Expiación

Aunque Obama ha insistido en ello desde que era candidato, el discurso de este lunes confirmando el repliegue final de Irak marca un momento importante en la historia de Estados Unidos —y de la Administración—.

El fin, por ahora en el orden de lo simbólico, de una larga guerra que comenzó bajo circunstancias internacionales muy complicadas y que estigmatizó de manera indeleble, y como ninguna otra política a lo largo de sus ocho años, la presidencia de George W. Bush.

Una postura que, si estiramos un poco su significado, podría ser considerada la posición clave que aupó a Obama de los suburbios de Chicago y Springfield —la capital de Illinois— a la Casa Blanca. A diferencia de lo que se afirma con frecuencia, Obama no saltó a la fama con aquel discurso de la Convención Demócrata en Boston en 2004. Lo hizo dos años antes, en un parque de Chicago, en una manifestación en contra de la guerra a la que ahora le pone fin. “No estoy en contra de la guerra”, dijo Obama en aquella ocasión, “estoy en contra de las guerras estúpidas”.

Su fin invoca en la memoria diversas escenas, episodios y momentos críticos en los que a lo largo de los últimos siete años Estados Unidos cruzó (en varias ocasiones) el Rubicón de la responsabilidad internacional; a su perjuicio, desprestigio y a un coste altísimo, tanto en vidas humanas como en tesoro nacional.

Recuerdo, por ejemplo, aquella infame presentación de Colin Powell, secretario de Estado en aquel momento, ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Las escenas en las que mostraba pequeños tubos metálicos con los que intentaba demostrar, por medio de un discurso tramposo y parcial, la existencia irrefutable de armas de destrucción masiva. Ello sucedía a comienzos de febrero de 2003.

Apenas mes y medio después, las bombas comenzaban a llover sobre Bagdad. “Shock and awe” lo llamó el ejército; la versión estadounidense de la Blitzkrieg que ni decapitó al régimen ni provocó el shock a partir del cual se debía comenzar a construir la estabilidad del país. Tan sólo un mes después el ejército estadounidense marchaba triunfante en Bagdad mientras los acólitos del presidente Bush no se cansaban de asegurar que sus soldados serían bienvenidos como liberadores. Wolfowitz, Feith, Rumsfeld, Bolton, cuánto tiempo ha transcurrido.

A partir de allí comenzaría el caos en el que se sumió Irak: la disolución de la Guardia Republicana, los enfrentamientos tribales, los saqueos, la descomposición social, la estrategia militar errática que llevó años corregir.

El 1 de mayo de ese año tendría lugar aquella icónica imagen de Bush en ropa de aviador llegando al portaviones USS Abraham Lincoln anclado frente a las costas de California a bordo de un jet militar para pronunciar el discurso de victoria frente a una manta con la consigna “Mission Accomplished” —junto con las imágenes de las costas de Luisina devastadas en 2005, ésta fue una de las que caló más en la conciencia colectiva y marcó la percepción de Bush—.

En julio vendrían las tétricas escenas de la sangrienta persecución de Uday y Qusay. Los hijos del dictador. Perseguidos durante horas por tierra y aire por un regimiento militar en la ciudad de Mosul: se les acorraló, asesinó y, a manera de trofeo, el ejército publicó múltiples fotografías con los cuerpos abatidos de los hermanos.

La captura del propio Hussein en diciembre, que sólo serviría para avivar los enfrentamientos tribales y dividir al país; su condena a muerte y ahorcamiento en diciembre de 2006. La bomba en la sede de Naciones Unidas en Bagdad; los linchamientos cotidianos; las miles y miles de muertes civiles. Y así podría seguir, invocando recuerdos de más de un lustro de terribles consecuencias producto de uno de los errores más graves de la política exterior de Estados Unidos.

El fin definitivo de las operaciones de combate anunciado por el presidente el lunes es un paso importante en el proceso de expiación de un negro capítulo en las aventuras exteriores de Estados Unidos. ¿Encomendable? No realmente. Era lo mínimo que Obama podía haber hecho.