Impasse

WASHINGTON— Washington está paralizada. Literal y metafóricamente. Las intensas nevadas de las últimas semanas que han cerrado las oficinas del Gobierno federal nueve de los últimos diez días son un apta metáfora de lo que sucede de manera más amplia en el proceso político.

Escuelas, calles, autopistas, bancos y comercios cerrados se alternan con un impasse político que ha creado un halo de suspense sobre el futuro de la todavía muy joven presidencia de Obama.

“Qué lejos ha quedado aquella fría y limpia mañana de enero en la que casi dos millones de personas poblaron el Mall, del Capitolio al monumento a Washington”, escribía hace unas semanas The Economist. Efectivamente, el clima político de la capital en este comienzo de 2010 es muy distinto al de hace un año. Desencanto, frustración y, sobre todo, un claro deterioro del ambiente político.

Se podría debatir eternamente respecto a sobre quién recae la responsabilidad.

¿Fue Obama ingenuo al plantear un rompimiento con las prácticas de Washington vía el bipartidismo conciliador y los buenos modales? En parte —una advertencia que muchos hicieron en los días en los que el presidente luchaba encarnizadamente por la nominación con Hillary Clinton—. ¿Se puede reformar el sistema con una oposición intransigente e ideologizada como la que comandan Mitch McConnell en el Senado y John Boehner en la Cámara de Representantes? Muy difícil. ¿Soportan las instituciones políticas el peso de los cambios que necesita el sistema? Aparentemente no.

“Hasta los políticos están hartos de Washington”, titulaba una historia ayer Politco.com. “Me gustaría ver más bipartidismo y menos rencor en el Senado”, decía un congresista de Dakota del Norte el mes pasado. Y esto de Evan Bayh, el último Senador que anuncia que se retira y pone en aún más aprietos a la mayoría Demócrata: “no me gusta el Congreso”. Existe demasiado partidismo y poco progreso, dijo el senador el lunes. “Demasiada ideología y poca capacidad práctica para resolver problemas”.

Así, el principal —e inesperado— problema al que se enfrenta Obama a sólo un año de asumir la presidencia no es la economía, la creación de empleo ni la estrategia en Afganistán. Se trata de algo mucho más elemental: recuperar la confianza en el proceso político; demostrar que el país es gobernable y que las instituciones pueden canalizar y procesar las necesidades sociales.

Un cambio de escenario repentino que nadie imaginaba hace sólo unos meses.

De lo meramente simbólico a lo más sustancial, la Casa Blanca ha comenzado a adaptarse a esta realidad; a una nueva y disminuida realidad. La pregunta de fondo no es tanto si tiene la capacidad para conseguirlo —si existe un grupo de asesores competentes en Washington, Obama cuenta con él—; pero, más bien, qué tanto puede dar de sí el propio proceso.

Con la reelección de los 435 representantes en el Congreso y una tercera parte de los senadores en noviembre, la Casa Blanca se enfrenta de aquí a entonces a un delicado acto de funambulismo político que, de fracasar, enterraría de manera definitiva la agenda política de Obama —de manera similar a lo que le sucedió a Clinton en 1994—.

Por los cambios de los últimos días, todo indica que el diagnóstico de la Administración apunta a la teoría de problemas en la percepción pública —la del Gobierno incomprendido que se tiene que esforzar por comunicar mejor su mensaje; un diagnóstico utilizado con frecuencia que en pocas ocasiones consigue cambiar el panorama—.

Según una valoración interna de la Casa Blanca, muchos de los tropiezos del primer año fueron producto de un mensaje mal controlado que le concedió ventajas a los republicanos. Lento, tímido y con demasiados intermediarios.

La estrategia del Gobierno pasa por abrir el proceso lo más posible y comunicarse de manera directa con el público. La semana que viene, Obama intentará relanzar la tocada reforma sanitaria con una reunión bipartidista emitida en directo por televisión en la que buscará exponer la insensatez e intransigencia republicana.

Ello, aunado al uso más frecuente del bully pulpit presidencial, constituye la apuesta de la Casa Blanca. Difícil pensar que por sí sola le devolverá la iniciativa política al presidente.

A estas alturas, la única salida que parece viable va más en la línea de lo que hace semanas proponía The Economist: Time to get tough. Es decir, una cuestión de palos y zanahorias. ¿Tendrá Obama el coraje para abandonar los buenos modales?