Con tristeza recibo la lamentablemente —pero esperada— noticia de la muerte de Tony Judt. Después de tan sólo dos años con amyotrophic lateral sclerosis, también conocido como el mal de Lou Gehrig, finalmente sucumbió. Una enfermedad degenerativa que en pocos meses lo paralizó del cuello para abajo y que el viernes se cobró su vida. Historiador, intelectual público y feroz —y admirable— defensor de un ideario político sui generis. Dos recomendaciones: un brillante debate sobre la influencia del lobby israelí en Estados Unidos —moderado por Anne-Marie Slaughter y en el que participó Judt— y la siempre confiable y bien escrita necrológica del New York Times.
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