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WASHINGTON— ¿Diplomacia digital? ¿Cómo están afectando las redes sociales y la adopción masiva de las tecnologías de la información la forma en la que los países influyen las percepciones y controlan la agenda política? Más en concreto, ¿pueden herramientas como Twitter, Facebook y los SMS convertirse en instrumentos importantes de la política exterior de un país?

En estos mismos momentos el Departamento de Estado lo está comprobando. Lleva haciéndolo desde la llegada de Hillary Clinton a Foggy Bottom. Entre los cambios impulsados por la secretaria de Estado ha estado el repensar profundamente las herramientas con las que el Gobierno practica e implementa su política exterior. Todo está sobre la mesa.

“Al comienzo de la Administración”, comentó recientemente Alec Ross, asesor del Departamento de Estado en temas de innovación, la secretaria se formuló una simple pregunta, “¿estamos utilizando las tecnologías de la información para apalancar nuestra estrategia y avanzar nuestros objetivos en el exterior?” De manera más amplia, la secretaría lanzó el siguiente reto a un pequeño grupo de asesores encargados de renovar los instrumentos de la diplomacia estadounidense: si las tecnologías de la información contribuyen al mismo tiempo a las oportunidades y los riesgos del siglo XXI, ¿cómo sacarles partido y potenciar su lado positivo?

La respuesta a estas y otras interrogantes comienza a emerger en lo que en el Departamento de Estado llaman 21st Century Statecraft; o, cómo apalancar la influencia del Estado por medio de nuevos canales.

La reformulación de la visión, dice Ross, parte de la simple premisa de que el mundo está cada vez más interconectado a través de connection technologies —aplicaciones móviles, Internet, SMS, social media, etcétera—. Esto es, la batería de tecnologías que están permitiendo que un agricultor en el África subsahariana acceda al portal de un banco o que un adolescente en Teherán emita un vídeo alrededor del mundo en cuestión de segundos.

El reto es enorme y de imprevisibles consecuencias; tanto para el poder del Estado como para las avenidas a través de las cuales lo ejerce.

En una conferencia en la Brookings Institution de Washington titulada U.S. Diplomacy in the Age of Facebook and Twitter, Ross habló de dos ejemplos de cómo el Departamento de Estado está intentando innovar utilizando canales poco convencionales; como está, como dicen en Estados Unidos, thinking outside the box.

El primero se trata de un experimento en México que involucra a las tecnologías de la información y a la lucha en contra del crimen organizado. El Departamento de Estado, las autoridades mexicanas y empresas de telecomunicaciones están desarrollando un sistema de denuncia anónimo por medio de mensajes de texto. El objetivo es utilizar las tecnologías de la información para darle la vuelta a la desconfianza ciudadana en las autoridades que impide que se denuncien muchos delitos.

De manera general, el sistema funciona de la siguiente manera: por medio de un mensaje a un número designado, cualquier persona con un teléfono móvil puede reportar un crimen, denunciar un acoso o proporcionar una pista. El mensaje se envía, primero, a una central anónima que lo “limpia” de cualquier información que pueda rastrearse a quien lo envió; los datos se procesan, se visualizan en mapas virtuales —algo similar a lo que hace Google Maps— y se envían a la autoridad competente.

Una vez que la policía investiga, ésta está obligada a reportar la información a la central anónima. Los datos se contrastan y se suman a los ya conocidos. El objetivo es crear una herramienta que con el paso del tiempo se enriquezca con nueva información y se convierta en un instrumento útil tanto para la policía como para la formulación de políticas de seguridad pública.

El sistema busca contribuir a fomentar una cultura de la denuncia y romper el círculo vicioso del miedo a ésta y los problemas legales y logísticos que conllevan para la lucha en contra del crimen organizado.

Otra tecnología con la que experimenta el Departamento de Estado es con el desarrollo de la banca móvil en países africanos. ¿Cómo crear confianza y fortalecer el sistema bancario de un país que apenas cuenta con infraestructuras? Una vez más, la respuesta es innovando con las tecnologías de la información.

Se calcula que actualmente existen alrededor de 4.600 millones de teléfonos móviles en el mundo —70% de ellos en los países en desarrollo—. En potencia, piensan en Foggy Bottom, 4.600 millones de terminales bancarias que podrían facilitar transacciones y dar un golpe a prácticas corruptas que durante décadas han obstaculizado el desarrollo en decenas de países.

Según un estudio del Banco Mundial, un aumento del 10% en el número de teléfonos móviles, suma un 0,8% al producto interno bruto de un país. En Nairobi, la capital de Kenia, uno de los métodos más utilizados para pagar un taxi son ya los teléfonos móviles.

Y así podríamos mencionar más ejemplos.

Parecería tratarse de historias del futuro sacadas de una película de ciencia ficción. No lo son. El presente se transforma a más velocidad que nunca en el futuro y la carrera por sacar provecho de él está en marcha.