Lastre

El nuevo curso político se inauguró el pasado viernes con una conferencia de prensa del presidente Obama en la que quedaron claras dos cosas: la economía se consolida como el gran lastre del Gobierno y las perspectivas de pérdidas significativas para el Partido Demócrata en la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones de noviembre se hacen cada vez mayores.

Más aún: Obama , en directo, bajo el acecho de la prensa, nos permitió ver una versión menos edulcorada de las mecánicas que están marcando el ritmo en Washington al comienzo de la campaña general de otoño.

La percepción de la situación económica es tan crítica que dividiría todo los problemas a los que se enfrenta la Administración en dos: los económicos y todos los demás.

De los datos del desempleo —que simplemente no remite— a la posibilidad de la tan temida doble recesión, la Administración simplemente no puede quitarse de encima un tema que ha estado intentando atajar desde el comienzo.

“No hay ninguna duda”, dijo Obama el viernes, “de que hemos hecho todo lo que está en nuestras manos, todo lo que hemos hecho está diseñado para estimular el crecimiento y sumar empleos. Ése es el objetivo central de toda nuestra agenda”. Así de categórico fue, “el objetivo central de nuestra agenda”. Lo enfatizo porque no deja de resultar sorprendente pensar que toda la agenda política que se votó en noviembre de hará ahora dos años, esté a la búsqueda de mejores tiempos para ser implementada.

En parte por ello los grises pronósticos para los demócratas en noviembre —¿para qué votarles si al final de cuentas no tienen el talento político para encauzar y completar su agenda?, piensan muchos —una visión que se asienta y que, si echa raíces y por sí sola, podría ser la tumba de Obama en 2012—.

Al hilo de este argumento, el viernes Obama se tuvo que defender de uno de los sectores más críticos de su presidencia: la izquierda. Claramente insatisfecha con su desempeño, en últimas fechas le acusa de no hacer nada en temas como la reducción de la pobreza; en centrarse exclusivamente en el marco macro de la economía y de dejar abandonados los planes sociales de su programa político.

Un argumento irrefutable que plantea un dilema sumamente complejo para los líderes que se precian de tener cualquier tipo de visión social. ¿Cómo, en la situación económica actual, privilegiar y seguir desarrollando programas sociales? (el problema no sólo se da en Estados Unidos; en España, donde me encuentro, le sucede lo mismo a Zapatero, enfrentado ahora a muerte con los sectores sociales que tradicionalmente le han apoyado).

“Constantemente estoy pensando cómo crear escalones para que las comunidades y los individuos puedan alcanzar la clase media” , dijo Obama. “Si podemos crecer la economía con mayor rapidez y crear más empleo, entonces todos nos veremos beneficiados, entraremos en un círculo virtuoso”. De manera sutil, pero allí, en sus palabras, está un dejo de ese pensamiento reaganesco tan típicamente ochentero de la trickle down economics —desde el Estado, lo único que hace falta es asegurarse de que la parte superior de la pirámide crezca; el resto lo hace la magia de los mercados—.

Estoy estirando un poco la analogía, pero es cierto que hasta la fecha Obama no ha logrado —peor aún, quizá no se ha atrevido— enunciar y defender una tesis que lleve un paso más allá esta visión incompleta sobre las dinámicas económicas modernas.

Por si el tema económico fuese poco, el resto de la conferencia de prensa se centró en temas como el relanzamiento del diálogo en Oriente Medio, la polémica en torno a la construcción de la mezquita en la zona cero de Nueva York, el noveno aniversario del 11-S, la política antiterrorista del Gobierno y el cambio de cultura política en Washington.

Obama, por lo pronto, tiene el plato lleno; o resuelve el tema económico o corre el riesgo de estrellar el resto de la agenda. A eso se ha reducido su presidencia a menos de la mitad del primer mandato.