Imponderable

Si a un tema teme el partido Demócrata, si algo le quita el sueño por las noches, es la idea de un ataque terrorista en suelo estadounidense bajo su guardia. Por razones presentes y pasadas, lo cierto es que esta Navidad la pesadilla estuvo a punto de convertirse en realidad.

El incidente del pasado 25 de diciembre, en el que un nigeriano de sólo 23 años introdujo explosivos capaces de volar un boquete al fuselaje de un avión en un vuelo de Ámsterdam a Detroit, devolvió súbitamente el tema del terrorismo y sus implicaciones al debate político estadounidense.

En realidad, el tema nunca había dejado de estar presente. En un artículo de la revista dominical del New York Times que se publicará la semana que viene, Peter Baker, corresponsal en la Casa Blanca, revela cómo el tema ha sido una preocupación importante de la Administración Obama desde antes de que comenzara el Gobierno.

Según cuenta Baker, la noche previa a la toma de protesta, cuando Obama se dirigía hacia una cena que se ofrecía en su honor, dos de sus asesores de seguridad nacional más importantes, Denis McDonough y Mark Lippert, decidieron acompañarle para informarle personalmente de inteligencia recogida en las últimas horas. Un atentado durante la celebración de la toma de posesión. Las agencias de inteligencia estadounidenses habían sido informadas sobre un grupo somalí que había intentado introducir explosivos por la frontera con Canadá.

El blanco era perfecto: la cúpula del Gobierno reunida con más de un millón de espectadores viendo cómo se desarrollaba el evento. Finalmente la amenaza no se materializó; pero la advertencia estaba ahí.

Una de las tensiones más importantes con las que nació la presidencia de Obama fue la de una amenaza terrorista latente. ¿Cómo se enfrentaría a ella un presidente que como candidato prometió romper con muchas de las estrategias que se habían seguido para combatirla? En otras palabras, el reto para Obama ha sido cómo romper con el legado draconiano de George W. Bush y su “guerra contra el terrorismo” —un término que ha sido desterrado del vocabulario del Gobierno— sin tomar acciones que pongan en riesgo la seguridad del país.

Del estatus que se concede a los prisioneros de guerra al futuro de la base militar de Guantánamo hasta dónde estaría dispuesto a llegar el nuevo presidente para luchar en contra de los que amenazan la seguridad de Estados Unidos.

Ya decía al comienzo que el partido Demócrata ha acarreado el estigma de la pusilanimidad en la defensa militar de los intereses estadounidenses desde hace al menos dos generaciones. Una combinación de decisiones desatinadas y el monopolio de la retórica bélica por parte del partido Republicano han contribuido a crear esta imagen.

Lo cierto es que, de sufrir un ataque terrorista bajo una presidencia Demócrata —especialmente la de Obama, primer presidente post 11-S—, el coste para el partido sería de dimensiones incalculables.

En un oportuno artículo reciente, Politico comparó la reacción de los medios de comunicación y la clase política al atentado frustrado de Navidad y a un incidente muy similar ocho años antes. Sucedió en las mismas fechas.

Un hombre introdujo explosivos en un avión de París a Miami e intentó detonarlos a medio vuelo —el primero los llevaba en los zapatos; el segundo en los calzoncillos—. Ambos presidentes se encontraban de vacaciones —Bush en Camp David; Obama en Hawai—. A uno le llevó seis días hacer una declaración pública; al otro tres.

Sin embargo, los medios claramente se han cebado con Obama. ¿Por qué reaccionó tres días después? ¿Por qué no destituye a Janet Napolitano, secretaria de Seguridad Nacional, la mujer que desatinadamente aseguró que “el sistema funcionó”? ¿Está dispuesto a lanzar un ataque militar en contra de Yemen, el país donde supuestamente se tramó el atentado? En los últimos días, éstas y otras interrogantes han contaminado el debate.

La reacción más sosegada e inteligente desde el incidente es la de David Brooks, la semana pasada, en el Times. “Las sociedades fuertes”, asegura el columnista, “entienden de manera sensata los riesgos involucrados en este tipo de confrontaciones”. Estados Unidos, sin embargo, se engaña al pensar que todo el dinero y la tecnología invertida desde el 11-S pueden eliminar el riesgo. “El sistema fallará”, asegura con sensatez Brooks en The God That Fails, “la realidad es impredecible, ni la tecnología más moderna podrá cambiarla”. La mayoría de las críticas al Gobierno, termina asegurando, “han sido despectivas e histéricas”. En parte, porque se trata de un presidente Demócrata.

Obama ya tuvo su primera advertencia. Difícilmente tendrá una segunda; el terrorismo y la posibilidad de un ataque planean sobre su Gobierno. Será el imponderable latente que pueda hacer estallar su presidencia.