encuentro con la senadora en la pista. Después de un rápido intercambio, Clinton, visiblemente molesta, comienza a agitar los brazos. Obama le coloca la mano en el hombro, la tranquiliza y se despide.

El incidente marcó un punto de inflexión. “Por primera vez vi un gesto de reconocimiento en sus ojos, de preocupación”, le contó Obama a Plouffe al día siguiente. “Finalmente se dio cuenta que se trata de una verdadera batalla y que Iowa podría alterar el curso de la elección”.

El resto es historia.