WikiLeaks

WASHINGTON— Hace unas semanas le preguntaron a Daniel Ellsberg —el responsable de filtrar a la prensa los Pentagon Papers en 1971— qué habría hecho hoy, en la era de las redes e Internet, si tuviera en sus manos documentos de la misma importancia de aquellos que fueron el principio del fin no sólo de la guerra de Vietnam, pero también de la presidencia de Richard Nixon.

Sin dudar, Ellsberg, un hombre que hoy casi alcanza la ochentena, respondió: compraría un escáner y los subiría a Internet.

El entrevistador, insatisfecho con la respuesta le presionó: “pero, ¿no consideras que la prensa aporta algo; es decir, más allá de los datos y la información que contenían los Pentagon Papers, no fueron el New York Times y el Washington Post los que proporcionaron el contexto necesario para interpretar lo que estaba sucediendo?”

Un Ellsberg escéptico respondió que no estaba tan seguro. Lo importante, enfatizó, es hacer pública la información; ponerla en manos de la opinión pública y dejar que surja sus efectos; si pasa o no por los filtros de los medios de comunicación, ha dejado de ser importante. De la boca de Ellsberg la aseveración cobra especial importancia. Apodado por Henry Kissinger “the most dangerous man in America”, junto con Garganta Profunda (Mark Felt), es el filtrador más conocido de la historia de Estados Unidos.

Rescato su figura e importancia en un momento en el que difundir información se ha vuelto más fácil que nunca; en el que prácticamente todas las restricciones y barreras se han eliminado y en el que en la mayoría de los casos conocer detalles escabrosos sobre la última intervención militar o mentira de Estado podrían estar a un clic de distancia.

Pero, sobre todo, la rescato al hilo de la creciente importancia que ha cobrado el sitio wikileaks.org como una de las fuentes de información más importantes en la actualidad sobre secretos oficiales y que está en la mira de múltiples gobiernos, de Washington a Kabul y de Canberra a Londres.

Se trata del sitio responsable de filtrar en abril pasado unas terroríficas grabaciones en las que soldados del ejército estadounidense a bordo de un Apache disparan indiscriminadamente a un grupo de personas en el centro de Bagdad que saben incluye niños y periodistas.

La misma web que en septiembre de 2008, en plena campaña presidencial, publicó los contenidos de una cuenta de correo extraoficial que Sarah Palin utilizaba para evadir las leyes de acceso a la información de Alaska.

En el centro de la iniciativa del sitio está la convicción de que en la era de Internet no hay información alguna que deba permanecer oculta del público; sea con o sin el consentimiento de los gobiernos; se trate de correos electrónicos personales o documentos que pudieran poner en riesgo la seguridad nacional de países.

Se conoce poco sobre el origen de wikileaks.org. Su fundador, Julian Assange, al que conocí en Barcelona en noviembre pasado, es un hombre enjuto, sigiloso y en estado de alerta permanente. Colaboramos en la organización de una conferencia sobre el uso de las tecnologías de la información y los cambios en el gobierno en la que Assange habló sobre la importancia de utilizar la red para retar los secretos de Estado y obligar a la clase política a ser más transparente. En una segunda conferencia en la que teníamos que haber coincidido en Nueva York a comienzos de este mes, Assange no asistió por razones de seguridad pero se presentó vía videoconferencia desde un lugar no revelado de Australia  —su país natal—.

En las últimas semanas ha trascendido que Assange y su equipo —una red mundial de periodistas, informáticos y abogados— preparan para su publicación dos grandes filtraciones que pondrán en evidencia al Gobierno de Estados Unidos: 260.000 cables secretos entre el Departamento de Estado y su personal en Bagdad y otro video sobre un ataque en Afganistán en el que murieron decenas de niños.

Filtraciones específicas aparte, lo que el surgimiento de una organización como wikileaks.org plantea es un reto a dos instituciones clave de las democracias modernas: el Estado y los medios de comunicación. Ambas basaban su funcionamiento —y en muchos casos su sobrevivencia— en flujos de información limitados y controlados.

Cuando Ellsberg filtró los Pentagon Papers, pasaron meses entre el momento en el que facilitó los documentos al New York Times y cuando finalmente se publicaron —algo a lo que el periódico siempre se reservó el derecho—.

Impensable —imposible— hoy en día. Sin empacho, Ellsberg nombra a Assange su nuevo héroe. Pionero de un nuevo tipo de periodismo. ¿El nuevo-nuevo periodismo?

1 Trackback

  1. Por Wikileaks y el periodismo « Blog de la redacción el %d 29UTC %B 29UTC %Y a las %H:%M 01Mon, 29 Nov 2010 13:30:10 +000010.

    […] el periódico Reforma, hace unos meses Diego Beas escribe: Filtraciones específicas aparte, lo que el surgimiento de una organización como wikileaks.org […]