‘Realpolitik’

Ni siquiera se ha instalado el nuevo Congreso en Washington y los efectos del poder republicano ya se hacen sentir. A este ritmo, ¿en dónde nos encontraremos en uno o dos años? Imposible saberlo por ahora; lo único cierto es que el balance del poder se ha cargado a la derecha y ya comenzamos a ver su impacto.

En una inusual conferencia de prensa la semana pasada, el propio Obama intentaba explicar el primer gran revés de su presidencia: la extensión de una controvertida medida adoptada por George W. Bush en la que se bajaron los impuestos de todos aquellos que ganaban más de 250.000 dólares al año. O lo que es lo mismo, un recorte impositivo para el 1% más rico del país.

La medida, aprobada en 2003, era temporal y estaba diseñada para caducar a finales de este año. Sin embargo, el nuevo poder republicano y su absoluta intransigencia en el tema fiscal rápidamente se erigieron en punto de contención para un Gobierno que recibe presiones a diestra y siniestra para reducir el déficit y, en el intento, no abandonar por completo la agenda con la que llegó al poder. Una tarea nada fácil en la coyuntura económica actual.

Así las cosas y debido a la insistencia republicana de reducir el déficit (sin aumentar impuestos), Obama se vio obligado a pactar. Y pactar con un tema que durante la campaña se convirtió en uno de los baremos del compromiso de los demócratas con las causas progresistas.

La otra cara de la moneda consistía en las prestaciones a los desempleados. Con la prolongación de la crisis y el número de parados sin remitir, cada día se quedan sin protección un mayor número de personas. Muchas de ellas en los estratos económicos más bajos. Los republicanos, también por razones ideológicas, se oponen a cualquier extensión de estos beneficios. ¿Su argumento? Porque sumaría al déficit. Increíble pero cierto.

La base de la posición de negociación republicana consistió, en esencia, en extender los recortes de impuestos de Bush para así aceptar la extensión de las prestaciones a millones de desempleados que estaban a punto de quedarse sin ellas.

Aunque el tema pueda parecer una pelea política más que refleja las profundas divisiones de las ideologías políticas de demócratas y republicanos, no lo fue. O, más bien, fue eso y mucho más.

Fue, en mi opinión, el primer movimiento de piezas importante por parte de Obama para la campaña de reelección en 2012. En otras palabras, el comienzo del nuevo ciclo electoral. Por varias razones.

En primer término por el tono beligerante y apasionado que utilizó. Hace muchos meses que no se escuchaba a Obama tan implicado en un asunto; un tipo de discurso distinto para una nueva etapa de su presidencia.

Pero, sobre todo, la diferencia radicó en el golpe de timón que supone para el estilo presidencial. Me explico: durante la campaña y los primeros dos años de gobierno Obama apostó por encontrar puntos de acuerdo con el partido Republicano que le permitieran ejercer el poder —a pesar de la insistencia de muchos de que ésta no era una estrategia viable y sólo debilitaría la agenda demócrata—.

No los encontró; las iniciativas que logró pasar fueron por la mínima; y menos de dos años después de llegar al Gobierno el electorado le propinó un revés que lo debilitó aún más e hizo que en la práctica gobernar resultara un asunto mucho más complicado.

Así que Obama se ve obligado a cambiar de registro —contra la furia de sus electores más a la izquierda—, pactar y salvar los principios básicos de su partido por la vía del más elemental realismo político.

Por ahora, ni a favor ni en contra. Es una jugada arriesgada que pone a prueba la estatura política del presidente; un movimiento osado que forma parte de una estrategia escalonada y más amplia.

Obama se acerca para alejarse. Siempre y cuando lo permita el electorado.