Escalada

WASHINGTON— La decisión se ha tomado. Obama ha elegido hacer suya la guerra de Afganistán y seguir el consejo de sus generales: escalar el conflicto y enviar a más de 30.000 nuevos soldados al frente de batalla. La decisión más importante tomada hasta la fecha; una arriesgada apuesta con repercusiones en un amplio número de temas. Un camino que pondrá verdaderamente a prueba la relación entre el presidente y algunos de sus aliados clave, dentro y fuera de Estados Unidos.

El escenario no podría haber sido más solemne: la Academia Militar de West Point, en el estado de Nueva York —uno de los símbolos de la élite militar del país—, con la cúpula de seguridad presente. El comandante en jefe, un discurso en horario estelar y la obligación de explicar el razonamiento detrás de la decisión más importante en política exterior —a un público cada vez más desencantado con el conflicto iniciado por George W. Bush—.

La decisión final se tomó el domingo después de tres largos meses y 10 reuniones de alto nivel que Obama ha utilizado para tender puentes entre sus principales asesores militares y llegar a un consenso sobre cómo enfrentar una guerra fallida que ha entrado ya en su noveno año.

Entre anunciar el comienzo de la retirada definitiva —como algunos de sus asesores le aconsejaban— y un redoblamiento del esfuerzo con más tropas sobre el terreno, Obama ha elegido la segunda opción y, con ello, se ha apropiado de un conflicto militar de difícil solución y con amplías repercusiones. Tanto políticas como de seguridad.

Parte de la importancia de la política anunciada ayer en West Point radica en que, como acertadamente recordaba en días recientes el New York Times, se trata de una de las primeras policies of choice de la nueva Administración. Esto es, una decisión que no está determinada por una crisis o necesidad inminente —como fue el caso del estímulo económico a comienzos de año—. Obama elige el camino de los generales y redobla el esfuerzo en una guerra que cada día resulta más difícil justificar —para Estados Unidos y para los otros 42 países que forman la coalición—.

Los paralelismos con Vietnam y la decisión de Lyndon Johnson de enviar más tropas en 1965, cuando muchos creían que el conflicto no tenía salida, comienzan a utilizarse —incluso peor, algunos hablan ya de la Carterización de Obama—.

The Economist lo expresa mejor en su número más reciente, cuando se pregunta qué tipo de diplomacia es la de Obama: “¿astuta o débil? ¿Tiene una estrategia —respaldada, si fuera necesario, por el uso de la fuerza— para reordenar el mundo? O ¿se trata sencillamente de una versión presidencial de Alden Pyle, el idealista Quiet American de Graham Greene que quiere cambiar el mundo pero subestima la maldad en éste y termina causando daño?”

Henry Kissinger, ex secretario de Estado y realista entre los relistas en política internacional, lo dice de otra manera: “me recuerda a la estrategia de un gran jugador de ajedrez que en su primer movimiento abre seis juegos diferentes. Pero hasta ahora no ha completado ninguno, me gustaría ver que concluyera al menos uno”.

En casa, la consecuencia más directa y peligrosa de la decisión es el enfrentamiento directo con buena parte del partido Demócrata y, más importante aún, con sectores del electorado que le eligieron hace sólo 13 meses. Desde la izquierda, los reclamos al presidente se comienzan a acumular y la coalición de grupos que le votó a resquebrajar. Aunque aún es pronto para hablar de consecuencias electorales importantes, las elecciones al Congreso en noviembre tienen ya un peso real en la discusión política.

La decisión en Afganistán representa también la primera prueba importante respecto al apoyo con el que cuenta Obama en el ámbito internacional. Para muchos líderes internacionales llegó el momento de materializar su Obamanía. Especialmente los europeos. Obama busca completar la solicitud de sus generales de 40.000 refuerzos con 10.000 soldados de los países miembros de la coalición.

Francia ya dijo no; Reino Unido se limitará a 500; Italia, Alemania y varios países de Europa del Este hacen oídos sordos; y España ofrece Guardias Civiles para entrenar policías. Muestras claras de la irrelevancia europea cuando de asuntos de seguridad se trata.

La nueva estrategia anunciada anoche pretende incorporar a los más de 30.000 soldados en un plazo de seis meses y, de manera similar a lo que se hizo con éxito en Irak, tomar control de bastiones clave en la geografía del país para a partir de ellos crecer el perímetro de seguridad. El objetivo de la misión está bien acotado: destruir a las células de Al Qaeda que controlan el sur del país y debilitar y aislar a los grupos talibanes que amenazan el poder del Gobierno central —fuera quedaron las intenciones democratizadoras que tanto gustaban a George W. Bush—.

El comienzo de la retirada también está claro: julio de 2011. En otras palabras, una última oportunidad para el Gobierno de Hamid Karzai para entrenar a sus fuerzas de seguridad y poner orden en casa.

El éxito de la nueva política está todo menos asegurada; Obama acaba de hacer la apuesta más arriesgada de su presidencia y pasará tiempo antes de que sepamos sus resultados.

Por ahora, Obama se enfrenta a otra batalla que recientemente ha comenzado a perder y que ayer montó una firme defensa: la de las percepciones. De esa tendremos noticias pronto.