Desnuclearización

WASHINGTON— Cuando Obama se reúna mañana en Praga con Dimitri Medvedev, el presidente ruso, dará un paso importante en la consecución de una de las apuestas más importantes en política exterior de su Administración: un mundo libre de armas nucleares.

Visionario, dirán algunos; ingenuo, pacifista, asegurarán otros.

Perdida quizá entre las múltiples apuestas que Obama ha hecho en su primer año de Gobierno, la ambición del presidente representa una jugada estratégica de gran calado que podría enterrar finalmente y de manera definitiva la mentalidad en asuntos de seguridad nacional dominante durante la segunda mitad del siglo pasado.

La reunión en Praga confirma la firma de un acuerdo entre Rusia y Estados Unidos.  Pero, más importante, anuncia la reanudación de la cooperación vital entre los dos países que actualmente mantienen los arsenales atómicos más grandes del planeta: alrededor de 20.000 cabezas nucleares entre ambos —de las 50.000 que alcanzaron durante la guerra fría—. Después de al menos ocho años en los que las relaciones entre los dos países cayeron en un bache y se abandonaron los esfuerzos de avanzar la agenda de desnuclearización, la firma del tratado mañana sólo se puede comparar a las dos decisiones más importantes en política exterior de la Administración hasta la fecha: la retirada de Irak y el aumento de tropas en Afganistán.

Ayer, el Gobierno estadounidense daba ya un paso preeliminar hacia la auto restricción del uso de su arsenal atómico. Sólo lo utilizará a partir de ahora en caso de ser atacado por una potencia nuclear —China, Rusia, Gran Bretaña y Francia, miembros del Tratado de No Proliferación; India, Pakistán y Corea del Norte, potencias no miembros; e Israel, que no reconoce su estatus nuclear—.

El restablecimiento de la cooperación a alto nivel viene después de más de un centenar de reuniones que, al igual que en el caso de la reforma sanitaria, se dieron en buena parte por la obstinación de un hombre.

Ha sido él —en contra incluso del consejo de su ministro de Defensa y su secretaria de Estado— el que ha empujado por involucrar de manera más agresiva a los rusos y lograr avances significativos pronto en su Administración. Obama es consciente de que si se ha de alcanzar un mundo libre de armas nucleares —un viejo sueño sobre el que ya escribía desde la universidad— necesariamente se deberá lograr mediante una estrategia de pequeños pasos incrementales.

La de Obama tiene dos ejes: eliminar del pensamiento de seguridad nacional la sobre dependencia a las armas nucleares y enfrentar de manera más realista las amenazas del nuevo siglo: las guerras asimétricas, las armas biológicas y químicas y el peligro de que armas nucleares puedan caer en manos de regímenes que, directa o indirectamente, financian el terrorismo.

Hasta la administración pasada, el énfasis en esta lucha estaba puesto sobre reliquias de la guerra fría: el famoso escudo antimisiles (también llamado el proyecto Star Wars) o la noción de mantener los niveles de los arsenales nucleares con el único objetivo de no otorgar ventajas a los rivales —léase Rusia y la desquiciada estrategia conocida como MAD, Mutual Assured Destruction—. George W. Bush presionó hasta los últimos días de su Administración para construir un costosísimo sistema de defensa que no tenía lógica alguna en el mundo post 11-S.

“El objetivo de largo plazo” de la estrategia de Obama, declaró Kenneth Luongo del Partnership for Global Security al New York Times, “es la deslegitimación de las armas nucleares”. Algo que sólo se puede conseguir si Rusia y Estados Unidos navegan en el mismo barco. Aunque los términos específicos del acuerdo que se suscribirá mañana no representan un avance especialmente importante, es la reanudación de la cooperación entre las dos potencias la que cambiará la ecuación. Especialmente en el tema del terrorismo nuclear, de la diseminación de material atómico y, muy en particular, en la actitud con la que la comunidad internacional se enfrentará en los próximos meses y años a la ambición del régimen de Teherán de convertirse en potencia nuclear.

Después de la firma del tratado, tanto Rusia como Estados Unidos tendrán mayor autoridad moral para abordar estos temas y exigir mayores responsabilidades de los diversos países y actores involucrados.

Igualmente, la firma del tratado abre la posibilidad de exigir que Israel firme el Tratado de No Proliferación Nuclear —el documento que a lo largo de los últimos 40 años ha gestionado a las potencias nucleares—.

De manera silencioso pero efectiva, Obama está a punto de conseguir un logro importante en política exterior. Sentará los cimientos del mundo libre de armas nucleares con el que ha soñado. Aunque, como él mismo lo dice, no vivirá para verlo realizado. Pero, si algún día se consigue, serán su liderazgo y visión las que se citen.