Judt

“Fui educado en las palabras”, escribió recientemente Tony Judt. “Rebotaban de la mesa de la cocina al piso en el que me encontraba sentado: abuelo, tíos y refugiados parloteaban en ruso, yiddish, francés y lo que debía ser inglés. Hablar, parecía entonces, era el atractivo principal de la existencia adulta. Nunca he perdido ese sentido”.

Hasta el viernes pasado, cuando el historiador, intelectual público y feroz defensor de un ideario político sui generis —y en extinción— murió de una terrible enfermedad que en pocos meses lo paralizó, quitándole movilidad músculo por músculo, zona del cuerpo por zona del cuerpo. Primero fueron las manos; con ellas se fue una de las habilidades que tanto atesoraba: la independencia para sentarse, escribir y formular argumentos; después vinieron las piernas —lo que lo confinó a una silla de ruedas—; y, finalmente, el resto del cuerpo excepto del cuello para arriba. ¿El invasor? Un mal conocido como de Lou Gehrig o, en jerga médica, esclerosis lateral amiotrófica. Una enfermedad degenerativa que mata las células que controlan el movimiento del cuerpo. Judt se terminó por convertir, en sus propias palabras, “en un montón de músculos muertos, pensando”. Es decir, un vegetal pensante.

Y vaya que si pensó.

Tony Judt, para aquellos que no le conocen, fue sobre todo un defensor de un ideario político socialdemócrata que contra viento y marea sostuvo hasta el último suspiro y a pesar de estar a favor de todo tipo de tesis profundamente impopulares, especialmente en Estados Unidos, su país de adopción.

De la política estadounidense en Oriente Medio al papel del lobby israelí en Estados Unidos al balance que muchos hacen sobre los efectos de la revolución conservadora impulsada desde Londres y Washington por la Dama de Hierro y el presidente/actor (más bien el actor/presidente).

En el verano de 2006 tuve oportunidad de escucharle en una charla en la universidad de Oxford. Recuerdo, sobre todo, su rapidez mental, su devastadora inteligencia y su habilidad en el uso de las palabras.

“Lo que ha ido catastróficamente mal en Inglaterra y Estados Unidos en los últimos 30 años”, dijo Judt en una entrevista reciente, “es que hemos perdido toda capacidad para hablar del Estado en términos positivos. Hemos engendrado una generación a la que ni siquiera se le ocurre preguntar: ¿qué influencia positiva puede tener el Estado?”.

Un tema que le preocupaba de manera particular y al que dedicó buena parte de sus dos últimos años de vida. Primero en una conferencia que pronunció —ya convaleciente— en la Universidad de Nueva York —donde era profesor— y después en su último libro en vida, Ill Fares the Land. Un breve ensayo al vuelo sobre la pérdida de capacidad —especialmente en el mundo Occidental— para pensar y actuar de manera colectiva. “Esta es la segunda generación de personas que no concibe el cambio más allá de sus propias vidas, que no tienen ningún sentido de bienes públicos y servicios colectivos y que sólo aspira a mejorar su condición individual a costa del resto”.

Judt no sólo lo tenía claro, lo sabía expresar.

Formado en Cambridge y en París, dedicó buena parte de su carrera académica a analizar a la izquierda europea —especialmente a la francesa— y sus puntos ciegos. En 2005, apenas tres años antes de ser diagnosticado, publicó el tomo monumental Postwar: A History of Europe Since 1945. Una lectura fresca —y en ocasiones desafiante— de la segunda guerra mundial y sus consecuencias.

A partir de 2008 y consciente de que tenía los días contados, Judt se embarcó en un admirable y apresurado ejercicio de memoria histórica y personal que contó a través de breves ensayos publicados en The New York Review of Books: Meritocrats (sobre su educación superior); Words (sobre el valor de las palabras); Girls! Girls! Girls! (sobre sus conquistas juveniles); y Food (sobre los desafortunados resultados producto de la combinación de la comida de su ciudad natal —Londres— y la judía de su madre).

Fue en Words precisamente donde hizo uno de sus últimos llamados a rescatar no sólo el valor y la importancia de las palabras, sino también y por medio de ellas, esa tradición, alguna vez de izquierda, actualmente tan en desuso: “La riqueza de palabras en la que crecí constituía un espacio público en sí mismo —son estos espacios públicos bien preservados los que tanta falta nos hacen hoy en día—. Si maltratamos a las palabras, ¿con qué las sustituiremos? Son todo lo que tenemos”.

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