Táctica

WASHINGTON— De manera un tanto inesperada Barack Obama convocó un discurso el jueves pasado que vuelve a poner el tema de la reforma al sistema de inmigración sobre la mesa. Se trata, en realidad, de la primera ocasión en la que se centra exclusivamente en el asunto.

¿Qué dijo? Nada especialmente nuevo. Utilizó el podio en la American University de Washington —leído en clave política, el hecho de que haya utilizado un escenario anónimo como éste, y no uno elegido con mayor cuidado, ya dice mucho— para seguir delineando su visión sobre el tema y, sobre todo, poner en marcha una estrategia electoral que tiene como objetivo posicionar al Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato de noviembre.

De manera general, habló sobre tres temas: la aportación histórica de la inmigración a la economía y el desarrollo estadounidense; el hecho de que hoy existen alrededor de 12 millones de personas sin documentos; y la falta de sensatez y realismo político de aquellos que creen que la solución al problema pasa por fortificar la frontera. Nada nuevo, ya decía.

Y aunque el discurso fue el primero centrado en el tema —también el primero que puso el énfasis en resolver el problema de la inmigración indocumentada, dirigido a la comunidad hispana, a diferencia de menciones anteriores que se centraron en la necesidad de atraer a inmigrantes altamente calificados—, es el que más me convence de que la aprobación de un paquete de medidas está más lejos de lo que escribí en este espacio a comienzos de año. Es decir, aunque Obama acaba de hacer el llamado más claro hasta la fecha para reformar el sistema, la posibilidad de que se apruebe este año parece cada vez más lejana.

Me explico. Desde la aprobación de la reforma sanitaria en marzo quedaron perfectamente claros los estrechos márgenes de maniobra con los que cuenta el presidente —especialmente en el Senado—. La reforma financiera, la segunda gran apuesta legislativa de la Administración, actualmente languidece en el Senado debido, en parte, a la muerte hace unos días del Senador de West Virginia, Robert Byrd. Un solo voto, en este clima político, puede hacer la diferencia.

Desde mediados de la primavera y debido a fallos en la estrategia legislativa, el apoyo a la reforma del sistema de inmigración se ha venido desinflando. Falta de coordinación en el bando Demócrata, un clima económico esclerótico y el sectarismo en el Congreso han sido algunos de los motivos. A finales de abril, Lindsay Graham, coautor de la propuesta, retiró el único apoyo republicano con el que contaba.

Y en el festejo del 5 de mayo en el Rose Garden de la Casa Blanca, Obama hacía unas declaraciones respecto a las posibilidades de que se aprobara que eran todo menos promisorias. En suma, un ambiente político deteriorado que complica enormemente la aprobación de una medida que se ha pospuesto durante al menos varios lustros.

¿Por qué entonces la ha relanzado Obama? Por razones electorales tácticas,  principalmente. Dos de ellas en concreto.

Con las elecciones de medio mandato a sólo cuatro meses de distancia, Obama y los demócratas se preparan para lo que podría convertirse en una carnicería en el Congreso. Es pronto todavía para saberlo con certeza, pero la posibilidad de perder el control de la Cámara de Representantes y estrechar peligrosamente la mayoría en el Senado nadie la descarta. Es decir, si los márgenes actuales ya resultan estrechos, en noviembre se podrían reducir mucho más.

Obama es consciente de que la propuesta no cuenta con el apoyo suficiente en el Congreso —lo dijo explícitamente durante la visita de Calderón a Washington—; en su discurso el jueves lo que intentó dejar claro es que si la reforma no sigue su curso no se debe a falta de voluntad. Ni de él ni de su partido. El mensaje va dirigido a un público específico: el electorado hispano. Los millones de votantes que necesitan los demócratas el 2 de noviembre para reducir al máximo sus pérdidas y no cerrar por completo las puertas del Congreso —como le sucedió a Clinton en 1994—.

La segunda razón busca simplemente exponer la intransigencia republicana. Obama está anticipando sus movimientos con la esperanza de que, si los demócratas mantienen las mayorías en las dos cámaras, y una vez inaugurado el nuevo Congreso, los republicanos se encuentren contra las cuerdas y obligados a pactar.

Ésa es mi lectura del discurso: la reforma estará aparcada al menos hasta el comienzo del nuevo curso político en enero de 2011; si los demócratas tienen un buen otoño y llegan al ecuador del mandato de Obama con fuerza en el Congreso, existirán posibilidades de que se apruebe. De llegar debilitados, quedará sentenciada. Una vez más.